Kuala Lumpur

Cuando pisas la capital de Malasia la primera sensación que provoca no es asombro o caos, sino calor, el asombro y el caos vienen un poco más tarde. Cuando uno lee sobre Kuala Lumpur imagina una urbe moderna plagada de contrastes tan extremos como sutiles, bañada por un desordenado tráfico que aparca sus ajetreados coches cerca de tiendas de marca y suntuosas joyerías. Pues bien, esta magnífica y grotesca ciudad es así, una balanza de rascacielos y suburbios que a pesar de su diferencia arquitectónica mantiene el equilibrio perfecto gracias a su choque cultural, con habitantes procedentes de cualquier punto de Asia que se encuentran como en casa dando vida a los típicos barrios étnicos de Chinatown y Little India.

Hacia Petronas

Tras muchos años vagando por la vieja Europa volver a una ciudad asiática trae a la mente viejos fantasmas que no asustan, ya que aunque la desorientación inicial es evidente y la referencia está marcada por carteles más simbólicos que útiles, el propio ritmo de la urbe va entrando poco a poco en tu flujo sanguíneo para implantarse definitivamente antes de que te des cuenta, mientras el sudor asoma por tu frente sin hacer esfuerzo alguno.
Minutos después, ya te puedes considerar un pequeño malayo, subirte a la laberíntica y desordenada red de transporte urbano y alcanzar destinos y puntos estratégicos mientras saboreas y sientes las delicias gastronómicas que pueblan los puestos callejeros en cada esquina. En una misma calle puedes traspasar un templo taoísta, una policromada fachada hindú y al girar la esquina encontrarte una mezquita rodeada de rascacielos. Una amalgama de contrastes que lejos de rechazarte te abrazan con confianza a pesar de que el verdadero extraño eres tú.

Guardianes

Imágenes de color

Sala

Siendo en el fondo un lugar más inabarcable que grande, Kuala Lumpur cuenta con un reclamo arquitectónico sorprendente, las colosales Torres Petronas, cuya imagen brillante despunta junto a la Torre Menara, visibles desde casi todos los puntos de la ciudad si la contaminación ambiental o la neblina mañanera lo permite.
Hace relativamente pocos años la edificación más alta jamás construida, las Petronas hoy en día ya superadas holgadamente por el Burj Khalifa de Dubai, al menos mantienen la categoría de ser las torres gemelas más altas del planeta y su visión, tanto lejana como cercana, de día o de noche, es simplemente sobrecogedora. La sensación de asombro que produce salir de la boca de metro de la estación KLCC y alzar y alzar la mirada sin llegar a ver del todo su cima forma parte seguro de miles de recuerdos de miles de viajeros.
Se puede decir que Kuala Lumpur es una ciudad más del Oriente próximo que del lejano, en el que pueden observarse con naturalidad algunas de las particularidades de las religiones que parcialmente narran el día a día de ese mundo y cuyo progreso arquitectónico se va desvaneciendo a medida que nos vamos alejando de las dos plateadas puntas gemelas, dejando a su paso en su imaginaria onda expansiva restos coloniales, suburbios más humildes que pobres y naturaleza impenetrable.
Al llegar la noche especialmente, la ciudad envuelve este icónico enclave de inspiración árabe en una iluminación prodigiosa, de la que se beneficia sobremanera la brillante e hipnótica estructura de las dos torres, creando a su alrededor un punto de encuentro de carreteras de semáforos meramente ornamentales y fuentes luminosas que sueltan chorros de agua al ritmo de la música.

Gorilas en la niebla

Fuente de color

Gemelas

Dos grandes

Lo más fascinante de la ciudad es sin duda la capacidad que tiene para aunar en un mismo punto culturas tan diversas y radicales con naturalidad y el comportamiento rural de la mayoría de sus habitantes, derrochando amabilidad y simpatía (en muchos casos más si eres hombre que mujer) y regateando precios desorbitados en cada esquina y vehículo mientras apagan el taxímetro con aparente destreza (a evitar esta pícara maniobra SIEMPRE, el conductor no se sentirá molesto y te dejará en la acera más próxima con cortesía).
El ringit malayo hace de Kuala Lumpur una ciudad relativamente barata y accesible, aunque siempre hay de todo lo cierto es que moverse y vivir en ella durante unos días puede ser un auténtico descanso para la cartera y un suntuoso ajetreo para el estómago, con copiosas comidas (la mayoría tan picantes que te hacen reír del sufrimiento) que en este lado de Europa nos costarían un pequeño disgusto. Y si se tiene un gran nivel adquisitivo encontrará aquí uno de los paraísos comerciales más aplastantes que he podido ver, con centros comerciales y calles abarrotadas de lo exclusivo e inalcanzable.

Laksa

Una ciudad que asusta y divierte, por supuesto un lugar con tantos contrastes en su propio corazón evidentemente provoca los mismos desajustes en uno mismo, pero cuando todo se normaliza este gigante malayo que no para de crecer ya ha llegado a tu corazón y ha consumido algunos kilos de tu cuerpo (inolvidable ese húmedo calor).
La ciudad de las dos torres es un oasis de acero que no ha olvidado sus tradiciones y que muy posiblemente todavía tiene mucho que enseñar más allá de sus Sri, pagodas habitadas por dragones y rascacielos de iluminación de ciencia ficción.
El futuro (apocalíptico o no) ya ha llegado a algunos sitios.

Torres gemelas

Merdeka

Arriba y abajo

Titiwangsa

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2 comentarios
  1. La pellejuda dijo:

    Qué bonito todo pellejudo… me he quedado así :O

  2. Gracias pellejuda, y se puede decir que Kuala Lumpur fue de lo que “menos” me gustó del viaje. Lo mejor está por venir.

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