Hacía tiempo que Spielberg no volvía, o al menos, el Spielberg que más echaba de menos. Cierto que nos ha dejado recientemente Tintín e Indy IV, pero ambos films, especialmente el protagonizado por Harrison Ford, me dejaron con un poso de decepción que todavía está algo latente. Tal vez fuera lo que esperaba de ellos, pues el mejor Spielberg comenzó para mi con esa enorme e incomprendida película llamada “Inteligencia Artificial”, ese mastodóntico proyecto con alma de Kubrick. El director encadenó tras este film de culto una serie de proyectos prodigiosos, logrando una altísima calidad en prácticamente todos ellos (a excepción de la más convencional pero tampoco desechable “La terminal”), tanto en el terreno visual, como el narrativo, convirtiendo su virtuosismo tras las cámaras en una perfecta unión entre la historia y la técnica, un logro especialmente presente en la soberbia “Munich”, en donde el director nos bombardea a lo largo del film con una serie de secuencias antológicas que podrían estar en cualquier lista de imágenes memorables y en donde para mi alcanzó su cénit como narrador visual.
Spielberg había avanzado en su cine, y aunque muchos echaban de menos sus primeros años, fue a partir de que salvara al soldado Ryan cuando el director afrontó su mítica carrera de una forma nueva y espectacular, como queriendo aprovechar su innata popularidad en el mundo del cine para aportar nuevas cosas al espectador, que no siempre está dispuesto a ser sorprendido. Siempre acusado de envolver sus películas en un envoltorio sutilmente tierno e irrealmente feliz, lo cierto es que Steven Spielberg ha sido el director que más imágenes truculentas y dramáticamente impactantes nos ha dejado en los últimos años, siempre teniendo en cuenta que su cine casi de manera involuntaria difícilmente puede tener la libertad argumental de directores más desconocidos que arriesgan más en esa materia. La comercialidad inherente de sus films hace que sus propuestas cada vez sean más rechazadas por un público al que le gusta más ir al cine que ver cine, dos conceptos radicalmente opuestos y la gran lacra de la gran pantalla en los últimos años, en los que el séptimo arte ha entrado en una espiral de autodestrucción desde que la mayoría del público prefiere más entretenerse que aprender.

“War Horse” no es una excepción a todo esto, rebosa buenos sentimientos e intenciones, pero también deja imágenes que quitan la respiración y su propuesta exige más que nunca cierto entendimiento y comprensión por parte del público, pues si no se entra medianamente en su atractivo juego, más cercano a la fábula de lo que parece, puede provocar rechazo y total incomprensión.
Spielberg es amo y señor de la guerra, sabe mostrar en esta siempre impresionante y triste fábrica de grandes momentos cinematográficos lo que otros directores no consiguen, logra que cada bala que impacta en el terreno o en la desnuda carne de un soldado duela. Los momentos más terribles de la humanidad, tanto pasados, como presentes, como futuros (un futuro cada vez más fácil de imaginar) son los mejores documentos para reinvidicar nuestros logros y nuestras locuras, y eso Spielberg lo sabe muy bien.
El director ha crecido con nosotros en todos estos años, ha estado tras las cámaras de películas para nuestra infancia, para nuestra pubertad y para nuestra madurez, y algún día abordará la nostalgia, si es que en algunos de sus films más pesimistas no la ha abordado ya.
Pero volviendo a coger las riendas del caballo de batalla, el film casi podría dividirse en dos partes, casi tan marcadas como las de “I.A.”, una primera en la que se nos cuenta la historia de como un chico adiestra a un caballo y la relación que mantiene con su familia y una segunda parte en el que el relato se pone medianamente en el punto de vista del caballo y vamos siendo testigos de su tortuoso avance a lo largo de la I Guerra Mundial.

