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Archivos Mensuales: octubre 2011

La tranquila Isla de Pascua puede resultar agotadora, no sólo por la cantidad de yacimientos arqueológicos que posee, sino también por los largos recorridos a pie que invita a hacer por los lugares más inaccesibles, cargados de todavía más soledad y misterio.

Anakena

Por lo que Anakena es una especie de pequeño paraíso momentáneo en el que descansar un poco, sólo un poco, pues la playa en la que se dice que desembarcó el rey Hotu Matua hace siglos, posee también un precioso grupo de moai, el Ahu Nau Nau y el solitario moai de Ahu Ature Huki, que fue nuevamente levantado y colocado en su Ahu por toda una institución legendaria para Rapa Nui por su labor en la isla, el noruego Thor Heyerdahl, que ayudado de varios isleños tardó hasta 20 días en volver a erigir la enorme figura.

Buen estado

Solo en Anakena

De espaldas

La playa tiene todo el encanto que puede tener un lugar de arena blanca, palmeras al viento y aguas cristalinas de color verdoso, y aunque nunca he sido excesivamente playero, la verdad que marcharse de Anakena cuesta y mucho. Entreabrir los ojos y apreciar en la lejanía los dos Ahu antes comentados es una fantástica experiencia, dando a la playa un ambiente mágico a pesar de su cotidiana estampa de lugar paradisiaco.

Playa

Anakena sunset

El Ahu Nau Nau, además de estar espléndidamente conservado, con petroglifos en la espalda de los moai y con cuatro de ellos con su respectivo Pukao, tiene muchas curiosidades a su alrededor, ya que fue en este lugar donde se descubrió en su día que los moai tenían ojos, con diversos restos de órbitas oculares de coral y piedra esparcidas y rotas en frente de la plataforma.
Actualmente uno de esos ojos puede verse en el Museo Sebastián Englert, en Hanga Roa.
Al tener ojos, se decía que los moai cobraban “vida” y que se convertían en el rostro vivo de los ancestros, dando sentido al término por el que también se conocen a los moai, Mata ki te rangi, ojos que miran al cielo.
Leyendas fascinantes que se entremezclan con la propia realidad y que hacen que la sensación que produce mirar a las hoy cuencas vacías de los moai sea cuanto menos extraña y cautivadora.
Además, aquí también los perros tienen su protagonismo, pues sus baños en la playa con secado en la arena eran antológicos. Especialmente nos sorprendió ver por segunda vez al célebre perro pirata de nuestro primer día en la isla, que había recorrido los 20 kilómetros que hay de Ahu Tahai hasta aquí para darse un chapuzón y comer alguno de nuestros sandwich.
Anakena es siempre una visita nostálgica, pues volver a ella te hace ser consciente de lo lejos que estás y de lo lejos que su recuerdo estará con el paso de los años.
Un recuerdo que a lo mejor no vuelvo a renovar jamás, pero que merecerá la pena tener aunque se vea… borroso y confuso.

Baño perruno

Ahu Nau Nau

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Muchas son las cuevas que hay para visitar en la isla. Cuando te informas sobre ellas y te dicen claramente que te hace falta una linterna para recorrerlas hasta cierto punto puedes pensar que tal vez no sea para tanto. Lo cierto es que me compré una buena linterna para ir a la isla y su halo de luz se convirtió en un auténtico sable láser contra el miedo.
Sí, pasé miedo y mucho.
Antes de profundizar en las cuevas de la zona oeste de Rapa Nui, la primera decisión fue ver la sorprendente cueva de Ana Kai Tangata, cercana a la caleta de Hanga Piko, una abertura escondida en un pequeño acantilado que parece una enorme boca y que contaba con unas preciosas pinturas rupestres con imágenes de los Manutara, el pájaro sagrado de la cultura Rapa Nui. La visión de esta muestra de arte sobre la piedra hace que la cueva te parezca pequeña en ese sentido, deseando ver más de lo que ofrece en los colores rojizos y azulados de las aves mientras las olas del océano rompen al borde de la cueva con agresividad.
En cierto sentido Ana Kai Tangata sabe a poco y fue además una cueva bastante engañosa, pues la luminosidad que la envuelve me hacía mirar mi linterna con cara de: “¿yo qué hago con esto?”.
Mis palabras al día siguiente tuvieron su respuesta.

