Ir a Indonesia significa para muchas personas visitar Borobudur. Este majestuoso templo, el centro budista más grande del mundo, merece por sí solo visitar la isla de Java y eclipsa prácticamente el resto de lugares del archipiélago. La isla de Java, una enorme superficie plagada de volcanes activos de imponente presencia, se puede decir que es la reina de la función y Borobudur su corona, no por sus paisajes, que no son tan espectaculares como en el resto del país, sino por su legado arquitectónico de figuras sedentes y estupas agujereadas.
Java es una isla aparentemente sencilla de recorrer, algo caótica y confusa, pero preguntando se llega a todos los sitios con relativa facilidad. Lo mejor de todo es la experiencia que produce en sí mismo recorrerla, pues la gente, de una amabilidad sobrenatural, aunque también cabe decir que con una minoría algo pícara, te hace retroceder en el tiempo a un espacio en el que la felicidad era algo más directo y sencillo que ahora. El número de visitantes que recibe al año lo desconozco, pero la sensación de solitario viajero es algo que sentí de forma muy continuada e incluso divertida.

Perfil de Borobudur

Paseo de estupas

Sol en la cara

Desconozco también si el visitante occidental suele causar tanto furor o simplemente la visité en una época del año repleta de jóvenes estudiantes indonesios, pero recorrer sus templos era casi sentirse como una estrella del cine. La muchachada, de simpatía y amabilidad aún más inocente que sus mayores, te para continuamente para hacerse fotos contigo, se presenta educadamente para que les ayudes con su inglés (había muchísimos alumnos indonesios que a modo de examen práctico iban a Borobudur a entrevistar a los turistas) y por momentos te hace pasar el más hilarante sentido que puede tener la fama, con grupos de chicas gritando enloquecidas al escucharte hablar (ya si soltabas una broma eso era la hecatombe), padres colocándote a sus hijos en tus brazos para inmortalizarlos en una instantánea, más gritos de histeria e incluso algún que otro amago de desmayo.

Fotos y fotos

Budas escondidos

Grupo de piedra

Sí, se puede decir que durante unos días me sentí Brad Pitt, y también sentí la presión de la fama, con momentos de auténtico delirio en el que te puedes encontrar completamente rodeado de gente deseando hacerse una foto contigo. Borobudur automáticamente quedaba eclipsado para mi sorpresa, y dar dos pasos sin ser fotografiado era una odisea. Si se visita el lugar y se vive algo parecido, lo mejor es tomárselo con paciencia, pues la gran mayoría de los niños que recorren estos majestuosos lugares no han visto jamás a alguien de apariencia occidental más allá de la televisión y ven en ti la oportunidad perfecta para que esa afirmación deje de cumplirse.
Lo más bonito de ese estrés fotográfico es sin duda pensar que has hecho feliz a muchos con sólo pararte y sonreír, horas después cuando te encuentras en la soledad de la habitación de tu hotel, te llegas a sentir hasta culpable porque no pudiste hacerte más fotos con ellos.

Recuerdos

Blanco

Experiencias como esta para mi demuestran una vez más que uno viaja principalmente para visitar algo en particular del destino, pero lo cierto es que son las personas del lugar las que te pueden hacer un viaje más o menos inolvidable, e Indonesia, o más concretamente mi experiencia en Java, provocó en mi esa sensación de bienestar que produce la risa de los niños y de los no tan niños al ver cumplidas sus ilusiones, formando un ambiente tal como dije anclado en el pasado, que te traslada a tu infancia de locuras callejeras y sueños todavía por cumplir.
Java tiene ese encanto que muchos lugares más conocidos han perdido con el paso de los años, el tiempo poco a poco lo irá cambiando, a peor posiblemente, como casi siempre pasa, y tal vez recorrerlo dentro de unos años sea una experiencia igualmente sobrecogedora pero algo más superficial.
Esperemos que no sea así.