EQUINOS SPOILERS A CONTINUACIÓN…

Ambas partes, especialmente la segunda, nos deleitan con muchos minutos de auténtico cine, pero lo cierto es que War Horse es un film irregular, de constantes altibajos pero con enormes picos de calidad, pasando del más absoluto de los convencionalismos a la más impactante de las escenas en cuestión de minutos.
Tanto en una mitad como en otra, “War Horse” toma un tono de fábula adulta a veces delirante y simpático, como las escenas del ganso, que casi parece un miembro más de la familia y sobre todo, con las hazañas de Joey, el caballo. Sus miradas, carantoñas y sorprendente expresividad alcanzan momentos simplemente memorables, especialmente cuando se une a su desdicha un particular compañero de batalla.
A Spielberg en parte se le nota en el film que lo que más le entusiasmaba del mismo era precisamente hacer de un caballo un personaje más importante que las personas, con una primera mitad del film algo desubicada, pero también a su vez como un magnífico preámbulo para todo lo que viene después. Aquí el grandísimo director nuevamente nos demuestra que no hay nadie que ruede como él, sigue siendo un maestro y pese a su especial sensibilidad en su cine, sigue mostrándonos de manera brillante momentos dramáticos desde un punto de vista poético encomiable (la sencilla pero rotunda ejecución en el molino).
Joey provoca una interesante unión entre sus dueños a lo largo de la guerra, que van cayendo en desgracia y en su aventura pasa de un bando a otro siendo una especie de guerrero neutral que lucha por sobrevivir y que nada puede hacer ante la marabunta de terribles acontecimientos que la guerra hace surgir.
Los personajes con los que sus galopes se van encontrando son memorables, desde dos hermanos protegiéndose el uno al otro, hasta la unión de Joey con Emilie, una niña enferma que brinda junto con su abuelo (fantástico Niels Arestrup) algunos de los momentos más tensos del film, y en donde a su vez también el director muestra el lado villano del enemigo de forma más convencional y predecible.
Pequeñas historias que el caballo convierte en leves testimonios subjetivos de diferentes personajes, haciendo la humanidad de cada combatiente un hito y una tragedia al mismo tiempo y en donde más que nunca Spielberg demuestra que sobrevivir a la guerra es una cuestión de valor, pero también de suerte y de cobardía, y que la delgada línea que separa la épica de la decepción, lo real a lo imposible, es más fina de la que nuestra ilusión por vivir ha trazado (los nuevos dueños de Joey tras la subasta en el pueblo, con dos excepcionales Tom Hiddleston y Benedict Cumberbatch)
Steven Spielberg es capaz de emocionarnos sin palabras, y la huida de Joey a lo largo del campo de batalla hasta su “encarcelamiento” es simplemente impresionante, con la partitura de John Williams haciéndonos cabalgar junto a él y en donde el artesano de Cincinnati nos recuerda que no se ha ido, que sigue estando en el mundo del cine para seguir dejándonos con la boca abierta.
Lo mejor del film es una escena que navega entre la parodia y lo admirable, pero que puede resumirse como una secuencia arriesgada, en la que Spielberg pone las herraduras al caballo y en la que puede alcanzar tus sentimientos con rotundidad o pasar de largo.
Lo cierto, es que esa imagen casi pictórica de Joey en tierra de nadie, malherido y usado como símbolo de supervivivencia por ambos bandos, nos concentra una metáfora tan evidente como sutil de la guerra, compuesta por dos bandos, el bien y el mal, tan opuestos como comunes y que con sus historias, sus familias, sus sueños y sus miedos, son capaces de matar sin pensar, a veces por orgullo, a veces por placer, a veces por seguir viviendo.
Depende de cada uno si se cree lo que Spielberg nos cuenta, si es posible que un caballo mueva a las personas que merecen vivir y arrastre a las que merecen morir, pero obviando los momentos más sencillos del film (el comienzo y su final casi homenaje desde el punto de vista fotográfico a “Lo que el viento se llevó” de Victor Fleming, tal vez lastrados por un Jeremy Irvine que no consigue ser la parte más robusta del relato, aunque tal vez conscientemente por la naturaleza épica del propio Joey), “War Horse” es un film peculiar, que coge espacio para poder saltar pero que no llega tan lejos como quisiera, un notable film sobresaliente, que a veces roza el suspenso pero que llega a la matrícula en más de una ocasión.

Spielberg nuevamente generará opiniones en contra y a favor, y eso siempre es algo bueno en el cine de este magnífico director, que cuando deje de rodar películas nos dejará huérfanos de nuevos sueños, pero no de viejos recuerdos.
En breve recibiremos por lo menos dos nuevos films, la histórica “Lincoln”, con un Daniel Day-Lewis que nuevamente nos hará vibrar, y el retorno a uno de los terrenos más fascinantes de su cine, la ciencia ficción, con la misteriosa “Robopocalypse”.
Hasta pronto maestro.

