Anakena

La tranquila Isla de Pascua puede resultar agotadora, no sólo por la cantidad de yacimientos arqueológicos que posee, sino también por los largos recorridos a pie que invita a hacer por los lugares más inaccesibles, cargados de todavía más soledad y misterio.

Anakena

Por lo que Anakena es una especie de pequeño paraíso momentáneo en el que descansar un poco, sólo un poco, pues la playa en la que se dice que desembarcó el rey Hotu Matua hace siglos, posee también un precioso grupo de moai, el Ahu Nau Nau y el solitario moai de Ahu Ature Huki, que fue nuevamente levantado y colocado en su Ahu por toda una institución legendaria para Rapa Nui por su labor en la isla, el noruego Thor Heyerdahl, que ayudado de varios isleños tardó hasta 20 días en volver a erigir la enorme figura.

Buen estado

Solo en Anakena

De espaldas

La playa tiene todo el encanto que puede tener un lugar de arena blanca, palmeras al viento y aguas cristalinas de color verdoso, y aunque nunca he sido excesivamente playero, la verdad que marcharse de Anakena cuesta y mucho. Entreabrir los ojos y apreciar en la lejanía los dos Ahu antes comentados es una fantástica experiencia, dando a la playa un ambiente mágico a pesar de su cotidiana estampa de lugar paradisiaco.

Playa

Anakena sunset

El Ahu Nau Nau, además de estar espléndidamente conservado, con petroglifos en la espalda de los moai y con cuatro de ellos con su respectivo Pukao, tiene muchas curiosidades a su alrededor, ya que fue en este lugar donde se descubrió en su día que los moai tenían ojos, con diversos restos de órbitas oculares de coral y piedra esparcidas y rotas en frente de la plataforma.
Actualmente uno de esos ojos puede verse en el Museo Sebastián Englert, en Hanga Roa.
Al tener ojos, se decía que los moai cobraban “vida” y que se convertían en el rostro vivo de los ancestros, dando sentido al término por el que también se conocen a los moai, Mata ki te rangi, ojos que miran al cielo.
Leyendas fascinantes que se entremezclan con la propia realidad y que hacen que la sensación que produce mirar a las hoy cuencas vacías de los moai sea cuanto menos extraña y cautivadora.
Además, aquí también los perros tienen su protagonismo, pues sus baños en la playa con secado en la arena eran antológicos. Especialmente nos sorprendió ver por segunda vez al célebre perro pirata de nuestro primer día en la isla, que había recorrido los 20 kilómetros que hay de Ahu Tahai hasta aquí para darse un chapuzón y comer alguno de nuestros sandwich.
Anakena es siempre una visita nostálgica, pues volver a ella te hace ser consciente de lo lejos que estás y de lo lejos que su recuerdo estará con el paso de los años.
Un recuerdo que a lo mejor no vuelvo a renovar jamás, pero que merecerá la pena tener aunque se vea… borroso y confuso.

Baño perruno

Ahu Nau Nau

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