Serenidad

Tomando recuerdos

Pero volviendo a Borobudur, si bien todo esto forma parte de la visita en sí misma a esta enorme pirámide escalonada, decir que su visión desde la lejanía es abismal es decir poco y la mejor manera de describir este resistente portento budista es que recorrerlo es un viaje muy diferente al que pensabas hacer, es conocer los entresijos del mago que esconde al conejo en su chistera.
Lo mejor para visitar este templo es madrugar, algo simplemente esencial, si algo puede provocar la decepción de Borobudur es la absoluta masificación de visitantes que tiene, algo completamente desproporcionado que le resta mucha de su magia. La avalancha es tan sumamente exagerada que me atrevo a vaticinar que a este paso el monumento no durará en exceso y que terminará siendo cerrado parcialmente o limitado en su número de visitas. Al llegar muy temprano, con el Sol empezando a despuntar por el horizonte, Borobudur adquiere un tono anaranjado y neblinoso que emociona, con la única compañía del silencio y de sus más de 500 estatuas de buda.

Sol y buda

Entre budas

Llegar hasta lo alto del candi y observar el paisaje volcánico de Java desde este punto es como llegar primero a la meta de una sufrida carrera, todo lo pasado anteriormente merece automáticamente la pena, y verse rodeado de sus enormes estupas (todas ellas esconden budas en su interior en mejor o peor estado), te hace sentir muy pequeño.
Dichas estupas son posiblemente el elemento más conocido y fotografiado del lugar, especialmente dos de ellas que se encuentran destapadas y dejan ver con total perfección el buda de su interior.
Esa calma, ese sosiego, dura unos pocos minutos, y desde lo alto se puede observar en la planicie como los visitantes van llegando en grupos de cientos. El resto de la experiencia es discontinua, pero aún así totalmente imprescindible, la soledad dentro del bullicio es difícil de conseguir, pero siempre hay rincones en los que alcanzas una especie de clímax en el que el silencio no llega a desaparecer pero es lo suficientemente sutil como para ser un agradable murmullo. Eso en Borobudur a pesar de las masas, es fácil de conseguir.

Está dentro

Borobudur

Calma

Estupas al amanecer

Recuerdos digitales

Grupo

La estructura en terraza de Borobudur es un recorrido fastuoso por pasillos formados por auténticos lienzos de piedra, que convierten a cada nivel del complejo en un museo con obras de arte en relieve. Las escenas representadas van desde lo inquietante a lo cotidiano, y el estado de todas ellas es un lujo que pocos lugares erosionados del mundo pueden mostrar.
Anclado en un valle rodeado de espesa vegetación y lejos, muy lejos del bullicio de Yogyakarta, Borobudur te hace saber que Indonesia tiene muchas estampas inolvidables, pero que escalar este templo tántrico es posiblemente la mejor de todas ellas.

Suelo

En lo bajo

Cálido

Con el calor casi asfixiante de Singapur, el abrir una botella de cerveza para calmar tu sed y retraer tu sudor es algo simplemente lógico… lo que claro, la cerveza responsable de tal hazaña no es una cerveza cualquiera, es nada más y nada menos que la Tiger, la birra autóctona.
Este dorado néctar, de una calidad similar o tal vez ligeramente superior a la Singha tailandesa (no sé, estas cosas van variando según el momento y el lugar y en aquellos momentos de sed estaba ella y no la Singha…), era una parada obligatoria (o más bien buscada) para descansar de vez en cuando del ritmo de la ciudad y del aroma del incienso de los templos.
Lo mejor para mi era su generosa botella de 633 ml, (también había una más pequeña, pero nunca la vi…) que hacía que pedirla fuese todo un orgullo cervecero para la gente local.
En definitiva, una aclamadísima cerveza que es otro de los muchísimos atractivos que tiene Singapur y que unida a una buena comida picante te auguraba delirantes momentos.
En Indonesia se puede encontrar la Bintang, que es netamente inferior pero aún así es muy agradable y refrescante, si bien no consigue hacer olvidar el recuerdo de la Tiger ni por asomo.
A evitar Tsing Tao y cervezas chinas en general, aunque la Jaz tiene un pase.
Imprescindible.

