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Archivos Mensuales: noviembre 2011

Wes Anderson siempre me sorprende gratamente, más allá de ser uno de mis directores favoritos, una de las razones que más me anima para ver sus películas es saber que en cualquier momento del metraje habrá una secuencia maestra en la que imágenes y música se unirán de forma magnífica. El cine de Wes es muy personal, con un aspecto visual siempre unido a la disposición panorámica de los personajes y de un delirante sentido del humor, casi siempre inspirado en unos actores fetiche que suelen sacar lo mejor de sí mismos con Wes.
He aquí, las que son para mi las mejores secuencias-musicales de su filmografía, lamentablemente no están todas (youtube no tiene de todo al fin y al cabo), falta sobre todo escenas de “Viaje a Darjeeling” y “Fantastic Mr. Fox”, pero bueno, un pequeño homenaje a este gran director:





En el norte, se encuentra uno de los lugares más curiosos y simbólicos de Rapa Nui, Te Pito Kura, el ombligo de la luz.
Muy cerca se haya el gigantesco Paro, de 11 metros de longitud, el moai transportado y erigido sobre un ahu más grande de la isla, aunque a día de hoy se encuentra caído.

Caballos y Te Pito Kura

Dormido para la eternidad

No deja de ser sorprendente pensar en Rano Raraku y descubrir como los moai semienterrados en las faldas del volcán, tienen un tamaño similar a este gigante, dejando en la famosa cantera una estampa de que lo que se ve es sólo la punta del iceberg, o adaptado a la isla, sólo la cabeza del moai.

Enorme

Estas cinco piedras apuntando a los puntos cardinales tienen, según la leyenda, un significado netamente simbólico, ya que se dice que fueron traídas por el rey Hotu Matua para marcar el ombligo del mundo.
Un lugar bastante mágico pese a su simplicidad, ya que las piedras son magnéticas y son famosas entre otras cosas por despistar la orientación de las brújulas. Su textura, erosionada y a la vez limada por el paso del tiempo y por los miles de visitantes que han puesto sus manos sobre ella, se puede decir que es adictiva, y no deja de ser gracioso descubrir como al cabo de un buen rato, has permanecido alrededor de 5 piedras una considerable cantidad de tiempo. ¡Cosas de Rapa Nui!

El ombligo del mundo

Piedra magnética

El ombligo

Escondido y muy próximo al mar, Te Pito Kura es un lugar que enlaza con la fascinante península de Poike y con la pequeña cala de Ovahe, una playa escondida entre las paredes volcánicas de la isla y que tiene una imagen aún más tranquila que la célebre playa de Anakena, aunque eso es otra historia.
Uno de los lugares más apartados de esta apartada isla, y en el que te llegas a sentir a veces más un intruso que un visitante, con los caballos mirándote con cara de pocos amigos y con el sonido de un pájaro que no conseguí nunca identificar y que tenía un silbido más propio de un saludo de barrio que a la de un ave Rapa Nui, haciéndote girar constantemente la cabeza pensando que alguien te estaba llamando desde algún punto cercano.

Pequeño

Hablar de la Pilsner Urquell es hablar de una de las mejores cervezas del mundo. Una cerveza revolucionaria que casi siempre acompaña los momentos especiales y que tiene la capacidad de transformar en especiales aquellos momentos que no lo son.

La señal

He aquí 4 reglas básicas para su degustación, alabadas por sus propios artesanos:

Regla nº1: Dedica varios años de tu vida a reunir un buen grupo de muy buenos amigos.
Regla nº2: Aségurate de que todo el mundo tiene el vaso lleno de Pilsner Urquell y después prepara tu vaso (una regla difícil de cumplir, pero que si se hace demuestra la infinita amistad y aprecio que tienes a tus colegas)
Regla nº3: Mantén contacto visual con tus amigos en todo momento y que no falte un Na zdravi! (a tu salud)
Regla nº4: Lleva tu vaso a tus labios y degusta el sabor único de la Pilsner Urquell. Repetir cuantas veces sea necesario.

Un néctar celestial y que hay que disfrutar al menos una vez en la vida en la mítica Praga, en donde lo difícil es no caer en sus redes y en donde el asombro no cesa al ver como forma parte de la vida diaria de los checos de forma totalmente natural.

Hablar de Lars von Trier es hablar de uno de los directores más controvertidos de los últimos tiempos. Apodado por él mismo “von” para aburguesar su nombre, el cineasta danés más allá de sus declaraciones ha demostrado con el paso de los años que su talento está a la altura de su mediático carácter.
Posiblemente desde “Dogville”, para mi su obra maestra más absoluta, el director no había hecho un film tan redondo formalmente. “Melancolía”, recoge un tema tan común en el cine actual como puede ser el fin del mundo, para convertirlo en un gigantesco McGuffin en el que el director cuenta lo que realmente le importa, el sufrimiento que posee el ser humano al ser feliz y al no serlo.

