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Isla de Pascua

De entre todos los animales que pueblan Rapa Nui, quizás los que dan un toque más evocador y tranquilo a cada rincón de la isla sean los caballos. Más allá de la principal población del lugar, los animales salvajes son los verdaderos habitantes de este minúsculo territorio, tan pequeño en tamaño como grande en fascinación arqueológica. Los bucólicos paisajes de la isla tomaban más significado cuando alguno de sus caballos se presentaban en la toma y su siempre inesperada compañía, aportaba algo más de tranquilidad a la inquietante soledad que siempre flotaba en el ambiente.
Un pequeño homenaje a estos majestuosos animales, que recorren con total libertad un territorio con gran tradición ecuestre y en el que recorrer algunos de sus parajes a caballo debe ser de lo más espectacular y recomendable (otra vez será)

Caballos

En el prado

Caballo al Sol

Terreno equino

Pequeño

Blanco

Caballito protegido

Pequeño caballo

Caballo único

El rey de la pradera

En la carretera

Tranquilidad

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En el norte, se encuentra uno de los lugares más curiosos y simbólicos de Rapa Nui, Te Pito Kura, el ombligo de la luz.
Muy cerca se haya el gigantesco Paro, de 11 metros de longitud, el moai transportado y erigido sobre un ahu más grande de la isla, aunque a día de hoy se encuentra caído.

Caballos y Te Pito Kura

Dormido para la eternidad

No deja de ser sorprendente pensar en Rano Raraku y descubrir como los moai semienterrados en las faldas del volcán, tienen un tamaño similar a este gigante, dejando en la famosa cantera una estampa de que lo que se ve es sólo la punta del iceberg, o adaptado a la isla, sólo la cabeza del moai.

Enorme

Estas cinco piedras apuntando a los puntos cardinales tienen, según la leyenda, un significado netamente simbólico, ya que se dice que fueron traídas por el rey Hotu Matua para marcar el ombligo del mundo.
Un lugar bastante mágico pese a su simplicidad, ya que las piedras son magnéticas y son famosas entre otras cosas por despistar la orientación de las brújulas. Su textura, erosionada y a la vez limada por el paso del tiempo y por los miles de visitantes que han puesto sus manos sobre ella, se puede decir que es adictiva, y no deja de ser gracioso descubrir como al cabo de un buen rato, has permanecido alrededor de 5 piedras una considerable cantidad de tiempo. ¡Cosas de Rapa Nui!

El ombligo del mundo

Piedra magnética

El ombligo

Escondido y muy próximo al mar, Te Pito Kura es un lugar que enlaza con la fascinante península de Poike y con la pequeña cala de Ovahe, una playa escondida entre las paredes volcánicas de la isla y que tiene una imagen aún más tranquila que la célebre playa de Anakena, aunque eso es otra historia.
Uno de los lugares más apartados de esta apartada isla, y en el que te llegas a sentir a veces más un intruso que un visitante, con los caballos mirándote con cara de pocos amigos y con el sonido de un pájaro que no conseguí nunca identificar y que tenía un silbido más propio de un saludo de barrio que a la de un ave Rapa Nui, haciéndote girar constantemente la cabeza pensando que alguien te estaba llamando desde algún punto cercano.

Pequeño

La fotografía nocturna es especial, nada como esperar a que llegue la noche para que sus colores invadan durante unos segundos más de lo habitual el sensor de tu cámara.
La noche hace que los colores cobren vida, que las luces se conviertan en brillantes halos y que las personas, mucho menos numerosas que cuando es de día, se transformen en fantasmas al desfilar delante del objetivo.
La Isla de Pascua carece de una iluminación artificial espectacular, pero cuando el Sol se perdía por el horizonte aparecía una luz mucho más espectacular, la luz de las estrellas, que convertía cada noche sin nubes en un espectáculo de auténtico planetario.

Galaxia Tahai

Las ya de por sí solitarias visitas por Rapa Nui se convertían en la oscuridad en paseos totalmente alejados de la civilización, con la única compañía de los moai, que se convertían en meras siluetas con un fondo de estrellas, y los caballos de la zona.
Un clímax espectacular que alcanzaba su punto álgido al poder verse de forma clara la vía láctea atravesando de lado a lado el firmamento.
Un momento especialmente recordado y que casi acaba conmigo, pues en mi ensimismamiento al mirar al cielo en la más absoluta oscuridad, me comí casi literalmente un rosal que atravesó mis vaqueros como mantequilla y que me dejó un recuerdo de risas, sangre y estrellas.
Aunque no hace falta irse tan lejos para ver con tanta claridad el cielo nocturno, lo cierto es que seguir con la mirada la posición de los moai, hace que su nombre de “ojos que miran al cielo”, se convierta en una experiencia imborrable, más aún que cuando el día los ilumina de verdad.
Las noches negras de la ciudad en mi imaginación ya no son tan oscuras.

Perfil de las estrellas

Una de los lugares más mágicos y sorprendentes de Rapa Nui es el Ahu Vinapu, un altar aparentemente como el resto que bordea la costa, con sus moai derribados y algún que otro pukao en los alrededores. Pero la gran diferencia radica en la estructura de su plataforma, que posee un acabado similar al de las construcciones incas que pueden verse en Perú, más concretamente en Cuzco.
La visión de los bloques perfectamente cortados y ensamblados no deja de ser sorprendente, ya que el resto de ahu de la isla a pesar de estar profusamente elaborados, carecen de esta particularidad, que enlaza directamente a dos culturas muy diferentes en un mismo punto.
¿Una posible visita incaica a Rapa Nui?, es posible, muchas teorías alaban esta pregunta, pero la carencia de una respuesta más o menos concreta es lo que da aire y vida a la Isla de Pascua, la absoluta certeza de que todo tiene una explicación sin saber muy bien cual es.

