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Viajes

Moai en Londres

En pocas horas partiré hacia un lugar muy lejano pero ubicado en esta galaxia, a una pequeña isla en el Pacífico que recorreré con devoción y que a pesar de su inminente presencia sigo sintiendo enormemente inalcanzable. Supongo que me hará gracia leer esto dentro de unos días y recordar el mar de papeles, mapas y libros del lugar que me rodean en este momento y el vacío que tendrá este mismo punto cuando vuelva. Este caos será reemplazado por otro muy diferente y mucho más enriquecedor, la experiencia.
Espero que también multitud de relatos, curiosidades y vivencias acompañen este blog en los días posteriores y que las fotografías logren transmitir continuamente algo más que una imagen.
En la memoria me queda el único moai que he visto hasta hoy, el celosamente ubicado en el British Museum de Londres, una imagen borrosa en el tiempo que me agrada recordar hoy por la lejanía de ese momento y el pensamiento de que algún día iría al ombligo del mundo.
Ese día, por fin, ha llegado.

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Antes de cada nuevo viaje te pones a recordar un poco los anteriores, como intentando rememorar lo que aprendiste en ellos para que todo sea mucho más fácil en el nuevo. Lo cierto, es que una vez estás en el nuevo destino el propio lugar te invita a tomarte todo desde cero, consiguiendo en poco tiempo que lo más difícil no sea recorrerlo, sino abandonarlo. No soy de los que están deseando volver a casa, todo lo contrario, casi desde el primer día un halo de tristeza me recorre, porque todo lo nuevo que estoy viendo me gusta, me gusta demasiado y tal vez sea demasiado consciente de que mi paso por ese lugar es tan efímero que prácticamente vivo los viajes como dos cuentas atrás, la primera, los agónicos días antes de coger el avión, hasta cierto punto llevaderos porque se entremezclan con lo cotidiano, pero que a medida que llegan a su fecha límite se convierten en una especie de nervios que aparecen casi siempre al intentar conciliar el sueño, un sueño, que cuando por fin aparece, te teletransporta unas cuantas horas hacia delante para que la espera ya sea un poco más corta que el día anterior. La segunda, una vez estás en el destino y todo lo que has mirado durante días, meses e incluso años va desfilando delante de ti como si tal cosa y las horas, que pensabas que iban a ser largas y prósperas, son cortas y todavía más prósperas de lo que imaginabas.
Tanto en el avión como en el destino, no dejas de ser un pasajero.

Ramas al Sol

La sensación positiva no obstante, eclipsa prácticamente en su totalidad lo negativo, y siempre hay momentos, que he vivido sobre todo en Asia, en los que te sientes partícipe de algo, te sientes que eres capaz de hacer sonreír a alguien por un acto que hagas y no una cosa que digas, algo tan simple como hacer la típica fotografía de la flor y la mariposa en primerísimo plano puede ser todo un acontecimiento, y cuando eso ocurre dejas de ser alguien que está de paso, pasas a ser parte del lugar, y esa instantánea tan típica que has tomado, se vuelve una especie de panorámica que sólo tú puedes recordar al verla. De repente, una foto reciente se convierte en algo tan denso como esas fotografías de la infancia que se amontonan unas sobre otras en densos cajones llenos de papeles, chinchetas y objetos que uno consideraba perdidos.
Diciendo esto, me es inevitable recordar con nostalgia que las pocas cosas que echo de menos de mi primera casa, ese hogar en el que crecí, es ese cúmulo de recuerdos materiales amontonados y casi abandonados en cualquier rincón, envejeciendo con el tiempo, como pasando de una generación a otra casi sin quererlo.
Tal vez, si me mantengo muchos años en donde estoy, terminaré creando una escultura moderna sobre mi vida casi sin saberlo, y que sólo apreciarán mis hijos con el paso de los años, cuando se encuentren entre sus pensamientos y recuerden, con alegría espero, lo vivido años atrás.

Madame butterfly

Pero dejando de lado la nostalgia, uno de mis temas favoritos sin duda, y volviendo al tema viajes, a pesar de esa tristeza innata que suele recorrernos cuando algo sabemos que va a terminar, uno a veces está deseando que llegue el mágico último día. Sí, ese día de satisfacción casi plena, en el que has hecho todo lo que querías hacer, comido todo lo que querías probar y bebido la cantidad de cervezas mínimas que te propusiste degustar, y posiblemente, en tu lugar favorito del nuevo destino visitado, te encuentres simplemente sentado, observando la gente pasar, a los nuevos viajeros abrir sus enormes mapas y ver su desorientación, apreciando todo esos detalles con una sonrisa y si tienes suerte, junto a la persona que quieres.

