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Divagando

Antes de cada nuevo viaje te pones a recordar un poco los anteriores, como intentando rememorar lo que aprendiste en ellos para que todo sea mucho más fácil en el nuevo. Lo cierto, es que una vez estás en el nuevo destino el propio lugar te invita a tomarte todo desde cero, consiguiendo en poco tiempo que lo más difícil no sea recorrerlo, sino abandonarlo. No soy de los que están deseando volver a casa, todo lo contrario, casi desde el primer día un halo de tristeza me recorre, porque todo lo nuevo que estoy viendo me gusta, me gusta demasiado y tal vez sea demasiado consciente de que mi paso por ese lugar es tan efímero que prácticamente vivo los viajes como dos cuentas atrás, la primera, los agónicos días antes de coger el avión, hasta cierto punto llevaderos porque se entremezclan con lo cotidiano, pero que a medida que llegan a su fecha límite se convierten en una especie de nervios que aparecen casi siempre al intentar conciliar el sueño, un sueño, que cuando por fin aparece, te teletransporta unas cuantas horas hacia delante para que la espera ya sea un poco más corta que el día anterior. La segunda, una vez estás en el destino y todo lo que has mirado durante días, meses e incluso años va desfilando delante de ti como si tal cosa y las horas, que pensabas que iban a ser largas y prósperas, son cortas y todavía más prósperas de lo que imaginabas.
Tanto en el avión como en el destino, no dejas de ser un pasajero.

Ramas al Sol

La sensación positiva no obstante, eclipsa prácticamente en su totalidad lo negativo, y siempre hay momentos, que he vivido sobre todo en Asia, en los que te sientes partícipe de algo, te sientes que eres capaz de hacer sonreír a alguien por un acto que hagas y no una cosa que digas, algo tan simple como hacer la típica fotografía de la flor y la mariposa en primerísimo plano puede ser todo un acontecimiento, y cuando eso ocurre dejas de ser alguien que está de paso, pasas a ser parte del lugar, y esa instantánea tan típica que has tomado, se vuelve una especie de panorámica que sólo tú puedes recordar al verla. De repente, una foto reciente se convierte en algo tan denso como esas fotografías de la infancia que se amontonan unas sobre otras en densos cajones llenos de papeles, chinchetas y objetos que uno consideraba perdidos.
Diciendo esto, me es inevitable recordar con nostalgia que las pocas cosas que echo de menos de mi primera casa, ese hogar en el que crecí, es ese cúmulo de recuerdos materiales amontonados y casi abandonados en cualquier rincón, envejeciendo con el tiempo, como pasando de una generación a otra casi sin quererlo.
Tal vez, si me mantengo muchos años en donde estoy, terminaré creando una escultura moderna sobre mi vida casi sin saberlo, y que sólo apreciarán mis hijos con el paso de los años, cuando se encuentren entre sus pensamientos y recuerden, con alegría espero, lo vivido años atrás.

Madame butterfly

Pero dejando de lado la nostalgia, uno de mis temas favoritos sin duda, y volviendo al tema viajes, a pesar de esa tristeza innata que suele recorrernos cuando algo sabemos que va a terminar, uno a veces está deseando que llegue el mágico último día. Sí, ese día de satisfacción casi plena, en el que has hecho todo lo que querías hacer, comido todo lo que querías probar y bebido la cantidad de cervezas mínimas que te propusiste degustar, y posiblemente, en tu lugar favorito del nuevo destino visitado, te encuentres simplemente sentado, observando la gente pasar, a los nuevos viajeros abrir sus enormes mapas y ver su desorientación, apreciando todo esos detalles con una sonrisa y si tienes suerte, junto a la persona que quieres.

25 de abril

Termina el día, vuelves al lugar que ha sido tu casa en esos pocos o muchos días, y dejas esa pequeña porción de recuerdos completamente vacía para que otro visitante la llene con sus experiencias. Después abandonas el sitio, y caminas la calle como si ya fueras del lugar, pasas y miras con cariño ese rincón en el que hace unos días montabas un trípode para hacer una fotografía o ese lugar que te dejó boquiabierto. La decepción nunca ha invadidos los viajes que he hecho, no sé porque espero a veces que eso suceda, pienso que no será como esperaba, pienso incluso que no lo disfrutaré, que no será para tanto, e incluso me cuestiono si es realmente necesario estar ahí.
Lógicamente todo esto sucede en la primera cuenta atrás, en ese momento que cierras los ojos y no consigues dormir porque piensas en ese nuevo viaje que vas a hacer y te sientes tan inseguro que ninguna experiencia anterior puede consolarte.
Lo mejor es que todo siempre sale bien, y lo mejor de todo, es que vuelvo a estar inseguro, nervioso, y ahora, que estoy a punto de irme a dormir, seguro que cerraré los ojos y me pondré a darle vueltas a mil y una situaciones surrealistas que no ocurrirán… o tal vez sí, pero dentro de un contexto totalmente inolvidable.

Obra a flote

Mientras eso ocurra, puedo estar tranquilo.

