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Archivos Mensuales: enero 2012

Para empezar, no he leído los libros, pero sí me han hablado ampliamente de ellos, no he visto la trilogía sueca, sólo un poco el comienzo de la primera, que frené porque no me estaba entusiasmando demasiado y la sombra de que Fincher planeaba ponerse a rodar su propia versión era alargada, muy alargada. Por lo que relativamente, afronté el visionado de la nueva película del director de “Zodiac” como algo medianamente original, si bien es imposible no tener cierta influencia pop sobre el personaje de Lisbeth Salander, ya inmortalizado para muchos de manera bastante imponente por la actriz Noomi Rapace.
David Fincher es un director que para mi gusto ha mejorado muchísimo con los años, de empezar con una decepcionante Alien 3 (si bien siempre ha comentado las dificultades que tuvo para rodarla y su versión extendida salva ligeramente el resultado final) a ir evolucionando y adaptando cada vez mejor los guiones a su poderío visual, cosa que por ejemplo en la amada/odiada El club de la lucha, era completamente notorio, con un arranque fantástico que se iba diluyendo entre las filigranas del director, más hábil con la cámara que con las palabras que pueden hacer imborrable una secuencia bien rodada.
A pesar de todo, Fincher ha creado un estilo propio, que llegó a su culminación más estelar con la simplemente sobrecogedora y magistral Zodiac, en la que su estilo y su detallado minimalismo escénico le venía como anillo al dedo a la densa historia sobre el asesino del zodiaco, una película que se merece estar entre las mejores de los últimos años, algo más que una película de culto, una obra maestra revisionable y siempre sorprendente.
Con ese film, Fincher conseguía varias cosas, la primera y más importante, reconciliarse con el espectador que había dudado de él anteriormente y la segunda, y no menos importante, tratar al público de manera inteligente, proporcionando a la platea un film en el que un simple segundo de despiste suponía perderse algo importante de la detallada trama.
Que alguien de la considerada meca del cine esté dispuesto a contarnos una historia teniendo en cuenta nuestra capacidad receptiva es memorable.
David Fincher ya no era ese director de videoclips, había madurado y el no tener apenas reconocimiento académico casi que demuestra aún más su grandeza reciente (lo de “La red social” fue otra de las numerosas decisiones fallidas de la Academia, aunque eso por supuesto es un capítulo aparte y enumerar la cantidad de injusticias cinéfilas que han cometido con el paso de los años es algo que merece un post exclusivo)

Millennium, los hombres que no amaban a las mujeres reúne posiblemente lo mejor y peor del cine de Fincher, vuelve a recoger las bases de Seven, que a su vez sentó las bases de una nueva horda de films sobre serial killers de similar pero siempre inferior factura.
Casi se puede decir que el documentalismo enfermizo que otorga el director a sus últimas películas, a excepción de la para mi decepcionante “El curioso caso de Benjamin Button”, ha creado una especie de nuevo subgénero dentro del género de películas sobre investigaciones, un medio en el que el director parece encontrarse especialmente cómodo y espectacular, alternando frenéticos montajes, enlazando y prolongando reacciones dibujando con su cámara las piezas de un puzzle que poco a poco van encajando para delirio del espectador.
Tal amalgama de registros tiene como gran enemigo el guión, porque naturalmente Millennium no presenta un guión tan brillante como el de Zodiac o La red social, pero la clase del director hace que un film con una trilogía previa algo criticada por seguidores y no seguidores de los libros pueda mostrar cierta rotundidad.
La historia de Lisbeth Salander es una buena película con tintes de gran película, pero vayamos por partes.

Tras unos prodigiosos créditos iniciales a ritmo de una versionada “Inmigrant Song” de Led Zeppelin, y que, parafraseando las palabras de Hugo Sánchez Jiménez, el mejor proyeccionista analógico y digital a este lado del Atlántico, son mejores que la trilogía sueca en su totalidad, el film cuenta con una historia que dada su popularidad ya se sabe casi de memoria, pero que puede provocar cierta sorpresa para todos aquellos que como yo no sepan las conclusiones de la trilogía de Stieg Larsson.
Siempre es interesante el mimo clásico con el que David Fincher da comienzo algunas de sus películas, con impecables títulos iniciales que han creado escuela dentro de unos minutos tan fascinantes como míticos en la historia del cine (Saul Bass, siempre con nosotros)

TATUADOS SPOILERS A CONTINUACIÓN…

Una de las principales diferencias y tal vez la más comparada por la legión de seguidores del libro o la película, es la aportación de Rooney Mara como Lisbeth Salander, un personaje muy jugoso y llamativo, que en este primer film queda bastante bien reflejado y que supone el motor principal de toda la historia y su aportación la que mejores momentos propone. ¿Noomi Rapace o Rooney Mara?, dos llamativos nombres que crearán un debate sobre cuál ha sido la que mejor ha reflejado la personalidad irreverente de la hacker del tatuaje del dragón. Sin ver la trilogía original, y teniendo en cuenta que uno de los motivos por los cuales no terminé su primera entrega fue por la total indiferencia que me provocaba el, en teoría, fascinante personaje de Salander, me quedo totalmente con Rooney Mara, sin desprestigiar ni mucho menos la excelente labor de Rapace, que tal vez tuvo a su alcance un guión menos pulido en su personaje que el de la película de Fincher. Aunque quizá la elección sea más bien puramente física, lo cierto es que Rooney Mara crea un personaje envolvente, que quizá aporta algo más de candidez y por lo tanto, más cercanía al espectador, al que le importa un poco más el destino de una chica de apariencia más frágil que la dureza del personaje de la trilogía sueca.
Una de las cosas que más me llamó negativamente la atención de la original era que Lisbeth era una hacker más bien mediocre, lo cual me parecía totalmente contradictorio a su fama, aquí sin embargo, es una auténtica gozada como la cámara baila con Mara para dar rienda suelta a la infinita paciencia, dedicación y meticulosidad con la que la investigación va uniendo las piezas de un rompecabezas no exento de tópicos pero que también posee ciertos detalles interesantes.