25 de abril

Termina el día, vuelves al lugar que ha sido tu casa en esos pocos o muchos días, y dejas esa pequeña porción de recuerdos completamente vacía para que otro visitante la llene con sus experiencias. Después abandonas el sitio, y caminas la calle como si ya fueras del lugar, pasas y miras con cariño ese rincón en el que hace unos días montabas un trípode para hacer una fotografía o ese lugar que te dejó boquiabierto. La decepción nunca ha invadidos los viajes que he hecho, no sé porque espero a veces que eso suceda, pienso que no será como esperaba, pienso incluso que no lo disfrutaré, que no será para tanto, e incluso me cuestiono si es realmente necesario estar ahí.
Lógicamente todo esto sucede en la primera cuenta atrás, en ese momento que cierras los ojos y no consigues dormir porque piensas en ese nuevo viaje que vas a hacer y te sientes tan inseguro que ninguna experiencia anterior puede consolarte.
Lo mejor es que todo siempre sale bien, y lo mejor de todo, es que vuelvo a estar inseguro, nervioso, y ahora, que estoy a punto de irme a dormir, seguro que cerraré los ojos y me pondré a darle vueltas a mil y una situaciones surrealistas que no ocurrirán… o tal vez sí, pero dentro de un contexto totalmente inolvidable.

Obra a flote

Mientras eso ocurra, puedo estar tranquilo.

Si en Escocia pides una Coca Cola, lo más probable es que te miren un poco extrañados, Irn Bru es la bebida estrella del lugar.
Escocia es de los pocos lugares del mundo que tiene una bebida por encima de la Coke, y como no podría ser de otra forma, es un refresco muy particular.
Irn Bru es una bebida dulce de color naranja prácticamente fluorescente que es lo más parecido a beberse un chicle de frutas, un sabor que a mi me produjo cierta nostalgia al probarlo, teletransportándome a un momento no muy claro de mi infancia cada vez que tomaba un sorbo.
Un más que curioso refresco, que en un principio a lo mejor puede producir cierto rechazo por su cantidad extrema de azúcar y por la sensación “cartilaginosa” que deja en los dientes, pero que poco a poco va sustituyendo de tu sangre la Coca Cola, Pepsi o similares y te va convirtiendo paulatinamente y sin que te des cuenta, en un auténtico escocés.
Además se dice que tiene propiedades reconstituyentes en caso de resaca… ¿será por eso que es la más vendida?
Sea lo que sea, nada mejor que un refrescante vaso de Irn Bru, para bajar la suculenta comida del lugar, especialmente los nutritivos haggis, una deliciosa mezcla de pulmones, corazón e hígado de cordero que está francamente bueno.

Irn Bru

En unos días cogeré un (unos) largo vuelo hacia uno de los lugares que más me han atraído desde que tengo memoria selectiva, la Isla de Pascua.
Como otras muchas cosas que conozco hoy, el lugar me llamó la atención desde mi infancia gracias a un videojuego, un juego de Game Boy llamado Nemesis (que sería realmente parte de la saga Gradius de Konami), que era el clásico matamarcianos de scroll horizontal plagado de enemigos por todas partes y en el que curiosamente algunos de los enemigos eran unas caras de piedra de pronunciado perfil que arrojaban bolas de fuego por su boca… moais.

Posteriormente llegaría el momento de descubrir, a veces de forma meramente accidental como muchos grandes descubrimientos de aquellos años, que las estatuas que tanto me costaba destruir dando al botón de la monocrómatica Game Boy en realidad existían, que se ubicaban en una remota isla anclada en medio del Pacífico y que su significado era toda una incógnita, así como su transporte, auténticas moles esculpidas en la cantera de Rano Raraku y ubicadas y diseminadas por toda la costa sin aparente explicación sobre cómo habían podido moverse, erguirse y colocarse sobre sus altares, los ahu.

Un lugar fascinante, que siempre me he imaginado como una especie de nave espacial estrellada en el océano, con sus tres volcanes extintos como símbolo inequívoco de sus propulsores ya inservibles y con los moais guardando en silencio su secreto para que nunca se descubra.
A día de hoy se saben muchas más cosas acerca de este particular sitio, como que sus antiguos habitantes terminaron con todos sus recursos y fueron pereciendo ya fuera por falta de alimentos, por disputas tribales o por la invasión de los navegantes del otro mundo.

La isla es una especie de metáfora sobre nuestra propia vida y el camino que el ser humano parece destinado a alcanzar, agotar el material útil, matarse los unos a los otros para subsistir, invadir o ser invadidos y después dejar una huella que puede llegar a verse o no, depende de quien sea el siguiente que pueble este planeta plagado de maravillas que una vez alguien como nosotros hizo con sólo la inspiración de mirar a las estrellas.

Como muchos lugares del mundo, las explicaciones dan lugar a más preguntas.

Suelen estar por todas partes y siempre es una gozada fotografiarlas, las diferentes estatuas y esculturas que pueblan una ciudad son uno de sus signos de identidad más distintivos y en muchas ocasiones, una de las verdaderas razones para visitar un lugar en concreto para ser testigo directo de esa figura que llevas viendo tantos años en libros y por internet.