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Raíces camboyanas

No hay nada más relajante y a la vez estresante para mi que organizar un viaje, o más bien, los días previos al mismo.
Poco importan los meses de preparación leyendo todo tipo de guías e información diversa por internet, sin contar mil y una visitas al siempre eficiente Google Earth, cada vez más inmersivo y delirante, los nervios siempre están ahí y a pesar de tener la experiencia de viajes anteriores siempre tengo una inseguridad que me hace pensar que cuando llegue al lugar no seré ni capaz de salir del aeropuerto… cosa que nunca pasa, aunque a veces soy tan impetuoso que me encuentro dando vueltas sin mucho rumbo hasta que consigo relajarme.
El vuelo de ida es una especie de extraño ritual en el que dormir está completamente vetado, si no me da la sensación de que me estoy perdiendo algo importante del viaje, el mirar a través de la ventanilla al infinito y el disfrutar de ese momento en el más absoluto de los silencios. Muchas veces me ha tocado al lado el típico pasajero parlanchín y durante unas horas me convierto en la persona más esquiva del mundo, aunque como en todo, a veces hay excepciones.
Es un proceso incomprendido, que a mi me reconforta e ilusiona tanto como llegar a mi destino, en el que hago lo que más me gusta… perderme. Para mi no hay mejor sensación viajera que llegar al destino, mirar a todos lados y saber, aunque sea de forma muy leve, que dentro de unas pocas horas recorreré cada rincón con total seguridad y conocimiento.

Ñam ñam

Me gusta estar aquí frente al ordenador y hacer memoria de los muchos momentos que un viaje proporciona e imaginarme recorriendo países y ciudades, saber que si me soltaran en una callejuela de Berlín saldría de ella y que podría llegar perfectamente a mi restaurante favorito de Praga con sólo unos pocos pasos.
Como muchas fotos que a veces te hacen por sorpresa en el destino soñado, que no te muestran a ti en el lugar sino que muestran el lugar en ti, no hay nada como sentirse por unos momentos algo más que un visitante.
Cada viaje tiene muchos objetivos, muchas cosas para ver y disfrutar, pero son los momentos que no esperas del todo los que de verdad disfrutas, los momentos que al fin y al cabo aparecen porque están en ti esperando a salir.
Ahora mismo me recuerdo tarareando a Pink Floyd mientras recorría la East Side Gallery de Berlín haciendo fotos a todo lo que no se movía y a lo que se movía también, a ese mágico día en el que entré en una cervecería de Praga y sentí ver una especie de paraíso, con camareros con 4 o 5 jarras en cada mano y un hábil señor bigotudo tirando cerveza con una destreza que parecía puro arte.
O el primer recuerdo de “pelos de punta” que tengo de ese viaje conjunto a Tailandia y Camboya, un señor que me llevó en ricksaw por toda Ayutthaya y del que jamás podré olvidar su gesto de agradecimiento al despedirme de él. Nunca he recibido un gracias tan sincero y espectacular, con cada músculo del rostro y posición del cuerpo representando pura gratitud.
O llorar frente a Abu Simbel o al ver la sombra de Angkor Wat emergiendo entre los primeros rayos del Sol… es la magia que tiene ese acto llamado viajar, la pena es que no se pueda estar en ese estado siempre.
A pocas semanas del siguiente destino el ritual se repite, borro las tarjetas de memoria y sonrío al revisionar las fotos que se conservan en ellas del viaje anterior. Es curioso pero nada más me acerca al recuerdo de esos días como ver las fotos directamente en la pequeña pantalla de la cámara.
Tal vez porque gran parte del viaje lo veo a través de un objetivo que me acompaña día y noche, pero en realidad los mejores recuerdos no salen en las fotografías, aunque son, eso sí, un excelente apoyo para ayudarte a recordar.

Tras la ventana

Hace mucho tiempo uno iba al cine, casi siempre acompañado de un familiar, y se plantaba delante de la cartelera.
Miraba atentamente los carteles y los grandes nombres de sus protagonistas y decidía, casi sobre la marcha, lo que quería ver.
Curiosamente a día de hoy muchos de esos nombres que elegía con entusiasmo o los evito o ya no están en las carteleras de esa fábrica comercial en la que se ha convertido una sala de cine, lugar de reunión por antonomasia en el que el silencio a veces brilla por su ausencia.
Me hace gracia que en cosas mucho menos interesantes o culturales se exiga un silencio sepulcral, cuando el cine a día de hoy, y tal vez de siempre, ha sido una especie de metáfora oscura sobre la gente que nos rodea.
Pero más allá del cine y de los grandes ratos que me ha hecho pasar, para mi la verdadera revolución de la infancia era el videoclub, mi particular cine casero y base de gran parte de mis gustos cotidianos.
Me resulta a veces curioso que sin tanta información como a día de hoy uno daba con auténticas joyas, a veces por consejos paternos, un cinéfilo tardío al que siempre agradezco y agradeceré su gusto cinematográfico y su amor por el cine de los 70 y 80, y a veces por pura suerte o referencia visual.
A día de hoy siempre recordaré con mucho cariño el primer visionado de Blade Runner, que tras muchos años de búsqueda conseguí encontrar en una horrible edición en VHS que ni respetaba el formato original y en la que la sinopsis brillaba con una carga de spoilers memorable.
Era pequeño, y yo lo que más recuerdo fue terminar la película y rebobinarla para volver a escuchar su final y sus créditos.
No me gustó en exceso, me perdí muchas cosas, pero me dejó un poso interesante que repetí muchas veces en mi mente.
En el colegio hablaba de ella y nadie me hacía demasiado caso.
Seguí alquilando películas, hasta que dejé de hacerlo, me volví un coleccionista semicompulsivo y mi paga semanal iba casi destinada completamente a la recolecta de VHS, para desgracia de mi madre y sonrisa de mi padre.
A día de hoy todo eso se ha perdido un poco, los tiempos cambian y la red es a día de hoy ese videoclub al que iba de pequeño, buscando siempre nuevas joyas o nuevas recomendaciones que me hagan sentir como ese día con Blade Runner.
Creo que dejaré un buen legado y una estantería más que destacable a mi estirpe cuando llegue, pero claro… a lo mejor con los años es uno de esos que monta escándalo en el cine para mi desgracia… la vida es así supongo y tal como decía Roy Batty, es hora de morir.