Ana Kai Tangata

Ana Te Pahu es una cueva principalmente conocida por la especie de microclima que se ha generado en su entrada, que es de vegetación abundante en contraste con el prácticamente desolador paisaje que tiene prácticamente al lado. Su apariencia puramente volcánica hace que recorrerla sea como atravesar tubos de piedra derretida y mientras nos íbamos introduciendo en la cueva me era inevitable recordar las imágenes de “The Descent”. La oscuridad más absoluta iba surgiendo entre las sombras del más absoluto de los silencios con la única compañía de mi novia, que tenía una cara de pánico que jamás olvidaré. Por supuesto y como es habitual en la isla, no había nadie en kilómetros a la redonda, sólo nosotros con una linterna y un aura de miedo palpable.
Lo cierto es que el valor nos hizo avanzar poco a poco por el interior de la cueva y la linterna se volvió en el objeto de más incalculable valor de nuestra vida, iluminando profundidades que en cualquier momento parecían querer mostrar brillantes ojos o alguna criatura devorando a un despistado espeleólogo.
Y con todo esto, seguíamos avanzando más y más y más y más hasta que llegamos a una bifurcación en la que solté una tranquilizadora frase a mi impactada pareja: “quédate aquí que voy a investigar”.

Lógicamente me quedé a su lado para protegerla con la linterna y le propuse hacer fotos, que ya que habíamos cargado con el dichoso trípode que menos que darle un último uso antes de morir devorados por el monstruo de Pascua.
Pero bueno, más allá del indudable buen rato (al salir y huir despavoridos prácticamente) que nos hizo pasar esta fascinante cueva, Ana Te Pahu también es conocida porque se dice que se usaba como refugio hace siglos y también como un posible osario.
Por supuesto es un lugar de obligada visita y el peligro realmente no existe como tal, pero sí, llevad una linterna que os sentiréis más seguros iluminando compulsivamente a la oscuridad para que muestre su lado más afable.
Un entorno nuevamente fascinante.

Saliendo de la cueva

Luz en la cueva

Cueva oscura

Caverna

Las otras dos cuevas que visitamos parecían al lado de Te Pahu poca cosa y se afrontaron con algo más de valentía al ver que al menos tenían fin. La primera, cercana al sector del Ahu Tepeu era relativamente pequeña y en su angosta entrada, se apreciaba perfectamente el mecanismo de seguridad que elaboraban los habitantes de la isla para dificultar el acceso a la cueva a un amplio grupo de personas, una manera inmejorable de mantener cierta ventaja ante una posible amenaza.
La segunda, Ana Kakenga, la cueva de las dos ventanas, un precioso recinto con dos aberturas volcánicas que dan a un acantilado y que en la lejanía parecen dos ojos que han dejado de llorar lava y que miran al océano, y al cercano islote de Motu Tautara, para el asombro del visitante.

Luz al final

Línea de piedras

Ana Kakenga

Islotes

Toda una aventura que posee una enorme gama de emociones pero en la que finalmente el asombro brilla por encima de todo lo demás.
Excepto de la linterna, claro.

Olas

La zona más densamente habitada de Rapa Nui es este tranquilo pueblo de vida relajada y pocas preocupaciones. Su reducido tamaño hace que sea prácticamente imposible perderse, si bien se va notando que poco a poco va creciendo en ambiciones y sobre todo, en población.

