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Videojuegos

Si hubiera que elegir un videojuego más o menos reciente que reuniera todos los factores que dan significado y hacen grande a la nostalgia, ese sin duda sería Final Fantasy VII.
Desarrollado por la mítica Square para la primera Playstation de Sony, crearía una nueva vertiente dentro de la casi siempre sobresaliente creación de la compañía japonesa, acostumbrada a sembrar éxitos en sus míticos títulos para las consolas de Nintendo.
Pero la historia de Final Fantasy VII pese a ser larga y casi tan inolvidable como el propio videojuego (de ser un proyecto inicial para Nintendo pasó a manos de una consola totalmente desconocida creada por una compañía totalmente novata en la materia, Sony, cuyo proyecto de Playstation fue previamente presentado a Shigeru Miyamoto y descartado por la inclusión del CD como nuevo formato físico, uno de los pocos, pero siempre sonados errores que Nintendo ha cometido en su historia)
La saga Final Fantasy, siempre se ha caracterizado por aunar enormes historias y largas horas de delicia jugable (quizás hoy en día no tanto), pero la revolución que supuso esta entrega marcó un antes y un después en la historia de los videojuegos. Si bien no es mi Final Fantasy favorito, el siempre incomprendido VIII tiene esa corona para mi, sí es cierto que el carisma que consiguió Square en sus míticos personajes no ha tenido jamás igual en las sucesivas entregas.
Los píxeles dejaban paso a los entornos poligonales tridimensionales, y la moda de los gráficos prerrenderizados quizás originada por la fastuosa Rare y posteriormente mimetizada con el polígono por Capcom en sus Resident Evil, creó uno de los entornos visuales más brillantes y conceptualmente sobresalientes de la historia, con bellísimos escenarios de exquisito detalle que eran recorridos por figuras estilo “super deformed” de escasos polígonos pero encantadora expresividad, sólo ampliada poligonalmente en los inolvidables (y también a veces tediosos) enfrentamientos con los enemigos del juego.

De hecho, posiblemente uno de los mayores reclamos a día de hoy de que se haga un remake de este título sea precisamente su aspecto gráfico, porque seguramente todos los que lo hemos jugado dudosamente echemos en falta otra cosa que no sea esa. Lo cierto es que un remake del mismo se antojaría innecesario, pero por otra parte recorrer Midgar con la capacidad gráfica de las videoconsolas de hoy en día rozaría la perfecta unión entre el recuerdo nostálgico y el presente, pues todos los juegos del pasado en nuestras memorias son recordados con tintes ciertamente idealistas, y al igual que muchas series de nuestra infancia, que en nuestros primeros años veíamos con devoción y a día de hoy nos producen una sonrojante sensación de deja vu por las imágenenes y contenidos de las mismas, el tiempo no las ha perdonado, y aunque en mi memoria Cloud, el protagonista de este magnífico Final Fantasy VII recorría el enorme mapeado con una fluidez sobrecogedora, lo cierto es que visto a día de hoy mi querido y perfectamente formado Cloud son básicamente “6 polígonos” de color amarillo y morado.
Final Fantasy VII está por encima del tiempo y del espacio, y su capacidad para mover montañas de recuerdos en nuestros pensamientos esconden cualquier defecto con una rotundidad aplastante.
Pero Final Fantasy VII a pesar de tener una de las historias más trágicas de la saga y un elenco de secundarios capaz de hacernos sonreír y llorar, tenía otra gran clave, un elemento ganador y posiblemente el mejor villano jamás creado en la historia de este medio, Sephiroth.
Esta especie de Roy Batty vengativo era, es y será un personaje magistral, que en su inolvidable lucha por descubrir su identidad arrasaría con pueblos y mataría a nuestro más preciado tesoro lúdico sin desmoronar en absoluto su impactante presencia.

Muchos son los momentos que hacen recordar con cariño este videojuego, muchas fueron las tardes y noches a su lado, leyendo sus textos y ampliando hechizos uniendo materias, buscando chocobos de colores para apostar con ellos en Gold Saucer, pero si hay que elegir un momento en especial, es sin duda… sí, lo habéis adivinado, la muerte de Aerith a manos de Sephiroth, una hecho tan célebre en el mundo del videojuego como el Rosebud de Orson Welles en Ciudadano Kane. Una imagen que sobrecogió a toda una generación, una secuencia narrativa soberbia que supondría la madurez definitiva de los videojuegos, el paso definitivo a obra de entretenimiento a obra de arte.