Tiger

Cuando vas pocos días a un sitio hay lugares que dejas irremediablemente de visitar en favor de otros y este monasterio no debe de ser en absoluto uno de los descartes si se visita Singapur.
Su localización no dista en exceso del centro, pero para llegar hasta él hay que dar una serie de sencillos pasos que se pueden otorgar en un principio liosos por la comodidad que ofrece el metro de la ciudad, pero es tan simple como salir de la estación MRT de Bishan, cruzar la calle hasta la estación de bus y coger el nº410 de placa amarilla. Las paradas de bus de Singapur parecen pequeños accesos de aeropuertos, con zonas divididas por pasillos que desembocan directamente en el bus cuando éste llega a la estación, por lo que equivocarse es prácticamente imposible.
¿El número de paradas para llegar hasta el monasterio?, no lo recuerdo, pero simplemente no tiene pérdida porque su visión desde el bus es tan rotunda que rápidamente sabrás identificarlo.

Dragones y tejados

Su grandioso aspecto, con pagodas coronadas por sinuosos dragones y contemplativos guerreros, ensombrece a otros templos menores que pueden encontrarse en Kuala Lumpur y en el propio centro de Singapur, y su enorme tamaño amplifica aún más la sensación de que nos encontramos en un pequeño mundo budista.
El monasterio se divide en varias templos, cada uno más interesante que el anterior, pasando por lugares más minimalistas y de recogimiento para los monjes, a otros directamente más espectaculares y solitarios, como la pagoda de los Diez Mil Budas, cuya estupa concentra la pequeña imagen de 9.999 budas y completando la redonda cifra el grande que preside la sala de oración.

Naranja

Budas y budas

Maestro

Recorrerlo es una especie de viaje sensorial de arquitectura y tranquilidad envolvente, ya que aunque se encuentra en las afueras del núcleo principal de la ciudad, no deja de estar medianamente rodeado de edificaciones y tráfico. Unida a la surrealista simpatía de los monjes y profesores del sitio, que con amplias sonrisas devuelven cada mirada o sonido del obturador de la cámara de fotos mientras te invitan amablemente a que vayas a ver el buda gigante de la sala principal en lo que ellos terminan la ceremonia para que puedas volver con más calma en unos minutos (en el fondo nos estaban echando, pero el buda gigante merecía la pena y minutos después su promesa de recibirnos fue totalmente verídica).

Gran buda

Una de las zonas más curiosas y bonitas del Monasterio es la zona de la librería Dharma, con toda una legión de pequeños monjes de piedra en su jardín realizando diferentes labores con cara sonriente y con la gran estupa dorada de la pagoda principal alzándose brillante sobre más techos habitados por dragones de larguísimos bigotes.
Lo mejor de recorrer sitios como Kong Meng San Phor Kark See es su facilidad para crear, o más bien recrear, soledad, ya que su espectacular entorno le convertiría seguramente en una atracción si estuviese mejor situado, pero su particular magia reside en que su bullicio es inexistente y que sus residentes te miran con asombro y a la vez con respeto y curiosidad, como si valorasen tu visita como algo más que una pequeña excursión de más de dos horas.

Leones en fila

Monasterio

Budista

Protegiendo

Patio de enanos

Contemplación

Un pequeño gran laberinto de fácil salida pero perdición obligada que comunica sus pisos y pagodas por liosas escaleras paradójicas que parecen sacadas de la mente de Escher.

Gafas sucias

El nombre de Singapur evoca nostalgia, siempre había asociado esta ciudad al cine de Wong Kar Wai, por sus constantes referencias en “In the mood for love”, pero la Singapur que nombra Chow en el film es muy diferente a la urbe de hoy en día, su pasado colonial se puede resumir en un pequeño distrito al borde del río, pero su canalización para despertar admiración posiblemente sí tenga mucho que ver con el aparentemente borroso recuerdo del film del genial director chino.
Singapur sin más preámbulos se puede describir como espectacular, o más bien como ESPECTACULAR. Desconozco como será Nueva York o Tokyo, pero el abrazo tecnológico y urbanístico de Singapur al futuro se puede decir que sobrecoge y emociona.

Singapur

La ciudad da la sensación de ser un enclave europeo optimizado por el talento oriental, con una diversidad cultural nuevamente de álbum de cromos pero con una milimétrica organización que hace funcionar todo de manera perfecta, tal vez demasiado perfecta. Descrita de vez en cuando como una urbe ideal de rigurosas normas y cuantiosas multas, Singapur se divide entre un pasado de pecado y un presente en el que nadie se atreve a pecar.
Pero es su progreso e inminente crecimiento lo que conmociona de la ciudad, la sensación que provoca caminar entre templos iluminados por pequeñas velas a encontrarse con rascacielos de proporciones lumínicas alucinantes, es simplemente emocionante.