Plaza Matua

De todas formas actualmente Hanga Roa transmite mucho descanso, caminar por sus calles una y otra vez nunca aburre porque la propia vida del lugar es muy particular. Su eje principal son dos calles en las que se encuentran la mayoría de los servicios que un habitante y un viajero puede necesitar, tales como supermercados, restaurantes, farmacia, mercados artesanales, cyber cafés, heladerías, hostales, arriendo de vehículos, pequeñas playas, una exposición al aire libre con réplicas locales de los moai y diversas figuras de la cultura Rapa Nui, una curiosa iglesia en la que se entremezclan las creencias locales y católicas, un videoclub, un centro deportivo con un enorme campo de fútbol con auténticos jugones y otras muchas cosas.
Definitivamente a Hanga Roa no le falta de nada y su oferta tiene muchísimo encanto.

Plaza

Fútbol

Mano trabajadora

Caído

Iglesia

Por si fuera poco está salpicada de varios Moai de “pequeño” tamaño que se encuentran en un buen estado de conservación, un fantástico museo en el que se explica la historia de la isla y se expone, entre otras muchas cosas, un ojo auténtico de moai encontrado en su día en la maravillosa playa de Anakena, y varias fantásticas y fotogénicas caletas de coloristas embarcaciones y con el siempre desagradecido avistamiento de enormes tortugas asegurado. Y digo desagradecido porque a ellas les da igual el tiempo que estés apuntando al mar con tu cámara, que sacarán la cabeza justo en el momento en el que te descuides o te relajes, y si estás atento su rápida inmersión hará que hagas una preciosa foto al mar o una borrosa imagen lista para enviar a Iker Jiménez para que valore junto a su grupo de especialistas si el monstruo del lago Ness ha decidido tomarse unas vacaciones en Rapa Nui.

Museo

Ojo de moai

Moai en el pueblo

Tortuga

Playa de Hanga Roa

Todos estos ingredientes, unidos a sus encantadores perros, que tal como dije son la estrella de este pequeño pueblo, hacen de Hanga Roa un campo base simplemente excepcional, y aunque cuesta salir de sus calles para coger algunas de sus carreteras para recorrer la isla, lo mejor se puede decir que está más alla. Fuera de Hanga Roa te das cuenta lo sumamente “estresante” que es, con solitarios parajes en los que el viento se toma su tiempo para recorrer el aire en forma de ensordecedor ruido y en donde el Sol pinta con su luz todas y cada una de las rocas, haciendo emerger petroglifos otros días ignorados y que se muestran prácticamente borrados por el paso del tiempo.
Su cementerio también merece una visita, ubicado cerca del mar y con el complejo de Tahai prácticamente al lado.

Cementerio

Yo siempre recomendaría a cualquier visitante que visitara este tranquilo lugar el primer día de su estancia, sobre todo para entrar en contacto con su animada vida perruna y para saborear desde el primer día esos detalles únicos que posiblemente sólo disfrutes una vez en tu vida.
Así si te das cuenta muy tarde de lo que te has perdido en Hanga Roa, al menos podrás remediarlo en los próximos días de tu estancia, porque como suele pasar casi siempre, lo bueno tarda mucho en llegar y cuando lo hace, ya ha pasado.

Guía

Si hay que elegir un lugar de toda la isla lo más probable es que la decisión sea Rano Raraku, posiblemente el lugar más célebre de Rapa Nui.

Rano Raraku

Recorrerlo es extraño y misterioso, apodado como “la guardería”, el volcán era la cantera en donde se tallaban los moai y su estado actual es una especie de museo al aire libre en el que se ven a los gigantes de piedra en todas sus etapas de construcción posibles, estando la gran mayoría abandonados a medio camino entre su origen y su posible destino final y otros muchos emergiendo de la roca como si fueran los esclavos inacabados de Miguel Ángel.

Varios Moai

La mayor concentración de moai de la isla es un enorme viaje sobre el origen e historia de estos rostros de pronunciado perfil, y resulta impresionante pasar a su lado y quedar apabullado por su enorme tamaño, con rostros de inmenso poder que esconden un larguísimo cuerpo a día de hoy enterrado en las laderas del volcán.