Desde su impagable comienzo, con la presentación de la mítica ciudad de Midgar, sus sectores, y el paulatino acercamiento a sus personajes principales, Barret y Tifa, hasta su épica y a la vez anticlimática conclusión, el séptimo título de la eterna saga de Square, a día de hoy Square Enix, a priori fructífera unión entre los dos gigantes del J-RPG pero que aún no ha dado los resultados del todo esperados por los más acérrimos seguidores de la novelesca historia, unificó algunos de los nombres más míticos de la historia lúdica.
El diseñador y creador de la serie, Hironobu Sakaguchi y el compositor Nobuo Uematsu (uno de los más grandes músicos que ha dado este entretenimiento), forjaron bajo el calor de sus ordenadores 3 CD’s irrepetibles, en los que la historia de un joven soldado y su unión al grupo ecoterrorista Avalancha para detener las ansias de poder de la corporación Shinra, se convertiría en una de las mejores pátinas de recuerdos jamás creada.
Las melodías de Nobuo Uematsu merecen un post aparte, sólo recordar algunas de sus aportaciones más míticas, como la de la intro, los títulos de créditos o el hipnotizante tema de Cosmo Canyon, provoca una sucesión de pequeños flashbacks que se van amontonando en la memoria.

La relación de Cloud y Tifa (auténtico mito femenino en los videojuegos), una de las más fácilmente reconocibles y fascinantes de la historia de Final Fantasy, el amor entre dos amigos de la infancia destinados a reencontrarse en la peor de las oportunidades, brindó secuencias memorables como su promesa bajo el cielo de Nibelheilm, los recuerdos destructurados al acceder al reactor Mako para liberar a JENOVA, la madre de Sephiroth (que a su vez brinda para mi el momento más impresionante del juego y otra de sus secuencias más emblemáticas, en las que un destrozado psicológicamente Sephiroth pasa días y días encerrado en la biblioteca-laboratorio de su aparente pueblo natal buscando respuestas entre la multitud de libros y recuerdos que van variando su significado por la dudosa veracidad de su origen).
Sephiroth, al saber la verdad y declarar que va a buscar a su madre (una imagen inolvidable, en el que la música de Uematsu se alza hiriente después de minutos y minutos de ligera suite), desata su furia destrozando Nibelheilm, caminando entre las llamas de su dolor y de su venganza y dándole la espalda a la nostalgia épica de su infancia.
Una joya imperecedera, que consagró en aquella generación las FMV, a cada cual más espectacular, y que desarrolló una historia que por ambición y capacidad para hacernos soñar, se ha mantenido intacta hasta nuestros días, con los recuerdos de Tifa, Barret, Red XIII y compañía tan latentes y brillantes como la Masamune de Sephiroth…

Un videojuego que merece más que estos pocos párrafos, y que espero que sólo sirvan como una ligerísima introducción a todo lo que se puede contar sobre él.

Las aventuras gráficas son en mayor o menor parte, el motor que marcó a toda una generación de jóvenes aficionados a los videojuegos, especialmente los poseedores de ordenadores personales. Para este tipo de plataformas apareció a lo largo de los años un género que aunque a día de hoy está algo olvidado, supuso una revolución por su capacidad para sentirnos parte de algo con vida propia a pesar de su aparentemente frío marco digital.
Muchos años después de clásicos como “Monkey Island” el sector había cambiado, el encanto de los píxeles fue sucumbiendo poco a poco en favor de los gráficos poligonales, que aportaban eso sí, una profundidad y unos entornos nunca vistos y empezaban a dar muestra de su poderío especialmente al unificarse con entornos prerrenderizados.
Grim Fandango cogió el género, se unió a la nueva ola y el resultado fue no sólo sorprendente, sino simplemente magistral.

Desarrollado por la mítica LucasArts y diseñado por el aún más mítico Tim Schafer, creador de “Full Throttle” y “Day of the Tentacle”, el juego es a día de hoy un clásico indiscutible del género y posiblemente uno de sus más aclamados valedores, apoyado sin duda por una historia magistral y unos personajes que cogían lo mejor del cine negro de los años 40.
Con una ambientación sacada de la celebración mexicana del día de los muertos y ambientado sobre escenarios que rozan el surrealismo, el art decó y el diseño azteca, Grim Fandango nos cuenta la historia de Manuel Calavera, un agente de viajes del otro lado que intenta ganarse su pase al cielo vendiendo paquetes de “vacaciones” a sus clientes, asegurándoles un viaje tranquilo y sereno hacia su eterno descanso a la tierra de los muertos. Pero el bueno de Manny no consigue tener clientes de categoría y no sólo vende paquetes lamentables, sino que ve como su mayor enemigo en la empresa, Domino, consigue los mejores clientes apenas sin esfuerzo. Manny, cansado de la situación decide robarle a Domino uno de sus clientes más destacables, Mercedes Colomar, que posee nada más y nada menos un billete para el Número 9, el tren de alta velocidad que va directo al Noveno Infierno, la tierra del descanso eterno sin escalas ni contratiempos.