MELANCÓLICOS SPOILERS A CONTINUACIÓN…

La película arranca de manera casi pictórica, enlazando visualmente con el estilo de “Anticristo”, con imágenes ralentizadas que sirven a modo de resumen a la historia que veremos a continuación. Y es que “Melancolía”, sobre todo en sus planos iniciales, es una especie de homenaje al mundo de la pintura y la fotografía, con constantes guiños a obras de fotógrafos como Tom Hunter o Jeff Wall y a pintores como Velázquez y Millais.
Todos estos aspectos dotan a la película de un aspecto alienado, creando una historia de muchos personajes que al final se queda en cinco personas que parece que son las únicas supervivientes de una catástrofe que aún no ha ocurrido. El apocalipsis antes del apocalipsis.
Mención especial merece su delirante comienzo, con una surrealista boda llena de cameos memorables, mensajes subliminales (esa suntuosa limusina blanca incapaz de coger una estrecha curva) y del particular sentido del humor del cineasta danés, que con su característica cámara nerviosa nos cuenta la historia de dos hermanas (extraordinarias Kirsten Dunst y Charlotte Gainsbourg) que atraviesan una etapa de su vida que representa muy poco lo que simbólicamente debería representar, la felicidad. Una de ellas es frágil y está más cercana a la locura que a la cordura, la otra lleva una vida plena, es consecuente con sus actos y derrocha paciencia en todo lo que rodea a su modélica familia, liderada por la figura poderosa de un marido que no podrá controlar todo lo que va ocurriendo ante sus ojos (nuevamente extraordinario Kiefer Sutherland, una agradable sorpresa su recuperación)
El tono fantasmagórico del comienzo, con una perfecta boda que poco a poco se va desquebrajando sin que casi ninguno de sus participantes pierda del todo la sonrisa, es sólo el comienzo de lo que Lars von Trier pretende mostrar… el sufrimiento, que a diferencia de otros de sus films, que va por naturaleza adherido al ser humano, esta vez permanece juzgado por un planeta llamado Melancolía que en su trayectoria impactará con la Tierra de manera más que probable.
En esos momentos en los que la cámara mira al cielo y se adentra en el espacio, la película recuerda un poco en algunos momentos al “El árbol de la vida” de Terrence Malick, poniendo en evidencia la aparente magnificiencia de nuestro planeta en comparación con el Universo, una batalla que el planeta azul jamás podrá ganar.
Lo mejor de la película para mi es que, en cierto modo, poco importa lo que le sucederá a la Tierra, lo que importa es lo que le sucederá a los personajes, que vagan en la segunda mitad del relato entre la agonía y la esperanza, convirtiendo los últimos minutos de sus vidas en una redención en la que los locos empiezan a ver sentido a su locura y los cuerdos empiezan a perder la fina línea que los separa del vacío.
La inocencia de un niño que piensa que podrá aguantar despierto se une a la hipocresía adulta, que le dice que aguantará aún sabiendo que no lo conseguirá, idealizando la vida de tal forma que su pérdida se convierte en un sufrimiento tan inevitable como innecesario, un momento que llegará tarde o temprano y en el que lo peor es saber que no conoces a las personas que tienes a tu alrededor y que de alguna manera, tanto su felicidad como la tuya, es una construcción de mentiras piadosas que terminan desmoronándose.

¿La locura está inducida por el miedo o es innata?, ¿tiene un sentido incomprendido o en su comprensión se basa su existencia?, preguntas que son contestadas creativamente durante el film, una magnífica obra con huecos filosóficos que uno rellenará con sus propias conclusiones y con momentos visuales portentosos, que pasan de puntillas por más que posibles experiencias familiares propias del realizador.
Gran película, quizá algo contemplativa en algún tramo, ya sabemos como se las gasta von Trier, pero en su conjunto, un impactante cuento apocalíptico cotidiano vivido en el seno de una familia que aúna todas las clases económicas y sociales.
Melancolía y la Tierra, una danza mortal.

La fotografía nocturna es especial, nada como esperar a que llegue la noche para que sus colores invadan durante unos segundos más de lo habitual el sensor de tu cámara.
La noche hace que los colores cobren vida, que las luces se conviertan en brillantes halos y que las personas, mucho menos numerosas que cuando es de día, se transformen en fantasmas al desfilar delante del objetivo.
La Isla de Pascua carece de una iluminación artificial espectacular, pero cuando el Sol se perdía por el horizonte aparecía una luz mucho más espectacular, la luz de las estrellas, que convertía cada noche sin nubes en un espectáculo de auténtico planetario.

Galaxia Tahai

Las ya de por sí solitarias visitas por Rapa Nui se convertían en la oscuridad en paseos totalmente alejados de la civilización, con la única compañía de los moai, que se convertían en meras siluetas con un fondo de estrellas, y los caballos de la zona.
Un clímax espectacular que alcanzaba su punto álgido al poder verse de forma clara la vía láctea atravesando de lado a lado el firmamento.
Un momento especialmente recordado y que casi acaba conmigo, pues en mi ensimismamiento al mirar al cielo en la más absoluta oscuridad, me comí casi literalmente un rosal que atravesó mis vaqueros como mantequilla y que me dejó un recuerdo de risas, sangre y estrellas.
Aunque no hace falta irse tan lejos para ver con tanta claridad el cielo nocturno, lo cierto es que seguir con la mirada la posición de los moai, hace que su nombre de “ojos que miran al cielo”, se convierta en una experiencia imborrable, más aún que cuando el día los ilumina de verdad.
Las noches negras de la ciudad en mi imaginación ya no son tan oscuras.

Perfil de las estrellas