Escondido en la ladera

Enorme

Aquí también se haya el moai más grande jamás tallado, de unos 22 metros de altura y que se haya todavía incrustado en la roca de Rano Raraku, esperando a ser levantado y cuya posición actual da la impresión, al igual que con muchos moai del lugar, de que su tallado se frenó repentinamente.
Ampliamente visitado, nuevamente recorrerlo solo es relativamente fácil si se espera a que empiece la tarde, creando un paseo espectacular en el que el entorno se vuelve introspectivo y parece que nada más existe a su alrededor, sólo la lejana imagen de Tongariki, fácilmente visible junto a una de las figuras más curiosas del lugar, un moai de cabeza más humanizada con una especie de perilla faraónica y que se encuentra de rodillas mirando al volcán.

Enterrado

Perfil Rapa Nui

Cabezón

Tongariki desde Raraku

El gigante

Caídos, rotos, boca arriba, inclinados y abandonados, todos tienen en común la fascinación y obsesión que llegaron a producir hace siglos, totalmente presente en el método de trabajo que más o menos puede apreciarse en la formada roca y en sus moai destrozados al final de la ladera, posible ejemplo de las múltiples decepciones que llegaron a tener sus talladores a la hora de transportarlos. También llama mucho la atención el torso de un moai con un petroglifo de una especie de navío, dejando volar la imaginación hasta límites insospechados como queriendo volver atrás en el tiempo y ver la historia con tus propios ojos.

Barco

Una de las visiones más sorprendentes se encuentra al acceder al cráter, a día de hoy una espectacular laguna de agua dulce en donde los caballos nuevamente hacen acto de aparición y en donde un reducido grupo de moai nuevamente emerge del suelo con la particularidad de poseer unos rostros más compungidos. Aquí me sorprendió mucho ver una excavación arqueológica en la que se podía ver como las enormes cabezas esconden un cuerpo aún más grande, con dos figuras medianamente desenterradas y que dejaban ver parte de su cuerpo y brazos.

Cráter Raraku

De los muchos lugares de ensueño de Rapa Nui, Rano Raraku es el que más te hace soñar, desde la lejanía de la carretera, sorprende muchísimo ver la curiosa silueta del volcán y apreciar en sus faldas cientos de bloques de piedra de diferentes tamaños y formas.
Una perspectiva diferente de un lugar que siempre quise ver desde mis más tiernos años, con todas las enormes expectaciones que esto puede crear. Decir que Rano Raraku me sorprendió más de lo que mi imaginación había creado, es la mejor de las definiciones que puedo darle a este lugar, uno de lo más impresionantes, misteriosos y únicos de este planeta.

La guardería

Subir el volcán extinto de Maunga Terevaka es un pequeño viaje hacia el más absoluto de los silencios. A medida que se va dejando atrás las poco transitadas carreteras de la isla y la subida va volviéndose más y más agotadora, el ensordecedor ruido de las olas al chocar los acantilados se convierte en un ligero eco en la lejanía, suplantado por el protagonismo del sonido de la propia naturaleza, que en los cráteres colindantes ha ido formando una especie de microclima en el que la vegetación es abundante y los caballos pastan a sus anchas.

Camino

Caballo al Sol

El paisaje alrededor del volcán más joven de Rapa Nui es impresionante a pesar de su cierta aridez, y el océano es perfectamente divisible desde todos los puntos del ascenso, incluso la línea del horizonte parece tornarse más y más curva a medida que se va coronando el Terevaka.
Lo mejor de esta experiencia es sin duda apreciar desde una perspectiva más general el accidentado paisaje del lugar y situar de forma precisa esos lugares en los que ya has estado y ver un poco más imposible el traslado de los moai a lo largo y ancho de la costa.
Se dice que los habitantes de la isla fueron auténticos pioneros en el agotamiento de los recursos de un lugar habitado, acabando progresivamente con la vegetación en la talla y transporte de los moai.

Nubes en el mar

Rapa Nui no deja de ser una especie de pequeña metáfora o certero diario sobre el carácter humano, y aunque abundan las leyendas y supuestos orígenes de sus habitantes y sus hazañas, lo cierto es que el posible fin o más bien, receso, de esta misteriosa población de impresionante legado cultural es un pequeño libro que ya conocemos pero que de momento no tiene final.