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“Tras ellos, las grandes puertas de madera de la estancia se abrieron con estrépito. Arya se giró.
En la entrada había un caballero de la Guardia Real, y tras él cinco guardias Lannister. El caballero vestía armadura completa, pero llevaba levantado el visor. Arya conocía aquellos ojos caídos y aquellos bigotes de color óxido, porque había viajado desde Invernalia con el rey: era Ser Meryn Trant. Los capas rojas llevaban cotas de mallas sobre las corazas, y cascos de acero con crestas en forma de león.
—Arya Stark —llamó el caballero—. Ven con nosotros, niña.
—¿Qué queréis? —Arya se mordisqueó el labio, insegura.
—Tu padre te manda llamar.
Arya dio un paso hacia adelante, pero Syrio Forel la sujetó por el brazo.
—¿Y cómo es que Lord Eddard envía hombres de los Lannister, y no a los suyos? Me intriga.
—No te entrometas, maestro de danza —replicó Meryn—. Esto no es asunto tuyo.
—Mi padre no os enviaría a vosotros —dijo Arya. Esgrimió su espada de madera. Los Lannister se echaron a reír.
—Suelta ese palo, niña —le dijo Ser Meryn—. Soy un Hermano Juramentado de la Guardia Real, los Espadas Blancas.
—También lo era el Matarreyes cuando asesinó al viejo rey —dijo Arya—. No tengo por qué ir con vosotros si no quiero.
—Cogedla —ordenó a sus hombres Ser Meryn Trant; se le había agotado la paciencia. Se bajó el visor del yelmo.
Tres de los guardias avanzaron, las cotas de mallas tintineaban con cada paso. De repente, Arya sintió un gran temor. «El miedo hiere más que las espadas», se dijo para controlar el ritmo frenético de su corazón.
Syrio Forel se interpuso entre ellos y se dio unos golpecitos en la bota con la espada de madera.
—Deteneos ahora mismo. ¿Qué sois, hombres o perros? Sólo un perro amenazaría a una niña.
—Aparta, viejo —ordenó uno de los capas rojas.
La espada de Syrio silbó y fue a chocar contra su casco.
—Soy Syrio Forel, y a partir de ahora me hablarás con más respeto.
—Calvo de mierda… —El hombre desenvainó la espada larga. El palo hendió el aire de nuevo a una velocidad cegadora. Arya oyó un crujido audible, y la espada cayó tintineando contra el suelo de piedra.
—¡Mi mano! —gimió el guardia, sujetándose los dedos rotos.
—Para ser un maestro de danza te mueves deprisa —dijo Ser Meryn.
—Tú eres lento para ser un caballero —replicó Syrio.
—Matad al braavosi y traedme a la niña —ordenó el caballero de la armadura blanca.
Los cuatro guardias Lannister desenvainaron las espadas. El quinto, el de los dedos rotos, escupió y sacó una daga con la mano izquierda.
Syrio Forel entrechocó los dientes y asumió la postura de danzarín del agua, con la que sólo presentaba al enemigo un costado.
—Arya, chica —dijo sin mirarla, sin apartar los ojos de los Lannister—, hoy ya no danzaremos más. Vete ya. Corre con tu padre.
—«Veloz como un ciervo» —susurró Arya; no quería dejarlo solo, pero Syrio la había enseñado a obedecer sus órdenes.
—Eso es —dijo Syrio Forel mientras los Lannister se acercaban.
Arya dio un paso atrás con la espada de madera bien apretada en la mano. Al observar a Syrio, comprendió que cuando se batía con ella no hacía más que jugar. Los capas rojas se acercaron a él desde tres lados, todos con acero en las manos. Tenían el pecho y los brazos defendidos con cotas de mallas, y defensas de acero en las ingles, pero las piernas sólo las protegían con cuero. Llevaban las manos desnudas, y aunque los yelmos les cubrían las narices no tenían visores para los ojos.
Syrio no esperó a que llegaran hasta él, sino que giró a su izquierda. Arya no había visto jamás a nadie que se moviera tan deprisa. Detuvo una espada con la suya de madera y esquivó la segunda. El segundo guardia perdió el equilibrio y cayó contra el primero. Syrio le puso una bota en la espalda y los dos capas rojas cayeron juntos. El tercer guardia saltó sobre ellos y lanzó un tajo contra la cabeza del danzarín del agua. Syrio se agachó para esquivar la hoja y lanzó una estocada hacia arriba. El guardia cayó entre gritos, mientras la sangre manaba como un surtidor del agujero rojo donde había estado su ojo izquierdo.
Los hombres caídos empezaban a levantarse. Syrio dio una patada a uno en la cara y le quitó el casco de acero al otro. El hombre de la daga le lanzó una puñalada. Syrio detuvo el ataque con el casco y le destrozó la rótula con la espada de madera. El último capa roja gritó una maldición y se lanzó a la carga, sujetando la espada con las dos manos. Syrio se movió, y el acero fue a clavarse en el hombre sin casco que intentaba levantarse, justo entre el cuello y el hombro. La espada perforó la cota de mallas, el cuero y la carne. El hombre que se iba a levantar lanzó un aullido. Antes de que su asesino pudiera recuperar la espada, le lanzó una estocada contra la nuez de la garganta. El guardia dejó escapar un grito ahogado y se tambaleó hacia atrás, con las manos en el cuello, mientras el rostro se le ponía negro.
Cuando Arya llegó a la puerta trasera, la que daba a la cocina, ya había cinco hombres en el suelo, muertos o moribundos. Oyó la maldición entre dientes de Ser Meryn Trant.
—Malditos inútiles… —dijo mientras desenvainaba.
—Chica Arya —exclamó sin mirarla—, fuera ya. —Syrio Forel volvió a asumir la posición, y entrechocó los dientes.
«Mira con los ojos», le había dicho. Ella miró: el caballero llevaba armadura blanca, de los pies a la cabeza, en las piernas, en la garganta, las manos enfundadas en metal, los ojos ocultos tras el alto yelmo blanco y acero cruel en las manos. Contra eso: Syrio, con su chaleco de cuero y una espada de madera en las manos.
—¡Huye, Syrio! —gritó.
—La primera espada de Braavos no huye —canturreó él mientras Ser Meryn le lanzaba un ataque.
Syrio danzó para esquivar, la espada de madera era un borrón en el aire. En un instante lanzó golpes contra la sien, contra el codo, contra la garganta del caballero, la madera resonó contra el yelmo, contra el guantelete, contra el gorjal. Arya estaba paralizada. Ser Meryn avanzó. Syrio retrocedió. Paró el primer golpe, esquivó el segundo, desvió el tercero.
El cuarto cortó en dos el palo, destrozó la madera y el alma de plomo.
Arya, entre sollozos, se dio media vuelta y huyó.
Atravesó corriendo las cocinas y las despensas, ciega de pánico, empujó a los cocineros y a los pinches, y derribó a una ayudante de panadería que portaba una bandeja de madera. Las aromáticas hogazas de pan recién hecho volaron por los aires. Oyó gritos a su espalda, y estuvo a punto de tropezar con un carnicero que se interpuso en su camino. El hombre tenía un cuchillo en las manos, y los brazos rojos hasta el codo.
Todo lo que Syrio Forel le había enseñado le pasó por la cabeza como un torbellino. «Veloz como un ciervo. Silenciosa como una sombra. El miedo hiere más que las espadas. Rápida como una serpiente. Tranquila como las aguas en calma. El miedo hiere más que las espadas. El hombre que teme la derrota ya ha sido derrotado. El miedo hiere más que las espadas. El miedo hiere más que las espadas. El miedo hiere más que las espadas.» La empuñadura de su espada de madera estaba resbaladiza por el sudor, y Arya jadeaba al llegar a las escaleras de la torrecilla. Se quedó paralizada un instante. ¿Arriba o abajo? Si subía llegaría al puente cubierto que unía el patio con la Torre de la Mano, pero eso sería lo que ellos pensarían que iba a hacer. «No hagas nunca lo que esperan», le había dicho Syrio en cierta ocasión. Arya empezó a bajar por la escalera de caracol, saltaba los estrechos peldaños de dos en dos, de tres en tres. Llegó a una bodega enorme como una cueva, llena de barriles de cerveza apilados hasta seis metros de altura. La única luz de aquel lugar entraba por un ventanuco estrecho, que estaba a mucha altura.”