El tópico es el gran enemigo de muchos films recientes, y siempre suelo pensar que no hay mejor manera de combatirlo que aceptarlo, como ese fantástico monólogo de Stellan Skarsgård en el que un perdido Daniel Craig parece estar atrapado por el último villano de la nueva entrega de James Bond y éste le somete a la clásica conversación pre-asesinato, pero dejando en el aire ciertas trivialidades que suavizan la siempre tan revisitada escena.
La presencia precisamente de Daniel Craig quizá sea demasiado rotunda para el personaje que interpreta, pero su carisma saca adelante un papel que a veces da la impresión de que nos muestra a un James Bond de vacaciones en Suecia.

Dentro del reciente cine del director, “Millennium” es su film menos interesante desde un punto de vista cinéfilo, pero es igualmente bueno conceptualmente hablando. Fincher nos regala magníficas secuencias (la violación y posterior venganza de Lisbeth, la presentación de la familia Vanger y sus enfermizos miembros y, sobre todo, toda la investigación flashback-fotográfica sobre el paradero de Harriet Vanger) y todo el film está aderezado por una de las mejores uniones que ha dado el cine en los últimos años, la del director de Denver y el músico Trent Reznor, alma de NIN y su colaborador Atticus Ross, creando nuevamente una banda sonora simplemente fascinante, que proporciona al film un fantástico ambiente que hace que sea totalmente disfrutable para pasar un buen rato frente a la pantalla.
Un buen film para mi ante todo tiene que ser revisionable, y la verdad que Millennium me parece un film totalmente apto para sucesivos visionados, sobre todo por la labor de Rooney Mara, un hipnótico rostro que tal vez dé mucho de que hablar en el futuro y por el buen hacer de un director sobrevalorado en el pasado e infravalorado en el presente.

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Fitter, happier.
More productive.
Comfortable.
Not drinking too much.
Regular exercise at the gym
(3 days a week).
Getting on better with your associate
employee contemporaries.
At ease.
Eating well (no more microwave dinners
and saturated fats).
A patient, better driver.
A safer car
(baby smiling in back seat).
Sleeping well (no bad dreams).
No paranoia.
Careful to all animals
(never washing spiders down the plughole).
Keep in contact with old friends
(enjoy a drink now and then).
Will frequently check credit at
(moral) bank (hole in the wall)
Favours for favours.
Fond but not in love.
Charity standing orders.
On Sundays ring road supermarket.
(No killing moths
or putting boiling water on the ants).
Car wash (also on Sundays).
No longer afraid of the dark
or midday shadows.
Nothing so ridiculously teenage
and desperate.
Nothing so childish.
At a better pace.
Slower and more calculated.
No chance of escape.
Now self-employed.
Concerned (but powerless).
An empowered
and informed member of society
(pragmatism not idealism).
Will not cry in public.
Less chance of illness.
Tires that grip in the wet
(shot of baby strapped in back seat).
A good memory.
Still cries at a good film.
Still kisses with saliva.
No longer empty and frantic.
Like a cat.
Tied to a stick
that’s driven into
frozen winter shit
(the ability to laugh at weakness).
Calm.
Fitter, healthier and more productive.
A pig.
In a cage.
On antibiotics.

“Arde, arde araña, en la jungla de la noche…”

Una de las mejores historias de Spiderman, o al menos una de las más oscuras y fascinantes, es sin duda esta obra de Mike Zeck y J.M. DeMatteis.
Aparecida poco después de obras que cambiaron el devenir del mundo de los cómics para siempre, tales como “Watchmen” de Alan Moore y “El regreso del señor de la noche” de Frank Miller, y lógicamente eclipsada por ellas, esta historia del hombre araña la considero prácticamente como una especie de “Born Again” con Peter Parker de protagonista (salvando las distancias por supuesto), una sensación que me ha provocado la no muy lejana lectura del anhelado cómic de Miller y Mazzucchelli, que me costó años y años conseguir.
Por supuesto la espera mereció la pena.

“Soy Kraven la bestia.
Mi mente es rabia y gloria.
Mi corazón es fuego y orgullo.
Mi cuerpo es gracia y poder.
Soy Kravinoff el hombre”

Una historia impresionante, plagada de referencias a la muerte, tanto de forma metafórica como real, y en la que los logros del héroe son suplantados por la forma más cruel que existe en vida, provocando la muerte con el más profundo de los olvidos. Spidey cede prácticamente todo el protagonismo a Kraven en la que es la redención máxima de un enemigo mil veces derrotado y que encuentra en su agonía y en su dolor la mejor forma de combatir al hombre araña.
Los villanos también poseen alma, y quizá en su cruzada por sembrar el caos sólo piden ser también admirados por sus antagonistas.

“Soy Peter Parker.
Es lo único que he sido, lo único que seré.
Y voy a ser libre. No puedes detenerme.
No puedes mantenerme aquí.
Has asesinado a una máscara,
pero no has asesinado a un hombre…”