Singapore lights

El río

El centro de Singapur es accesible y viajar en su metro un curioso contrapunto al alma exterior de la ciudad, ya que a diferencia de otras grandes ciudades el paso por el subterráneo es bastante anodino y lento, formándose un tráfico terrible en las escaleras mecánicas y en los accesos. A diferencia de ciudades como Madrid, donde quedarse quieto en la escalera en el lugar equivocado puede acarrear miradas asesinas y amenazas, en Singapur todo es pausado y alegre.

Metro de Singapur

El distrito colonial y los “quays” son el referente más solicitado a la hora de encontrarse con las imágenes más típicas de la ciudad, con la sencilla pero encantadora figura del Merlion, el león pez, como punto central mirando hacia el río, hacia ese hotel-nave espacial que es el Marina Bay Sands y dejando a sus espaldas una jungla de cristal que al llegar la noche desenvuelve su belleza de acero entre focos, iluminación feroz y espectáculos de luz y sonido proyectados en pantallas de agua.

Theatres on the bay

Sands

Nubes de león

Singapur es una ciudad de ciencia ficción, sólo faltan pequeñas lanzaderas surcar su cielo para encontrarse con una estampa más propia de Los Angeles de “Blade Runner” que de una ciudad que todavía no ha llegado al 2019, aunque con la diferencia de que su aspecto dista mucho de ser apocalíptico.
El susodicho Marina Bay Sands, una prodigiosa edificación que ofrece posiblemente las vistas más bonitas de la ciudad, es el perfecto punto para observar como todo se concentra y expande en la lejanía, creando un terremoto visual que asombra por su perfecta síntesis y ocultando bajo ese manto de luces de anónimas ventanas el verdadero encanto de la ciudad.

Futuro

Marina Bay

La personalidad de este pequeño estado pasa por las sartenes y ollas de su gastronomía, una de las más fascinantes y extremas del mundo, con todo tipo de maravillas de carácter oriental para todo tipo de paladares. Se nota tanto la cultura por la comida que es difícil el momento en el que la ciudad no mueve sus mandíbulas para masticar o sorber algún fideo, y los contundentes puestos callejeros, los restaurantes y pubs adornan cada esquina con olores de especias y fritura.
Desde degustar una cabeza de pescado al curry en Little India hasta comer un cuenco de noodles y gyoza en puestos sedentarios como Lau Pa Sat, la experiencia de pararse a comer convierte este común acto en algo tan ineludible como la visita a cualquier museo, monumento, plaza o edificio.

Curry fish

Singapur es un regalo envuelto de tal forma que deja entrever fácilmente lo que es, pero cuando lo abres la sorpresa es mayúscula al descubrir que no era lo que esperabas, sino algo más.
Muchas cosas quedan en el tintero y las joyas que adornan su núcleo central y sus eclécticos alrededores merecen posts aparte, pues el Merlion, ese gigante boquiabierto que preside cada lugar de la retina del visitante, tiene mucho que hablar de su magnífica ciudad.

Río láser

Vista nocturna

Dragones y tejados

León pez

A pocos kilómetros de Kuala Lumpur y fácilmente accesible a través de la red ferroviaria de la ciudad (lo de fácilmente lo digo ahora, lo cierto es que encontrar el trasbordo entre las líneas de metro que llevaban hasta ellas casi me hizo coger un vuelo interno en la propia ciudad debido a su distancia), las cuevas de Batu constituyen uno de los paisajes más extraños y perturbadores que he pisado, una especie de submundo hinduísta en el que estás invitado a recorrer las frías grutas que llevan hasta el éxtasis con la compañía de cánticos, gallos que cacarean rítmicamente como si fueran a ser sacrificados y una ingente cantidad de monos con muy mal humor, que lejos de pedir, exigen comida y asocian las bolsas de plástico a finos envoltorios de suculenta ambrosía, siendo muchos los fieles que preferían darse la vuelta a cruzar las escaleras con una bolsa en la mano.