Bajo esa original base, la temática del juego se bifurcaba en constantes giros y sorpresas a cada cual más delirante, con la siempre compañía del gigante e inolvidable Glottis y con un sentido del humor muy especial, que no sólo te hacía sonreír sino también sentir auténtica devoción por los personajes, sacados casi directamente de una versión esquelética de “Casablanca” y con momentos de más que sentido homenaje hacia la película de Michael Curtiz.
Una aventura que a día de hoy recuerdo prácticamente más como una película que como un videojuego, una obra maestra del género que dejó huella en toda una generación y que destilaba cariño y buen hacer en cada uno de sus momentos.
Una obra de arte que hay que revisitar de vez en cuando y que hay que vivir al menos una vez en la vida.

¡Viva la Revolución!

Muchos de los que están más cerca de la treintena crecieron en su mayor parte con una revolución llamada videojuegos.
Primero en ordenadores como Amiga, Amstrad, Spectrum, Commodore… y posteriormente en forma de consolas portátiles como Game Boy.
Pero fueron las consolas de sobremesa, junto con el PC, las que empezaron a crear mucho más que simples entretenimientos.
Mi infancia la asocio rápidamente a dos juegos, “Monkey Island” y “Sonic”, anteriormente a ellos estuvo la inolvidable Master System II y su Alex Kidd, pero fue con la Megadrive cuando el mercado sufrió un vuelco en esta materia y empezó a crear auténticas joyas.

Sonic sin duda fue una de ellas, un juego al que tengo enorme cariño y que siempre está ahí, en forma de tarareos, comentarios, recuerdos y anécdotas.
El primer juego del erizo azul es todo un clásico imperecedero, su primera fase, “Green Hill Zone” con su inolvidable melodía, seguramente sea uno los comienzo más repetidamente jugados de la historia del videojuego.

Un juego que a día de hoy es muy sencillo, pero que sigue manteniendo el encanto que sólo las obras maestras saben mantener.
El sector ha cambiado mucho en todos estos años, los nostálgicos dicen que ya no es lo que era a pesar de que siguen saliendo auténticas joyas, aunque mucho más a cuentagotas eso sí. Quizá simplemente sea que nos hemos hecho mayores, antes un videojuego era algo muy especial, mirabas su portada, quitabas el plástico con prisas y si lo comprabas lejos de tu casa el camino hasta ella se te hacía interminable por las ganas que tenías de jugarlo. A día de hoy eso no lo siento, no porque me haya desentendido del sector, al que sigo todavía con un marcaje más o menos severo, pero sin duda todo cambia y el encanto “artesanal” que tenía juegos como Sonic es muy difícil de encontrar a día de hoy.
Sí… me debo estar haciendo viejo.

Pero volvamos a la mascota de SEGA, la mítica compañía que fue la primera en caer en el sector hace unos años debido a los continuados fracasos de sus nuevas (y extraordinarias) consolas, muy adelantadas a su época y que perecieron al dominio de la Playstation.
“Sonic the Hedgehog” fue el buque insginia de la inolvidable Megadrive, consola que venía acompañada de un tal “Altered Beast”, otra auténtica fábrica de buenos recuerdos.
Mi odisea para conseguir el primer juego del erizo fue terrible, lo que más me decían era que estaba agotado, que no se podía adquirir sin la consola (posteriormente juego y consola venían en un mismo pack)
Me llegué a dar por vencido, muchos amigos sólo hablaban de los loopings, de una fase muy chunga de un laberinto bajo el agua y de un tal Doctor Robotnik, hasta que por fin un día, uno de esos amigos se aburrió de él y me lo revendió por 2.000 pesetas creo recordar…
Lo saqué de la caja, soplé el cartucho (todo un clásico que nunca se sabrá muy bien si funcionaba o no), y el resto es historia.

Seguro que muchos hace siglos que no lo juegan, pero con un solo pantallazo vendrán cientos de recuerdos. El “archienemigo” de Mario por aquel entonces corría con sus zapatillas rojas por estas inolvidables fases:

“GREEN HILL ZONE”

“MARBLE ZONE”

“SPRING YARD ZONE”

“LABYRINTH ZONE”

“STAR LIGHT ZONE”

“SCRAP BRAIN ZONE”

¡Larga vida al erizo azul!