Para empezar, no he leído los libros, pero sí me han hablado ampliamente de ellos, no he visto la trilogía sueca, sólo un poco el comienzo de la primera, que frené porque no me estaba entusiasmando demasiado y la sombra de que Fincher planeaba ponerse a rodar su propia versión era alargada, muy alargada. Por lo que relativamente, afronté el visionado de la nueva película del director de “Zodiac” como algo medianamente original, si bien es imposible no tener cierta influencia pop sobre el personaje de Lisbeth Salander, ya inmortalizado para muchos de manera bastante imponente por la actriz Noomi Rapace.
David Fincher es un director que para mi gusto ha mejorado muchísimo con los años, de empezar con una decepcionante Alien 3 (si bien siempre ha comentado las dificultades que tuvo para rodarla y su versión extendida salva ligeramente el resultado final) a ir evolucionando y adaptando cada vez mejor los guiones a su poderío visual, cosa que por ejemplo en la amada/odiada El club de la lucha, era completamente notorio, con un arranque fantástico que se iba diluyendo entre las filigranas del director, más hábil con la cámara que con las palabras que pueden hacer imborrable una secuencia bien rodada.
A pesar de todo, Fincher ha creado un estilo propio, que llegó a su culminación más estelar con la simplemente sobrecogedora y magistral Zodiac, en la que su estilo y su detallado minimalismo escénico le venía como anillo al dedo a la densa historia sobre el asesino del zodiaco, una película que se merece estar entre las mejores de los últimos años, algo más que una película de culto, una obra maestra revisionable y siempre sorprendente.
Con ese film, Fincher conseguía varias cosas, la primera y más importante, reconciliarse con el espectador que había dudado de él anteriormente y la segunda, y no menos importante, tratar al público de manera inteligente, proporcionando a la platea un film en el que un simple segundo de despiste suponía perderse algo importante de la detallada trama.
Que alguien de la considerada meca del cine esté dispuesto a contarnos una historia teniendo en cuenta nuestra capacidad receptiva es memorable.
David Fincher ya no era ese director de videoclips, había madurado y el no tener apenas reconocimiento académico casi que demuestra aún más su grandeza reciente (lo de “La red social” fue otra de las numerosas decisiones fallidas de la Academia, aunque eso por supuesto es un capítulo aparte y enumerar la cantidad de injusticias cinéfilas que han cometido con el paso de los años es algo que merece un post exclusivo)

