El árbol de la vida

Terrence Malick es un poeta, su medio es el cine, pero podría serlo fácilmente la tinta, se puede decir que su instrumento es el celuloide en vez de la pluma.
Tras unos pocos años desde su último estreno, Malick vuelve con sus inquietudes filosóficas para crear una especie de película documental sobre la vida de enorme belleza narrativa y de gran exigencia al espectador, que puede debatirse entre el tedio y la admiración de manera continuada o intermitente. La película es un poema filosófico contado de manera subjetiva y pausada, quizás algo lenta en algunos tramos, pero la poesía nunca se ha leído rápido.
Técnicamente perfecta y dirigida con mano maestra, “El árbol de la vida” nos cuenta la historia de una vida de las muchas que hay en un tranquilo pueblo, de su presente y su futuro, y de los acontecimientos que un severo padre de familia (espectacular Brad Pitt) crea a través de sus actos sobre su aparentemente modélica familia (los tres niños están espléndidos en sus exigentes papeles y Jessica Chastain es una onírica revelación, así como Sean Penn pasa algo desapercibido en un personaje que es más un espectador en el momento de su aparición que una llave narrativa), con una diligente esposa y unos hijos que obedecen las palabras de su padre con el miedo que infunde el respeto a lo desconocido.

A partir de aquí ciertos aspectos de la película pueden ser revelados en mayor o en menor medida, por lo que si no se ha visto y no he aburrido mucho con lo anterior, recomiendo no seguir leyendo.

Malick deja flotar la cámara en tercera persona y utilizando, sobre todo al comienzo, muchos planos enfocados desde detrás de los personajes, llegando hacia ellos continuamente pero sin llegar a tocarlos o sobrepasarlos, un método espectacular y visualmente imponente, que ya aprovechó de manera magistral Gaspar Noé en “Enter the Void”.
El Sol, siempre brillante a pesar de un blanco cielo, adorna prácticamente todas las secuencias, haciendo parecer la existencia del planeta algo insignificante en comparación con el verdadero motivo que hace que estemos vivos, la luz de esa estrella suspendida en el espacio.
El espacio, sus nebulosas, sus galaxias y sus estrellas son otra parte importante de la película, que durante unos instantes abandona el filosófico ritmo narrativo de la voz en off para adentrarse en una especie de pequeño documental sobre el origen del planeta y de la vida que es ciertamente sobrecogedor y de una belleza inigualable, con imágenes apabullantes que emocionan y sorprenden por su perfecta conjunción visual y sonora y que son para mi lo mejor del film, sobre todo ese momento en el que el planeta se va creando a sí mismo y los dinosaurios hacen acto de presencia, unos minutos que te devuelven a la infancia, sobre todo si eras muy fanático de estas colosales criaturas en los primeros años de tu vida.

El Plesiosaurio varado en la orilla con una desgarradora herida en su costado, y el momento que la clemencia hace acto de aparición en forma de presa y cazador, son algunas de las ya imborrables imágenes que Terrence Malick nos deja en pantalla, como queriéndonos explicar, a modo de resumen, por qué estamos aquí, cómo hemos llegado a este momento y sobre todo, por qué estamos vivos si nosotros no hemos elegido estarlo y sólo cuando queremos seguir adelante la vida se nos escapa, ya sea por causa del inevitable destino, o de la crueldad de la propia vida, cuya naturaleza, tal y como narra el film, parece no estar nunca conforme con nada, sobre todo si a su alrededor la felicidad abarrota cada fracción de segundo.
La película no deja de ser una especie de diario sobre nuestra existencia, con situaciones que por muy dispersas que parezcan, hemos vivido todos en mayor o en menor parte, obsequiándonos con momentos muy reconocibles, como el primer amor, las primeras peleas, las lecturas en la noche con la linterna, la figura del padre y la madre, en la que todos hemos corrido mayor o menor suerte también, y nuestro propio despertar hacia la inevitable madurez, “por qué no puedo volver a ser como ellos”, dice el mayor de los hermanos cuando el peso de la vida recae sobre sus hombros de manera más intensa y problemática.
Un poema intenso, con un epílogo onírico espectacular, en el que nuestra vida cobra cierto sentido pero en el que las respuestas sólo conseguirán quemarse con el fuego del Universo, que en su tremendo caos y locura tiene un pequeño planeta como punto y seguido a su inevitable avance hacia su destrucción, tal y como es nuestra propia existencia, un Universo en sí mismo, cuyas células no dejan de ser planetas que se van colapsando hasta morir.

“Por qué debo ser yo bueno, si tú no lo eres”

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