Musa

Praça do Comercio

Museo Gulbenkian

Jinete de los cielos

Mirando a Spui

Perfil soleado

Multatuli

Rembrandt

Tapada

Anna Frank y Westerkerk

Pose

Palacio Lucerna

Fantasma

Pesar

Jinete

Jardín de los franciscanos

Dragones y mazmorras

Rostros perdidos

Raíces camboyanas

No hay nada más relajante y a la vez estresante para mi que organizar un viaje, o más bien, los días previos al mismo.
Poco importan los meses de preparación leyendo todo tipo de guías e información diversa por internet, sin contar mil y una visitas al siempre eficiente Google Earth, cada vez más inmersivo y delirante, los nervios siempre están ahí y a pesar de tener la experiencia de viajes anteriores siempre tengo una inseguridad que me hace pensar que cuando llegue al lugar no seré ni capaz de salir del aeropuerto… cosa que nunca pasa, aunque a veces soy tan impetuoso que me encuentro dando vueltas sin mucho rumbo hasta que consigo relajarme.
El vuelo de ida es una especie de extraño ritual en el que dormir está completamente vetado, si no me da la sensación de que me estoy perdiendo algo importante del viaje, el mirar a través de la ventanilla al infinito y el disfrutar de ese momento en el más absoluto de los silencios. Muchas veces me ha tocado al lado el típico pasajero parlanchín y durante unas horas me convierto en la persona más esquiva del mundo, aunque como en todo, a veces hay excepciones.
Es un proceso incomprendido, que a mi me reconforta e ilusiona tanto como llegar a mi destino, en el que hago lo que más me gusta… perderme. Para mi no hay mejor sensación viajera que llegar al destino, mirar a todos lados y saber, aunque sea de forma muy leve, que dentro de unas pocas horas recorreré cada rincón con total seguridad y conocimiento.

Ñam ñam

Me gusta estar aquí frente al ordenador y hacer memoria de los muchos momentos que un viaje proporciona e imaginarme recorriendo países y ciudades, saber que si me soltaran en una callejuela de Berlín saldría de ella y que podría llegar perfectamente a mi restaurante favorito de Praga con sólo unos pocos pasos.
Como muchas fotos que a veces te hacen por sorpresa en el destino soñado, que no te muestran a ti en el lugar sino que muestran el lugar en ti, no hay nada como sentirse por unos momentos algo más que un visitante.
Cada viaje tiene muchos objetivos, muchas cosas para ver y disfrutar, pero son los momentos que no esperas del todo los que de verdad disfrutas, los momentos que al fin y al cabo aparecen porque están en ti esperando a salir.
Ahora mismo me recuerdo tarareando a Pink Floyd mientras recorría la East Side Gallery de Berlín haciendo fotos a todo lo que no se movía y a lo que se movía también, a ese mágico día en el que entré en una cervecería de Praga y sentí ver una especie de paraíso, con camareros con 4 o 5 jarras en cada mano y un hábil señor bigotudo tirando cerveza con una destreza que parecía puro arte.
O el primer recuerdo de “pelos de punta” que tengo de ese viaje conjunto a Tailandia y Camboya, un señor que me llevó en ricksaw por toda Ayutthaya y del que jamás podré olvidar su gesto de agradecimiento al despedirme de él. Nunca he recibido un gracias tan sincero y espectacular, con cada músculo del rostro y posición del cuerpo representando pura gratitud.
O llorar frente a Abu Simbel o al ver la sombra de Angkor Wat emergiendo entre los primeros rayos del Sol… es la magia que tiene ese acto llamado viajar, la pena es que no se pueda estar en ese estado siempre.
A pocas semanas del siguiente destino el ritual se repite, borro las tarjetas de memoria y sonrío al revisionar las fotos que se conservan en ellas del viaje anterior. Es curioso pero nada más me acerca al recuerdo de esos días como ver las fotos directamente en la pequeña pantalla de la cámara.
Tal vez porque gran parte del viaje lo veo a través de un objetivo que me acompaña día y noche, pero en realidad los mejores recuerdos no salen en las fotografías, aunque son, eso sí, un excelente apoyo para ayudarte a recordar.

Tras la ventana

En el mundo hay muchos lugares asociados a grandes desgracias, y todas ellas han dejado solitarios emplazamientos que transmiten muchas sensaciones, tal vez porque al recorrerlos uno es más o menos consciente de lo que sus paredes albergaron hace muchos o pocos años.
Simplemente sobrecoge el poder que poseen estos lugares casi fantasmales, yo los suelo recorrer en silencio, mucho silencio, intentando captar lo terrible pero a la vez sin querer hacerlo.
Son muchas veces las veces que un escalofrío ha recorrido mi cuerpo al ver algo en particular, pero lo más aterrador no sólo es ver, es saber lo que el ser humano es capaz de hacer cuando se pierde la cordura… o el sentido común.

Tristeza
Tuol Sleng
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Terrible
Rostros

The Wall
Silent Hill
Grass
Tristes hornos
Pasillo
Macht Frei