Moai de Vinapu

Vinapu

Perfecto

Vinapu es una gran toma de contacto para iniciar un recorrido por toda la ruta este de la isla y también para apreciar la gran diferencia entre este apartado lugar cercano a Orongo y la mampostería del resto de plataformas ceremoniales.
Un lugar que aporta un poco más de misterio al ya de por sí misterioso entorno, y que la igual que otras muchas construcciones de la antigüedad, posee esa evocadora perfección en el corte de sus pesadas piedras, haciéndote imaginar todo tipo de teorías, todo tipo de escenarios de trabajo y también haciéndote ver que de nuevo has olvidado un folio para hacer la típica prueba egipcia de que la unión entre las piedras es tan perfecta que no cabe ni una lámina de papel.

Vaihú

Tragado por la tierra

Mientras las olas del océano rompen agresivamente cerca de Vinapu, los moai que yacen esparcidos por los alrededores muestran evidentes símbolos de erosión, con sus facciones ya casi perdidas, víctimas del incesante viento que constantemente arrasa la zona. El caso más grave sea quizás el de la también sorprendente figura de un moai con rasgos corporales femeninos, de los pocos que hay en la isla, y que presenta un estado de conservación que invita demasiado a la imaginación para ser apreciado.
Por suerte, en el Museo Sebastián Englert puede verse una figura similar con mejor aspecto.
Plataformas ceremoniales construidas para levantar gigantes de piedra en ellas, figuras de pronunciados perfiles e incipientes barrigas, de finos brazos y largos dedos, que aunque yacen caídos y con sus cuencas orbitales vacías, parecen seguir mirando de reojo la lejanía que una vez protegieron con su mirada de coral y roca.

Derrumbado

La aldea ceremonial de Orongo es sin ninguna duda el entorno natural más impresionante de toda la isla.
El cráter extinto que corona este lugar, es el principal reclamo y verlo por vez primera es simplemente sorprendente, creando uno de los entornos más adictivos de Rapa Nui, pues su aspecto varía muchísimo según la luz que lo envuelve, haciendo surgir nuevos colores y reflejos en la tranquila agua de su laguna y provocando querer estar frente a él en el mejor momento posible para poder apreciarlo como se merece.
Rano Kau, es una enorme circunferencia de 1,5 kilómetros de diámetro que aloja en su interior una gran cantidad de flora nativa y de “islas” de totora, una especie de juncos que al unirse parecen formar un Mapa Mundi alternativo en el volcán.

Rano de cerca

Borde del volcán

Pero la parte más sorprendente de Orongo y que ensalza aún más el lugar en el que se encuentra, es su aldea, un conjunto de casas elípticas que tienen en sus estrechas entradas un conjunto de fascinantes historias sobre el ceremonia del Tangata Manu, hombre pájaro, y de la épica carrera hasta el huevo del Manutara.
Recorrer Orongo es alejarse un poco más del mundo y entrar en la particular cultura de la isla, con el conjunto más numeroso y mejor conservado de petroglifos del lugar, un legado escrito en la piedra que narra de manera eventual y simbólica el sacrificio que era necesario para reinar en la isla durante un año.
Desde el borde del cráter se pueden admirar los fotógenicos islotes de Motu Kau Kau, Motu Iti y Motu Nui, el lugar donde se encontraba el primer huevo de la anidación del Manutara, principal protagonista de una ceremonia que vista desde lo más alto de la aldea parece un auténtico suicidio, ya que cuesta mucho imaginar como los elegidos descendían la verticalidad del volcán hasta llegar al mar, nadaban hasta los islotes y volvían escalar Rano Kau hasta la aldea.
Un ritual que marcó el principio del fin de los habitantes de la isla, coincidiendo con la catastrófica llegada de los primeros navíos del exterior.

Kari Kari

Orongo

Rano

Petroglifos

Durante mucho tiempo me imaginé a Orongo de una manera bastante espectacular y una vez allí me di cuenta de que me había quedado muy corto, primero por su enorme tamaño y su complejísimo entramado de viviendas de aparente simpleza pero estructural magia, y el misterio que desprenden sus petroglifos cada vez más erosionados de dioses y figuras humanas con cabeza de pájaro.
Un lugar a día de hoy bastante protegido, pero que en su día albergó muchos más tesoros, como el moai que hoy se exhibe en el British Museum y que cuenta con uno de los trabajos de tallado más importantes y bellos jamás realizados en la espalda de uno de estos gigantes de piedra.
Orongo completó el círculo creado hace unos años en Londres delante de ese mismo moai, que me hacía imaginar como sería la Isla de Pascua y que sirvió además de pequeño prólogo de viaje.
Esa fotografía del 2007 tiene ahora mismo para mi un significado completamente diferente, más unida a un recuerdo ya vivido que a un recuerdo por vivir y que acentúa un poco más la extraña sensación de tristeza con la que abandoné la isla y que a día de hoy sopeso entre fotografías, este blog y el pensamiento de que algún día, tal vez muy lejano, volveré a caminar entre los moai.

Motu Ini