Palomas de Batu

El paisaje de roca caliza dedicado a Murugan es embriagador e intenso, y a las cuevas, que están precedidas por una enorme escultura dorada del propio dios (también hay una enorme y espectacular imagen de Hanuman, el dios mono, un poco más al oeste de la entrada), se accede “escalando” los 272 largos peldaños de su rampa de procesión, que proporciona un onírico ambiente formado por todo tipo de sujetos, desde niños con su cabeza embadurnada de pintura dorada arropados por sus padres hasta personas que usan las escaleras como su gimnasio particular, subiéndolas y bajándolas a gran ritmo mientras uno no va ni por la mitad.

Subida

Batu gym

Es durante esta pequeña procesión cuando te das cuenta de la magnitud del emplazamiento y el altísimo nivel de veneración que provoca, con nutridos grupos de hindúes que se alzan ante Murugan emocionados y otros tantas mayorías étnicas que acceden a las cuevas por curiosidad.
Batu es un lugar ciertamente impactante, su propio terreno, ya de por sí espectacular, está adornado por todo tipo de figuras y pinturas que evocan las deidades en un baile de color de seres de múltiples cabezas, brazos y rostros con rasgos animales. Tan masificado como cabía esperar, las cuevas son una montaña rusa de visitantes, que asolan sus escaleras en enormes grupos que van accediendo paulatinamente al interior del Templo Cueva, el núcleo principal de este paisaje de 3 amplitudes.

Subiendo

Una vez coronada la cima, Batu sorprende aún más, con ceremonias tan extrañas como hipnóticas en su interior, en donde el fuego, la sangre y el agua se unen formando un intenso cúmulo sonoro que retumba en los 100 metros de alto de este particular altar.
Cada año el carro de plata de Murugan del espectacular y cromático templo de Sri Mahamariamman en Kuala Lumpur, sale de Chinatown en dirección a las cuevas, en una ceremonia que congrega millones de fieles y que ejemplifica, esta vez de la forma más rotunda posible, la importancia que poseen las cuevas para los peregrinos.

Deidades

Cuevas de Batu

Mono tranquilo

Cuando recorres su interior piensas que en cualquier momento una masa te va a levantar en peso y va a sacrificarte, pero realmente ocurre todo lo contrario, te sientes nuevamente bienvenido o más bien, ignorado, y la sensación que produce es casi de rito sectario. Como todo lugar relativamente masificado de creyentes, siempre hay espacios que generan cierto clímax de silencio y alejarse del Templo principal evoca esa sensación, con el burleteo de los monos patinando por los recodos de las estructuras mientras el inquietante eco de la ceremonia resuena lejano y taponado por la música tántrica que generan los puestos de recuerdos diseminados por el lugar.
Lo mejor de las cuevas de Batu es la sensación directa de estar asistiendo a algo que no comprendes del todo y el vagar sin rumbo ni sentido entre sus grutas, descubriendo lugares solitarios iluminados por bombillas de color.

Grupo

Monos

Deidades en la escalera

Dioses

Cueva iluminada

Malasia se puede considerar así de extrema, sales del caos urbanístico de Kuala Lumpur y te encuentras un caos muy diferente que te enlaza directamente con la India y su listado de fascinantes deidades, con lugares de libre acceso como Batu que se encuentran casi ensombrecidos por el hormigón de las cafeterías a pocos metros de distancia. Ante destinos tan generalmente poco conocidos como este uno se pregunta irremediablemente cómo serían hace unos años, cuando realmente eran sólo una cueva rodeada de bosque.
Si bien su particular magia sigue intacta, este complejo de cuevas no sólo es obligatorio si se pasa unos días en la capital de Malasia, es simplemente indispensable, y su ambiente enrarecido te permite hacer un nuevo viaje dentro del viaje que has realizado, un viaje de destino incierto y comprensión ilógica, pero que de todas formas terminas marcando en tu mapa y comprendiendo.
Devoción y curiosidad en cada escalón.