Millennium, los hombres que no amaban a las mujeres reúne posiblemente lo mejor y peor del cine de Fincher, vuelve a recoger las bases de Seven, que a su vez sentó las bases de una nueva horda de films sobre serial killers de similar pero siempre inferior factura.
Casi se puede decir que el documentalismo enfermizo que otorga el director a sus últimas películas, a excepción de la para mi decepcionante “El curioso caso de Benjamin Button”, ha creado una especie de nuevo subgénero dentro del género de películas sobre investigaciones, un medio en el que el director parece encontrarse especialmente cómodo y espectacular, alternando frenéticos montajes, enlazando y prolongando reacciones dibujando con su cámara las piezas de un puzzle que poco a poco van encajando para delirio del espectador.
Tal amalgama de registros tiene como gran enemigo el guión, porque naturalmente Millennium no presenta un guión tan brillante como el de Zodiac o La red social, pero la clase del director hace que un film con una trilogía previa algo criticada por seguidores y no seguidores de los libros pueda mostrar cierta rotundidad.
La historia de Lisbeth Salander es una buena película con tintes de gran película, pero vayamos por partes.

Tras unos prodigiosos créditos iniciales a ritmo de una versionada “Inmigrant Song” de Led Zeppelin, y que, parafraseando las palabras de Hugo Sánchez Jiménez, el mejor proyeccionista analógico y digital a este lado del Atlántico, son mejores que la trilogía sueca en su totalidad, el film cuenta con una historia que dada su popularidad ya se sabe casi de memoria, pero que puede provocar cierta sorpresa para todos aquellos que como yo no sepan las conclusiones de la trilogía de Stieg Larsson.
Siempre es interesante el mimo clásico con el que David Fincher da comienzo algunas de sus películas, con impecables títulos iniciales que han creado escuela dentro de unos minutos tan fascinantes como míticos en la historia del cine (Saul Bass, siempre con nosotros)

