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Astronomía

En 1.995, el telescopio Hubble tomó como referencia una pequeña zona del Universo “libre” de estrellas cercana a la Osa Mayor, y durante diez días de exposición, la fotografía resultante de esa pequeña porción oscura suspendida entre las estrellas visibles desde la Tierra reveló una imagen sorprendente, unos 3.000 objetos estelares, en su mayoría galaxias, algunas de las cuales tan jóvenes y distantes que posiblemente su imagen sea la correspondiente a los inicios del propio Universo.

Una de las imágenes más importantes jamás tomadas por el Hubble y que muestra, en un punto aparentemente vacío del espacio, la existencia de toda una generación de galaxias sólo visibles si se mantiene la vista en ellas el tiempo suficiente.
En el año 2.004 se consiguió una imagen aún más nítida, denominada “Campo Ultra Profundo”, con todavía una mayor cantidad de galaxias en su haber y la interrogante de cuál será la próxima imagen que pueda sorprendernos y dejar aún más en evidencia el lejano y solitario punto azul del espacio en el que nos encontramos.

Esta nebulosa, situada a 8.000 años luz de la Tierra, es una auténtica obra de arte de la galaxia y su propio aspecto es curiosamente una perfecta metáfora de su naturaleza, que está a punto de desaparecer en el tiempo. Justo en el centro de la formación, se haya una estrella agonizante que arroja al espacio una cantidad espectacular de radiación, una enana blanca cuyo núcleo ha empezado a enfriarse.
Su peculiar forma también se ha asociado a la posible influencia de un agujero negro cercano, pero el terrible mundo de estos depredadores del Universo es otra historia…

Situada a una distancia de 650 años luz, el enorme tamaño angular de la Nebulosa de la Hélice es de tres años luz de diámetro. Es una de las nebulosas más cercanas a nuestro planeta y está formada por los brillantes colores que el hidrógeno y el oxígeno forman en la galaxia.
En el centro, una enana blanca moribunda, que en su día sería una brillante estrella y que ha ido perdiendo poco a poco su combustible nuclear y que representa el destino que los astros del Universo correrán tarde o temprano, incluido nuestro Sol, de hecho la propia nebulosa es en sí mismo los restos gaseosos de una estrella similar arrojados al espacio.
Una enorme nebulosa que parece un ojo y que observa a una distancia relativamente corta un sistema, el nuestro, que posiblemente le sea muy familiar.
Con lentes infrarrojas se aprecia mejor su naturaleza y su gran legado evolutivo a la hora de describirnos lo que le pasará al Sol dentro de unos 5.000 años.

La nebulosa del Águila es una impresionante formación que parece una especie de nido de estrellas. También llamada como “Los pilares de la creación”, la luz que desprende es originada por el continuo nacimiento de nuevos astros en ella. Se encuentra en la constelación de la Serpiente y está a unos generosos 7.000 años luz de nuestro planeta, por lo que su aspecto actual, y el modo en que la vemos, es el que existía mucho antes de que el ser humano caminase sobre la Tierra.
Cualquiera de las estrellas formadas entre sus densos brazos supera en tamaño y calor al Sol y es, dicen, visible fácilmente desde la Tierra, aunque nunca he tenido el placer.

A unos 1.500 años luz de la Tierra se encuentra esta curiosa nube de gas más allá de Orión, la nebulosa “Cabeza de Caballo”, una de mis formaciones astronómicas favoritas.
Esculpida por los vientos estelares y la radiacion, esta magnífica nube oscura de polvo interestelar catalogada como Barnard 33, es visible bajo esa particular forma por la silueta que marca la nebulosa roja de emisión IC 434. Junto con otra nebulosa llamada comúnmente como “la Llama”, que parece una hoguera en medio del frío espacio, forma una de las imágenes más conocidas y bellas del Universo no tan lejano, una especie de pieza de ajedrez suspendida entre las estrellas.
Una formación destinada a desaparecer con el paso de los años… muchos años.