Espectador

Abrazados

Dios Mono

Cuando pisas la capital de Malasia la primera sensación que provoca no es asombro o caos, sino calor, el asombro y el caos vienen un poco más tarde. Cuando uno lee sobre Kuala Lumpur imagina una urbe moderna plagada de contrastes tan extremos como sutiles, bañada por un desordenado tráfico que aparca sus ajetreados coches cerca de tiendas de marca y suntuosas joyerías. Pues bien, esta magnífica y grotesca ciudad es así, una balanza de rascacielos y suburbios que a pesar de su diferencia arquitectónica mantiene el equilibrio perfecto gracias a su choque cultural, con habitantes procedentes de cualquier punto de Asia que se encuentran como en casa dando vida a los típicos barrios étnicos de Chinatown y Little India.

Hacia Petronas

Tras muchos años vagando por la vieja Europa volver a una ciudad asiática trae a la mente viejos fantasmas que no asustan, ya que aunque la desorientación inicial es evidente y la referencia está marcada por carteles más simbólicos que útiles, el propio ritmo de la urbe va entrando poco a poco en tu flujo sanguíneo para implantarse definitivamente antes de que te des cuenta, mientras el sudor asoma por tu frente sin hacer esfuerzo alguno.
Minutos después, ya te puedes considerar un pequeño malayo, subirte a la laberíntica y desordenada red de transporte urbano y alcanzar destinos y puntos estratégicos mientras saboreas y sientes las delicias gastronómicas que pueblan los puestos callejeros en cada esquina. En una misma calle puedes traspasar un templo taoísta, una policromada fachada hindú y al girar la esquina encontrarte una mezquita rodeada de rascacielos. Una amalgama de contrastes que lejos de rechazarte te abrazan con confianza a pesar de que el verdadero extraño eres tú.

Guardianes

Imágenes de color

Sala

Siendo en el fondo un lugar más inabarcable que grande, Kuala Lumpur cuenta con un reclamo arquitectónico sorprendente, las colosales Torres Petronas, cuya imagen brillante despunta junto a la Torre Menara, visibles desde casi todos los puntos de la ciudad si la contaminación ambiental o la neblina mañanera lo permite.
Hace relativamente pocos años la edificación más alta jamás construida, las Petronas hoy en día ya superadas holgadamente por el Burj Khalifa de Dubai, al menos mantienen la categoría de ser las torres gemelas más altas del planeta y su visión, tanto lejana como cercana, de día o de noche, es simplemente sobrecogedora. La sensación de asombro que produce salir de la boca de metro de la estación KLCC y alzar y alzar la mirada sin llegar a ver del todo su cima forma parte seguro de miles de recuerdos de miles de viajeros.
Se puede decir que Kuala Lumpur es una ciudad más del Oriente próximo que del lejano, en el que pueden observarse con naturalidad algunas de las particularidades de las religiones que parcialmente narran el día a día de ese mundo y cuyo progreso arquitectónico se va desvaneciendo a medida que nos vamos alejando de las dos plateadas puntas gemelas, dejando a su paso en su imaginaria onda expansiva restos coloniales, suburbios más humildes que pobres y naturaleza impenetrable.
Al llegar la noche especialmente, la ciudad envuelve este icónico enclave de inspiración árabe en una iluminación prodigiosa, de la que se beneficia sobremanera la brillante e hipnótica estructura de las dos torres, creando a su alrededor un punto de encuentro de carreteras de semáforos meramente ornamentales y fuentes luminosas que sueltan chorros de agua al ritmo de la música.

Gorilas en la niebla

Fuente de color

Gemelas

Dos grandes

Lo más fascinante de la ciudad es sin duda la capacidad que tiene para aunar en un mismo punto culturas tan diversas y radicales con naturalidad y el comportamiento rural de la mayoría de sus habitantes, derrochando amabilidad y simpatía (en muchos casos más si eres hombre que mujer) y regateando precios desorbitados en cada esquina y vehículo mientras apagan el taxímetro con aparente destreza (a evitar esta pícara maniobra SIEMPRE, el conductor no se sentirá molesto y te dejará en la acera más próxima con cortesía).
El ringit malayo hace de Kuala Lumpur una ciudad relativamente barata y accesible, aunque siempre hay de todo lo cierto es que moverse y vivir en ella durante unos días puede ser un auténtico descanso para la cartera y un suntuoso ajetreo para el estómago, con copiosas comidas (la mayoría tan picantes que te hacen reír del sufrimiento) que en este lado de Europa nos costarían un pequeño disgusto. Y si se tiene un gran nivel adquisitivo encontrará aquí uno de los paraísos comerciales más aplastantes que he podido ver, con centros comerciales y calles abarrotadas de lo exclusivo e inalcanzable.

