Tokio Blues

“Llené el vaso de cerveza y bebí despacio.
—Hace un rato, mientras jugábamos al billar, se me ha ocurrido algo —dije—. Verás. Yo no
tengo hermanos, me he criado solo, pero, a pesar de ello, jamás me he sentido solo, ni nunca he
deseado tener hermanos. Siempre he estado bien solo. Sin embargo, hace un rato he pensado que
me hubiera gustado tener una hermana mayor como tú. Una hermana guapa y elegante, a quien le
sentara bien un vestido azul medianoche y unos pendientes de oro y que fuera tan buena como tú
jugando al billar.
Hatsumi sonrió y me miró a los ojos.
—Es lo más bonito que me han dicho durante este último año. Has hecho que me sienta feliz.
—Quiero que seas feliz. —Me ruboricé—. Pero es extraño. Una persona como tú, que podría
ser feliz con cualquiera, ¿por qué se empeña en salir con alguien como Nagasawa?
—Quizá fue inevitable. Ni siquiera yo puedo hacer nada. Nagasawa diría que es
responsabilidad mía.
—Sin duda. —Le di la razón.
—Watanabe, yo no soy muy inteligente. Soy una chica más bien tonta y chapada a la antigua.
No me interesan ni los sistemas ni las responsabilidades. Me bastaría con casarme, que el hombre
que amo me tomara entre sus brazos todas las noches, tener hijos. Lo único que deseo es esto.
—El busca algo completamente distinto.
—Pero las personas cambian, ¿no crees? —me preguntó Hatsumi.
—¿Te refieres a cuando se enfrentan a una sociedad que las vapulea y no les queda más
remedio que madurar a golpes?
—Al estar un tiempo separados, quizá cambien sus sentimientos hacia mí.
—Esto es lo que le sucedería a una persona normal —dije—. Pero él es distinto. Tiene una
voluntad mucho más fuerte de lo que podamos imaginar, y además cada día que pasa se refuerza en
su postura. Nagasawa se crece ante las dificultades. Es una persona capaz de comer una
babosa antes que volver la espalda. Hatsumi, ¿qué esperas de alguien así?
—No puedo sino esperarle. —Hatsumi apoyó la mejilla en la palma de la mano.
—¿Tanto le quieres?
—Sí —respondió de inmediato.
—¡Vaya! — Suspiré y bebí el resto de la cerveza—. Debe de ser magnífico estar tan seguro
de que amas a alguien.
—No soy más que una mujer tonta y chapada a la antigua —repitió Hatsumi—. ¿Quieres más
cerveza?
—No, gracias. Debo irme. Gracias por el vendaje y la cerveza.
Mientras me levantaba y me ponía los zapatos junto a la puerta, sonó el teléfono. Hatsumi me
miró, miró hacia el teléfono, volvió a mirarme a mí.
—Buenas noches. —Me despedí.
Abrí la puerta y salí. Cuando me disponía a cerrarla sin hacer ruido, vi de refilón a Hatsumi
con el auricular en la mano. Ésta es la última imagen que conservo de ella.”

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