TATUADOS SPOILERS A CONTINUACIÓN…

Una de las principales diferencias y tal vez la más comparada por la legión de seguidores del libro o la película, es la aportación de Rooney Mara como Lisbeth Salander, un personaje muy jugoso y llamativo, que en este primer film queda bastante bien reflejado y que supone el motor principal de toda la historia y su aportación la que mejores momentos propone. ¿Noomi Rapace o Rooney Mara?, dos llamativos nombres que crearán un debate sobre cuál ha sido la que mejor ha reflejado la personalidad irreverente de la hacker del tatuaje del dragón. Sin ver la trilogía original, y teniendo en cuenta que uno de los motivos por los cuales no terminé su primera entrega fue por la total indiferencia que me provocaba el, en teoría, fascinante personaje de Salander, me quedo totalmente con Rooney Mara, sin desprestigiar ni mucho menos la excelente labor de Rapace, que tal vez tuvo a su alcance un guión menos pulido en su personaje que el de la película de Fincher. Aunque quizá la elección sea más bien puramente física, lo cierto es que Rooney Mara crea un personaje envolvente, que quizá aporta algo más de candidez y por lo tanto, más cercanía al espectador, al que le importa un poco más el destino de una chica de apariencia más frágil que la dureza del personaje de la trilogía sueca.
Una de las cosas que más me llamó negativamente la atención de la original era que Lisbeth era una hacker más bien mediocre, lo cual me parecía totalmente contradictorio a su fama, aquí sin embargo, es una auténtica gozada como la cámara baila con Mara para dar rienda suelta a la infinita paciencia, dedicación y meticulosidad con la que la investigación va uniendo las piezas de un rompecabezas no exento de tópicos pero que también posee ciertos detalles interesantes.

El tópico es el gran enemigo de muchos films recientes, y siempre suelo pensar que no hay mejor manera de combatirlo que aceptarlo, como ese fantástico monólogo de Stellan Skarsgård en el que un perdido Daniel Craig parece estar atrapado por el último villano de la nueva entrega de James Bond y éste le somete a la clásica conversación pre-asesinato, pero dejando en el aire ciertas trivialidades que suavizan la siempre tan revisitada escena.
La presencia precisamente de Daniel Craig quizá sea demasiado rotunda para el personaje que interpreta, pero su carisma saca adelante un papel que a veces da la impresión de que nos muestra a un James Bond de vacaciones en Suecia.

Dentro del reciente cine del director, “Millennium” es su film menos interesante desde un punto de vista cinéfilo, pero es igualmente bueno conceptualmente hablando. Fincher nos regala magníficas secuencias (la violación y posterior venganza de Lisbeth, la presentación de la familia Vanger y sus enfermizos miembros y, sobre todo, toda la investigación flashback-fotográfica sobre el paradero de Harriet Vanger) y todo el film está aderezado por una de las mejores uniones que ha dado el cine en los últimos años, la del director de Denver y el músico Trent Reznor, alma de NIN y su colaborador Atticus Ross, creando nuevamente una banda sonora simplemente fascinante, que proporciona al film un fantástico ambiente que hace que sea totalmente disfrutable para pasar un buen rato frente a la pantalla.
Un buen film para mi ante todo tiene que ser revisionable, y la verdad que Millennium me parece un film totalmente apto para sucesivos visionados, sobre todo por la labor de Rooney Mara, un hipnótico rostro que tal vez dé mucho de que hablar en el futuro y por el buen hacer de un director sobrevalorado en el pasado e infravalorado en el presente.

Fitter, happier.
More productive.
Comfortable.
Not drinking too much.
Regular exercise at the gym
(3 days a week).
Getting on better with your associate
employee contemporaries.
At ease.
Eating well (no more microwave dinners
and saturated fats).
A patient, better driver.
A safer car
(baby smiling in back seat).
Sleeping well (no bad dreams).
No paranoia.
Careful to all animals
(never washing spiders down the plughole).
Keep in contact with old friends
(enjoy a drink now and then).
Will frequently check credit at
(moral) bank (hole in the wall)
Favours for favours.
Fond but not in love.
Charity standing orders.
On Sundays ring road supermarket.
(No killing moths
or putting boiling water on the ants).
Car wash (also on Sundays).
No longer afraid of the dark
or midday shadows.
Nothing so ridiculously teenage
and desperate.
Nothing so childish.
At a better pace.
Slower and more calculated.
No chance of escape.
Now self-employed.
Concerned (but powerless).
An empowered
and informed member of society
(pragmatism not idealism).
Will not cry in public.
Less chance of illness.
Tires that grip in the wet
(shot of baby strapped in back seat).
A good memory.
Still cries at a good film.
Still kisses with saliva.
No longer empty and frantic.
Like a cat.
Tied to a stick
that’s driven into
frozen winter shit
(the ability to laugh at weakness).
Calm.
Fitter, healthier and more productive.
A pig.
In a cage.
On antibiotics.