Postes

El final sin embargo para el pueblo Rapa Nui es bastante trágico, y unido a la desaparición de la naturaleza y a los propios conflictos tribales, su población quedó profundamente diezmada hasta casi rozar su fin, sobre todo al llegar los terribles navíos del viejo continente, arrasando con todo a su paso e imponiendo la esclavitud, la religión y propagando enfermedades por toda la isla hasta hacerla prácticamente desaparecer.
A veces es inevitable preguntarse que pasaría ante una hecatombe de similares características a gran escala, cómo reaccionaríamos y como surgiría el instinto de supervivencia tantas veces temido y en el que el ser humano aporta su cara más frágil y a la vez más terrible.

Paisaje volcánico

La respuesta está en esta pequeña isla del Pacífico, que en su existencia dejó un legado único en el mundo y que a día de hoy sonríe al visitante y le muestra con mucho cariño un lugar que mantiene prácticamente todas las tradiciones y misterios que la hicieron tan especial.
Observar desde lo alto de este volcán la isla, hace que la imaginación se expanda y empiece a pensar en las muchas cosas cotidianas que la vida ha hecho tan normales que ya no tienen casi importancia.

Agujero negro

Quizá sea el lugar, quizá sea la situación o el simple hecho de pensar que estás aquí y hay que disfrutarlo, pero todo cuanto siente tus sentidos es inolvidable, desde el sonido del viento hasta la anaranjada luz del Sol poniéndose más allá del océano para dejar ver las primeras estrellas de la noche, todas divisibles con una claridad de observatorio espacial.

El árbol de la vida

Uno de los lugares más mágicos de la isla es sin duda, el Ahu Akivi, la única plataforma ceremonial en la que sus moai miran al mar, ya que el resto de los que están en pie por Rapa Nui, miran hacia el interior.

Tronco

La disposición de los gigantes de piedra tenía principalmente una función protectora sobre los habitantes próximos al Ahu, ya que se decía que su presencia preservaba el mana, fuerza espiritual de la vida, y su mirada estaba destinada a proteger a los clanes que tuviesen los moai ante sus ojos.
De hecho, la mayoría de los moai caídos en la isla a día de hoy fueron derribados en su día por los distintos clanes en su propia autodestrucción, derribando a sus teóricos ancestros para privar al clan de su poder y protección.

Ahu Akivi

Pero como todo en Rapa Nui, las historias, las leyendas y lo que se adapta a los diferentes lenguajes de la propia vida, tiene diferentes y apasionantes versiones, siempre salpicadas con un toque de misterio ya innato en el lugar y en la propia opinión del visitante, que casi siempre mira las figuras sorprendido, no sólo por su tamaño o misterioso transporte, sino por su propia fisionomía.
Lo cierto que este Ahu es uno de los más bonitos de Te Pito o Te Henua, 7 moai que miran hacia el mar y que representan a los primeros exploradores que el rey Hotu Matua envío más allá del océano en busca de un nuevo hogar.

En línea al mar

Como casi todos los lugares de la isla, estos grupos de moai suelen aparecer de improvisto, generando auténticas sorpresas y otorgando a los solitarios paseos por el lugar algo de compañía más allá de los simpáticos caballos y las malhumoradas vacas.
Las cuencas de los ojos vacías de este grupo de 7 exploradores parecen tener una serena expresión y si te das la vuelta puedes seguir su mirada hasta observar en la lejanía el brillante océano Pacífico, que en muchos momentos del día parece un espejo en el que las nubes se reflejan y la sensación de aislamiento se hace un poco más notoria y fascinante al ser consciente del punto del mapa en el que te encuentras.

