Medusa

En 1816, la fragata de la marina real francesa, Medusa, fue enviada por orden del gobierno francés a colonizar Senegal.
Con 365 pasajeros y bajo el mando inexperto del conde Hugues Duroy de Chaumareix, un oficial que a priori sería el gran culpable del desastre por su total incompetencia, la fragata naufragó cerca de la costa africana.
Tras el terrible incidente, el capitán, contradiciendo las normas y costumbres de la marina, utilizó los botes de salvamento para sí mismo y sus oficiales, dejando a su suerte a un grupo de unos 149 soldados. Sin comida ni agua, los naúfragos consiguieron fabricarse una balsa, manteniéndose en la esquelética estructura flotante obligados a subsistir superando la locura, la deshidratación y posiblemente el canibalismo.
Cuando la balsa fue encontrada, sólo quedaban 15 supervivientes.

Bajo esta impactante historia, Théodore Géricault pintó uno de sus cuadros más envolventes y monumentales, “El naufragio de la Medusa”, una auténtica obra de arte que impresiona por su perfecta y caótica puesta en escena, transmitiendo una escalonada muestra de estados de ánimos entre los supervivientes, que van de la desesperación a la esperanza, de la muerte a la vida, de la resignación (impresionante la figura de la izquierda, que sostiene un cadáver absorto con uno de sus brazos, agarrándose a una vida que se ha perdido) al asombro, con un pequeño grupo de personajes rendidos e inertes ante el desarrollo de los acontecimientos y otro pequeño puñado totalmente ajeno a lo que han pasado y que lucha por llegar a lo más alto de la destrozada balsa para poder ser divisados por su navío salvador, que se presenta en la lejanía como una pequeña mancha entre un mar de nubes negras.
Lo más impactante del cuadro es que bajo ese aparente fervor de esperanza existe aún más tragedia, con la propia naturaleza humana como gran ejecutor y con el mar como espectador. Ponerse en el punto de vista del navío avistado, que dudosamente se habrá percatado de la presencia de la balsa y ver como la vela lleva a los naúfragos hacia una dirección que ellos no desean, aumenta la sensación de total pérdida, de abandono, y Géricault nos habla de paso que la vida es frágil y quebrantable, y que además puede cambiar con un sólo golpe de viento que seguirá su curso, por mucho que deseemos lo contrario.

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