“Arde, arde araña, en la jungla de la noche…”

Una de las mejores historias de Spiderman, o al menos una de las más oscuras y fascinantes, es sin duda esta obra de Mike Zeck y J.M. DeMatteis.
Aparecida poco después de obras que cambiaron el devenir del mundo de los cómics para siempre, tales como “Watchmen” de Alan Moore y “El regreso del señor de la noche” de Frank Miller, y lógicamente eclipsada por ellas, esta historia del hombre araña la considero prácticamente como una especie de “Born Again” con Peter Parker de protagonista (salvando las distancias por supuesto), una sensación que me ha provocado la no muy lejana lectura del anhelado cómic de Miller y Mazzucchelli, que me costó años y años conseguir.
Por supuesto la espera mereció la pena.

“Soy Kraven la bestia.
Mi mente es rabia y gloria.
Mi corazón es fuego y orgullo.
Mi cuerpo es gracia y poder.
Soy Kravinoff el hombre”

Una historia impresionante, plagada de referencias a la muerte, tanto de forma metafórica como real, y en la que los logros del héroe son suplantados por la forma más cruel que existe en vida, provocando la muerte con el más profundo de los olvidos. Spidey cede prácticamente todo el protagonismo a Kraven en la que es la redención máxima de un enemigo mil veces derrotado y que encuentra en su agonía y en su dolor la mejor forma de combatir al hombre araña.
Los villanos también poseen alma, y quizá en su cruzada por sembrar el caos sólo piden ser también admirados por sus antagonistas.

“Soy Peter Parker.
Es lo único que he sido, lo único que seré.
Y voy a ser libre. No puedes detenerme.
No puedes mantenerme aquí.
Has asesinado a una máscara,
pero no has asesinado a un hombre…”

“Drive” es un film singular, posiblemente sea una de las películas de acción más pausadas e intimistas de los últimos tiempos, si es que su narrativa puede considerarse acción y su mensaje medianamente filosófico puede considerarse intimista. El film del director Nicolas Winding Refn, navega entre el homenaje y el cine negro más psicodélico para crear una historia que arranca de forma magistral y que completa su, en ocasiones, predecible guión a base de metáforas visuales que recrean de forma fantástica una especie de submundo en el que el clímax que genera las imágenes, los contenidos actores y la banda sonora, lo son todo para formar una historia que rinde un pequeño tributo al cine de los 80, personajes solitarios que en su vendetta alcanzan cotas de inmortalidad memorables.
“Drive” es la historia de un especialista, de un increíble piloto que con su chaqueta con un escorpión bordado, pasea su experiencia en el mundo del cine, prestando su valorada pericia al volante en las secuencias más peligrosas y espectaculares de un film. Pero durante la noche su frialdad al volante se convierte en el alma de un estricto código que le mantiene unido al mundo más underground de la ciudad, realizando pequeñas misiones para ladrones eventuales y mafiosos consumados.
Shannon, su mentor, (increíble Bryan Cranston, soberbio actor al que veo prácticamente todas las semanas tras la piel de Walter White en la serie “Breaking Bad” y que me hizo olvidar completamente su ya célebre papel en la televisión en pocos segundos, simplemente magnífico) le propone llegar a un trato con Bernie Rose, un acaudalado inversor de dudosa reputación que apostará por él para una carrera que será sin duda, la más importante de su vida.

