War Horse

Hacía tiempo que Spielberg no volvía, o al menos, el Spielberg que más echaba de menos. Cierto que nos ha dejado recientemente Tintín e Indy IV, pero ambos films, especialmente el protagonizado por Harrison Ford, me dejaron con un poso de decepción que todavía está algo latente. Tal vez fuera lo que esperaba de ellos, pues el mejor Spielberg comenzó para mi con esa enorme e incomprendida película llamada “Inteligencia Artificial”, ese mastodóntico proyecto con alma de Kubrick. El director encadenó tras este film de culto una serie de proyectos prodigiosos, logrando una altísima calidad en prácticamente todos ellos (a excepción de la más convencional pero tampoco desechable “La terminal”), tanto en el terreno visual, como el narrativo, convirtiendo su virtuosismo tras las cámaras en una perfecta unión entre la historia y la técnica, un logro especialmente presente en la soberbia “Munich”, en donde el director nos bombardea a lo largo del film con una serie de secuencias antológicas que podrían estar en cualquier lista de imágenes memorables y en donde para mi alcanzó su cénit como narrador visual.
Spielberg había avanzado en su cine, y aunque muchos echaban de menos sus primeros años, fue a partir de que salvara al soldado Ryan cuando el director afrontó su mítica carrera de una forma nueva y espectacular, como queriendo aprovechar su innata popularidad en el mundo del cine para aportar nuevas cosas al espectador, que no siempre está dispuesto a ser sorprendido. Siempre acusado de envolver sus películas en un envoltorio sutilmente tierno e irrealmente feliz, lo cierto es que Steven Spielberg ha sido el director que más imágenes truculentas y dramáticamente impactantes nos ha dejado en los últimos años, siempre teniendo en cuenta que su cine casi de manera involuntaria difícilmente puede tener la libertad argumental de directores más desconocidos que arriesgan más en esa materia. La comercialidad inherente de sus films hace que sus propuestas cada vez sean más rechazadas por un público al que le gusta más ir al cine que ver cine, dos conceptos radicalmente opuestos y la gran lacra de la gran pantalla en los últimos años, en los que el séptimo arte ha entrado en una espiral de autodestrucción desde que la mayoría del público prefiere más entretenerse que aprender.

“War Horse” no es una excepción a todo esto, rebosa buenos sentimientos e intenciones, pero también deja imágenes que quitan la respiración y su propuesta exige más que nunca cierto entendimiento y comprensión por parte del público, pues si no se entra medianamente en su atractivo juego, más cercano a la fábula de lo que parece, puede provocar rechazo y total incomprensión.
Spielberg es amo y señor de la guerra, sabe mostrar en esta siempre impresionante y triste fábrica de grandes momentos cinematográficos lo que otros directores no consiguen, logra que cada bala que impacta en el terreno o en la desnuda carne de un soldado duela. Los momentos más terribles de la humanidad, tanto pasados, como presentes, como futuros (un futuro cada vez más fácil de imaginar) son los mejores documentos para reinvidicar nuestros logros y nuestras locuras, y eso Spielberg lo sabe muy bien.
El director ha crecido con nosotros en todos estos años, ha estado tras las cámaras de películas para nuestra infancia, para nuestra pubertad y para nuestra madurez, y algún día abordará la nostalgia, si es que en algunos de sus films más pesimistas no la ha abordado ya.
Pero volviendo a coger las riendas del caballo de batalla, el film casi podría dividirse en dos partes, casi tan marcadas como las de “I.A.”, una primera en la que se nos cuenta la historia de como un chico adiestra a un caballo y la relación que mantiene con su familia y una segunda parte en el que el relato se pone medianamente en el punto de vista del caballo y vamos siendo testigos de su tortuoso avance a lo largo de la I Guerra Mundial.