Laksa

Una ciudad que asusta y divierte, por supuesto un lugar con tantos contrastes en su propio corazón evidentemente provoca los mismos desajustes en uno mismo, pero cuando todo se normaliza este gigante malayo que no para de crecer ya ha llegado a tu corazón y ha consumido algunos kilos de tu cuerpo (inolvidable ese húmedo calor).
La ciudad de las dos torres es un oasis de acero que no ha olvidado sus tradiciones y que muy posiblemente todavía tiene mucho que enseñar más allá de sus Sri, pagodas habitadas por dragones y rascacielos de iluminación de ciencia ficción.
El futuro (apocalíptico o no) ya ha llegado a algunos sitios.

Torres gemelas

Merdeka

Arriba y abajo

Titiwangsa

Si hubiera que elegir un videojuego más o menos reciente que reuniera todos los factores que dan significado y hacen grande a la nostalgia, ese sin duda sería Final Fantasy VII.
Desarrollado por la mítica Square para la primera Playstation de Sony, crearía una nueva vertiente dentro de la casi siempre sobresaliente creación de la compañía japonesa, acostumbrada a sembrar éxitos en sus míticos títulos para las consolas de Nintendo.
Pero la historia de Final Fantasy VII pese a ser larga y casi tan inolvidable como el propio videojuego (de ser un proyecto inicial para Nintendo pasó a manos de una consola totalmente desconocida creada por una compañía totalmente novata en la materia, Sony, cuyo proyecto de Playstation fue previamente presentado a Shigeru Miyamoto y descartado por la inclusión del CD como nuevo formato físico, uno de los pocos, pero siempre sonados errores que Nintendo ha cometido en su historia)
La saga Final Fantasy, siempre se ha caracterizado por aunar enormes historias y largas horas de delicia jugable (quizás hoy en día no tanto), pero la revolución que supuso esta entrega marcó un antes y un después en la historia de los videojuegos. Si bien no es mi Final Fantasy favorito, el siempre incomprendido VIII tiene esa corona para mi, sí es cierto que el carisma que consiguió Square en sus míticos personajes no ha tenido jamás igual en las sucesivas entregas.
Los píxeles dejaban paso a los entornos poligonales tridimensionales, y la moda de los gráficos prerrenderizados quizás originada por la fastuosa Rare y posteriormente mimetizada con el polígono por Capcom en sus Resident Evil, creó uno de los entornos visuales más brillantes y conceptualmente sobresalientes de la historia, con bellísimos escenarios de exquisito detalle que eran recorridos por figuras estilo “super deformed” de escasos polígonos pero encantadora expresividad, sólo ampliada poligonalmente en los inolvidables (y también a veces tediosos) enfrentamientos con los enemigos del juego.

De hecho, posiblemente uno de los mayores reclamos a día de hoy de que se haga un remake de este título sea precisamente su aspecto gráfico, porque seguramente todos los que lo hemos jugado dudosamente echemos en falta otra cosa que no sea esa. Lo cierto es que un remake del mismo se antojaría innecesario, pero por otra parte recorrer Midgar con la capacidad gráfica de las videoconsolas de hoy en día rozaría la perfecta unión entre el recuerdo nostálgico y el presente, pues todos los juegos del pasado en nuestras memorias son recordados con tintes ciertamente idealistas, y al igual que muchas series de nuestra infancia, que en nuestros primeros años veíamos con devoción y a día de hoy nos producen una sonrojante sensación de deja vu por las imágenenes y contenidos de las mismas, el tiempo no las ha perdonado, y aunque en mi memoria Cloud, el protagonista de este magnífico Final Fantasy VII recorría el enorme mapeado con una fluidez sobrecogedora, lo cierto es que visto a día de hoy mi querido y perfectamente formado Cloud son básicamente “6 polígonos” de color amarillo y morado.
Final Fantasy VII está por encima del tiempo y del espacio, y su capacidad para mover montañas de recuerdos en nuestros pensamientos esconden cualquier defecto con una rotundidad aplastante.
Pero Final Fantasy VII a pesar de tener una de las historias más trágicas de la saga y un elenco de secundarios capaz de hacernos sonreír y llorar, tenía otra gran clave, un elemento ganador y posiblemente el mejor villano jamás creado en la historia de este medio, Sephiroth.
Esta especie de Roy Batty vengativo era, es y será un personaje magistral, que en su inolvidable lucha por descubrir su identidad arrasaría con pueblos y mataría a nuestro más preciado tesoro lúdico sin desmoronar en absoluto su impactante presencia.