Al mar

Próximo a este complejo se encuentra Maunga Terevaka, el punto más alto de la isla, desde el que se puede acceder aquí a través de una agotadora caminata que otorga uno de los paisajes más bellos de la Isla de Pascua, y en donde se aprecia realmente el pequeño tamaño que posee.
Contra más te alejas de los moai, más en contacto entras con la soledad, aquí puedes estar horas y horas sin encontrarte con nadie, una sensación de libertad absoluta que no dejó de tener momentos ciertamente hilarantes rozando el terror más extremo en las profundísimas y oscuras cuevas de la isla.
Pero eso, es otra historia.

Akivi al Sol

Los perros de Rapa Nui son especiales. El primer día que anduve cerca de los moai un perro parecido a un pastor alemán vino corriendo hasta mi con la lengua al viento y se puso a mi altura como si me conociera de toda la vida. Lo que más gracia me hizo fue como me marcaba lo que debía pisar y lo que no, ya que los Ahu donde se encuentran las gigantescas figuras de piedra solían estar delimitados por todo tipo de señales advirtiendo que no debía ni tocarse ni pisar el terreno próximo a ellos, tanto por respeto como por mantenimiento de la zona, ya que las figuras, están totalmente destinadas a irse destrozando con el paso del tiempo, por su situación, muy próxima al mar y la continua erosión que sufren por ello y por el inevitable paso destructivo del visitante, que desgraciadamente suele pasar de tales advertencias.

Hanga Roa

Yo que no tenía ninguna intención de sobrepasar esa frontera simbólica tuve la atenta vigilancia de este perro que tenía un sólo ojo y que se convirtió sin quererlo, en uno de los mejores recuerdos del viaje, ya que nos lo encontramos más de una vez y en puntos muy diferentes de la isla y su apego era simplemente entrañable, sólo buscando una caricia, compañía y algo de comida y bebida (quizás eso lo primero, pero siempre gusta idealizarlo un poco).
Ese mismo día en la lejanía apareció una especie de Golden Retriever que quiso ganar nuestro cariño a base de fuerza bruta, luchando continuamente con el perro pirata, que mordía el polvo una y otra vez ante el mayor tamaño de su rival, pero que lejos de rendirse seguía luchando por nosotros.
Tanta fue su lucha que estuvo a nuestro lado casi todo el primer día en Rapa Nui, si nos metíamos en el museo él nos esperaba a la salida tumbado, si llovía el aprovechaba el momento para acercarse un poco más y así continuamente.

Guardián

Lo gracioso fue llegar a una zona algo más alejada del punto de origen y entrar de repente en otra especie de distrito dominado por otra raza de perros, que en la lejanía y cual grupo de rebeldes callejeros, se unían y miraban desafiantes al intruso como advirtiendo de que esa era su zona y que no era bienvenido.
El perro pirata se dio la vuelta y se marchó.
Al rato, y en otro extremo del pueblo, se nos unieron dos perros más, que parecían auténticas sombras y que nos siguieron a cuevas, acantilados y caletas pesqueras con devoción.

Perrito

Cartel

Mientras, los pocos visitantes que nos encontramos presentaban una estampa similar a la nuestra, con sendos acompañantes perrunos siguiendo su estela cual juego de Rol, en el que el personaje principal es seguido por sus aliados para entrar en combate en cualquier momento.
Los perritos rapa nui casi pueden considerarse parte de la población de la isla, están en los campos de fútbol, en las terrazas de la playa, jugando con los caballos, dominando a las vacas y te miran siempre con una cara de felicidad que te arranca una sonrisa.
Con collar, sin collar, grandes, pequeños, de todo tipo de razas y con un punto en común, eran los reyes del pueblo, si estaban en la carretera, difícilmente se asustaban al pasar un coche, todo lo contrario, tenías que estar muy atento para esquivarlos mientras holgazaneaban en medio del asfalto.

Descansando

Road dog

Una simpática experiencia, sobre todo cuando tratabas de despistarlos y a los pocos segundos aparecían en la lejanía corriendo de nuevo hasta tu posición pasándote la lengua de refilón como queriéndote decir… “¿creías que te habías escapado?”.
Si algún día estás en la isla y un perro se te acerca no le tengas miedo, tendrás a tu lado a un maravilloso guía.

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