EQUINOS SPOILERS A CONTINUACIÓN…

Ambas partes, especialmente la segunda, nos deleitan con muchos minutos de auténtico cine, pero lo cierto es que War Horse es un film irregular, de constantes altibajos pero con enormes picos de calidad, pasando del más absoluto de los convencionalismos a la más impactante de las escenas en cuestión de minutos.
Tanto en una mitad como en otra, “War Horse” toma un tono de fábula adulta a veces delirante y simpático, como las escenas del ganso, que casi parece un miembro más de la familia y sobre todo, con las hazañas de Joey, el caballo. Sus miradas, carantoñas y sorprendente expresividad alcanzan momentos simplemente memorables, especialmente cuando se une a su desdicha un particular compañero de batalla.
A Spielberg en parte se le nota en el film que lo que más le entusiasmaba del mismo era precisamente hacer de un caballo un personaje más importante que las personas, con una primera mitad del film algo desubicada, pero también a su vez como un magnífico preámbulo para todo lo que viene después. Aquí el grandísimo director nuevamente nos demuestra que no hay nadie que ruede como él, sigue siendo un maestro y pese a su especial sensibilidad en su cine, sigue mostrándonos de manera brillante momentos dramáticos desde un punto de vista poético encomiable (la sencilla pero rotunda ejecución en el molino).
Joey provoca una interesante unión entre sus dueños a lo largo de la guerra, que van cayendo en desgracia y en su aventura pasa de un bando a otro siendo una especie de guerrero neutral que lucha por sobrevivir y que nada puede hacer ante la marabunta de terribles acontecimientos que la guerra hace surgir.
Los personajes con los que sus galopes se van encontrando son memorables, desde dos hermanos protegiéndose el uno al otro, hasta la unión de Joey con Emilie, una niña enferma que brinda junto con su abuelo (fantástico Niels Arestrup) algunos de los momentos más tensos del film, y en donde a su vez también el director muestra el lado villano del enemigo de forma más convencional y predecible.
Pequeñas historias que el caballo convierte en leves testimonios subjetivos de diferentes personajes, haciendo la humanidad de cada combatiente un hito y una tragedia al mismo tiempo y en donde más que nunca Spielberg demuestra que sobrevivir a la guerra es una cuestión de valor, pero también de suerte y de cobardía, y que la delgada línea que separa la épica de la decepción, lo real a lo imposible, es más fina de la que nuestra ilusión por vivir ha trazado (los nuevos dueños de Joey tras la subasta en el pueblo, con dos excepcionales Tom Hiddleston y Benedict Cumberbatch)
Steven Spielberg es capaz de emocionarnos sin palabras, y la huida de Joey a lo largo del campo de batalla hasta su “encarcelamiento” es simplemente impresionante, con la partitura de John Williams haciéndonos cabalgar junto a él y en donde el artesano de Cincinnati nos recuerda que no se ha ido, que sigue estando en el mundo del cine para seguir dejándonos con la boca abierta.
Lo mejor del film es una escena que navega entre la parodia y lo admirable, pero que puede resumirse como una secuencia arriesgada, en la que Spielberg pone las herraduras al caballo y en la que puede alcanzar tus sentimientos con rotundidad o pasar de largo.
Lo cierto, es que esa imagen casi pictórica de Joey en tierra de nadie, malherido y usado como símbolo de supervivivencia por ambos bandos, nos concentra una metáfora tan evidente como sutil de la guerra, compuesta por dos bandos, el bien y el mal, tan opuestos como comunes y que con sus historias, sus familias, sus sueños y sus miedos, son capaces de matar sin pensar, a veces por orgullo, a veces por placer, a veces por seguir viviendo.
Depende de cada uno si se cree lo que Spielberg nos cuenta, si es posible que un caballo mueva a las personas que merecen vivir y arrastre a las que merecen morir, pero obviando los momentos más sencillos del film (el comienzo y su final casi homenaje desde el punto de vista fotográfico a “Lo que el viento se llevó” de Victor Fleming, tal vez lastrados por un Jeremy Irvine que no consigue ser la parte más robusta del relato, aunque tal vez conscientemente por la naturaleza épica del propio Joey), “War Horse” es un film peculiar, que coge espacio para poder saltar pero que no llega tan lejos como quisiera, un notable film sobresaliente, que a veces roza el suspenso pero que llega a la matrícula en más de una ocasión.

Spielberg nuevamente generará opiniones en contra y a favor, y eso siempre es algo bueno en el cine de este magnífico director, que cuando deje de rodar películas nos dejará huérfanos de nuevos sueños, pero no de viejos recuerdos.
En breve recibiremos por lo menos dos nuevos films, la histórica “Lincoln”, con un Daniel Day-Lewis que nuevamente nos hará vibrar, y el retorno a uno de los terrenos más fascinantes de su cine, la ciencia ficción, con la misteriosa “Robopocalypse”.
Hasta pronto maestro.

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