Muchos son los momentos que hacen recordar con cariño este videojuego, muchas fueron las tardes y noches a su lado, leyendo sus textos y ampliando hechizos uniendo materias, buscando chocobos de colores para apostar con ellos en Gold Saucer, pero si hay que elegir un momento en especial, es sin duda… sí, lo habéis adivinado, la muerte de Aerith a manos de Sephiroth, una hecho tan célebre en el mundo del videojuego como el Rosebud de Orson Welles en Ciudadano Kane. Una imagen que sobrecogió a toda una generación, una secuencia narrativa soberbia que supondría la madurez definitiva de los videojuegos, el paso definitivo a obra de entretenimiento a obra de arte.

Desde su impagable comienzo, con la presentación de la mítica ciudad de Midgar, sus sectores, y el paulatino acercamiento a sus personajes principales, Barret y Tifa, hasta su épica y a la vez anticlimática conclusión, el séptimo título de la eterna saga de Square, a día de hoy Square Enix, a priori fructífera unión entre los dos gigantes del J-RPG pero que aún no ha dado los resultados del todo esperados por los más acérrimos seguidores de la novelesca historia, unificó algunos de los nombres más míticos de la historia lúdica.
El diseñador y creador de la serie, Hironobu Sakaguchi y el compositor Nobuo Uematsu (uno de los más grandes músicos que ha dado este entretenimiento), forjaron bajo el calor de sus ordenadores 3 CD’s irrepetibles, en los que la historia de un joven soldado y su unión al grupo ecoterrorista Avalancha para detener las ansias de poder de la corporación Shinra, se convertiría en una de las mejores pátinas de recuerdos jamás creada.
Las melodías de Nobuo Uematsu merecen un post aparte, sólo recordar algunas de sus aportaciones más míticas, como la de la intro, los títulos de créditos o el hipnotizante tema de Cosmo Canyon, provoca una sucesión de pequeños flashbacks que se van amontonando en la memoria.

La relación de Cloud y Tifa (auténtico mito femenino en los videojuegos), una de las más fácilmente reconocibles y fascinantes de la historia de Final Fantasy, el amor entre dos amigos de la infancia destinados a reencontrarse en la peor de las oportunidades, brindó secuencias memorables como su promesa bajo el cielo de Nibelheilm, los recuerdos destructurados al acceder al reactor Mako para liberar a JENOVA, la madre de Sephiroth (que a su vez brinda para mi el momento más impresionante del juego y otra de sus secuencias más emblemáticas, en las que un destrozado psicológicamente Sephiroth pasa días y días encerrado en la biblioteca-laboratorio de su aparente pueblo natal buscando respuestas entre la multitud de libros y recuerdos que van variando su significado por la dudosa veracidad de su origen).
Sephiroth, al saber la verdad y declarar que va a buscar a su madre (una imagen inolvidable, en el que la música de Uematsu se alza hiriente después de minutos y minutos de ligera suite), desata su furia destrozando Nibelheilm, caminando entre las llamas de su dolor y de su venganza y dándole la espalda a la nostalgia épica de su infancia.
Una joya imperecedera, que consagró en aquella generación las FMV, a cada cual más espectacular, y que desarrolló una historia que por ambición y capacidad para hacernos soñar, se ha mantenido intacta hasta nuestros días, con los recuerdos de Tifa, Barret, Red XIII y compañía tan latentes y brillantes como la Masamune de Sephiroth…

Un videojuego que merece más que estos pocos párrafos, y que espero que sólo sirvan como una ligerísima introducción a todo lo que se puede contar sobre él.

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