AUTOMOVILÍSTICOS SPOILERS A CONTINUACIÓN…

Tras un arranque como dije simplemente soberbio, aderezado con unos adictivos créditos iniciales orquestados por la música de Kavinsky, (momento que me hizo recordar un poco a las delirantes y fantásticas emisoras del videojuego Grand Theft Auto IV, ritmos electrónicos a golpe de volante) el film se toma su tiempo en girar alrededor de Ryan Gosling, prometedor actor que realiza para mi un gran trabajo tras la piel de ese samurái con guantes de cuero. Un personaje de miradas catatónicas, sonrisas espontáneas y silencios metafóricamente profundos. Su búsqueda le llevará a conocer el que tal vez sea el propósito de su vida, amar a la persona más cotidiana de su entorno.
La relación entre el conductor e Irene (sensacional también Carey Mulligan), aunque no deja de ser predecible, contiene algunos muy buenos matices que le dan un aire especial, como la relación que establece su hijo con el stuntman y a su vez con su padre, formando los tres adultos el triángulo amoroso más “buen rollesco” del cine reciente.
Cuando el aparente empaque filosófico del director falla, su estilo visual y la banda sonora de Cliff Martínez (buen compositor que hizo un espléndido trabajo en la “Solaris” de Steven Soderbergh) hacen el resto, dejando quizás demasiado de lado a quien no establezca cierta química entre lo que Nicolas Winding Refn propone y lo que se ve realmente en pantalla.
“Driver” es más una película visual que narrativa y su parsimoniosa acción sólo rota en su tramo final, deja buenos momentos de metafórico cine, como en ese instante en el que Irene le dice al conductor (su nombre creo que nunca se dice durante el film) que su marido saldrá de la cárcel próximamente y la hasta el momento luminosa secuencia bajo los neones de la ciudad se convierte en un frenazo en seco frente a un semáforo que tiñe la acción de rojo.

Desaprovechada aunque fascinante Christina Hendricks...

En sus últimos minutos, la película toma aire y lo suelta con sangre, con violentas secuencias que hacen recordar algunas películas sobre venganzas más o menos recientes como “Old Boy” e “Irreversible”, sobre todo por ser totalmente explícitas y aunque muchos piensen lo contrario, necesarias para ver la evolución protectora de alquien que haría cualquier cosa por la persona que tiene a su lado.
Para mi hay dos secuencias que son el film en su totalidad, la primera de ellas el único momento en el que el conductor tapa su rostro con una máscara del set de rodaje donde trabaja y que corta por completo el descaro y total control con el que afrontaba hasta ese momento todas las situaciones, porque para ser aún más peligroso y eficaz no hay nada como no ser reconocido. Un instante en el que el samurái parece que se convierte en ninja.
Y la segunda, el momento en el que conductor alcanza su máxima felicidad cuando en un alarde de decisión dentro de su ordenada y pulcra vida, decide pasar un buen rato a Irene y a su hijo, una fantástica secuencia a ritmo de “A real hero” de Electric Youth, un tema que se repite al final del film, pero con un prisma totalmente diferente, con “The Driver” nuevamente conduciendo, pero esta vez solo, herido, pero no sólo por la puñalada recibida, herido de amor, recordando posiblemente la felicidad que consiguió alcanzar y que a su vez tantos problemas causó. El camino solitario de una despiadada buena persona, capaz de matar sin pestañear, pero también de sentir lo que otros sólo pueden imaginar que sienten. Un samurái sin espada, que deja lo que era el motivo de su vida tirado en la carretera junto a la persona que le quitó todo.
A destacar también el alternado montaje del último diálogo entre Albert Brooks y Ryan Gosling, me pareció magnífica la violenta unión que surge entre sus gestos de aprobación y mentiras.

Gran película, no tan buena para mi gusto como para arrasar por encima de otras obras recientes, pero sí lo suficientemente seria como para mantenerse en la retina mucho tiempo y ser un film destacable de este 2011 tan nuevamente irregular en lo cinematográficamente hablando.
“Drive” forma parte de ese extraño grupo de películas que no debería gustar a casi nadie y que sorprendentemente gustan y mucho, un arma de doble filo que marcará su paso en la historia del cine.

¿Una película muda de estreno en el siglo XXI?, sí, “The Artist” lo es. El film de Michel Hazanavicius, para mi completo desconocido al que habrá que seguir seriamente, me parecía ser en un principio el típico producto manufacturado por y para los premios, cosa que ninguna duda obtendrá y merecerá, pero posee un halo especial que le desmarca de este subgénero que emerge siempre en la antesala de los grandes eventos cinematográficos… posee aroma a cine clásico.
La película narra la historia de un famoso actor de cine que ve como su silencioso imperio empieza a desquebrajarse con la llegada del cine sonoro a la sociedad, una historia sencilla pero plagada de referencias a los primeros años de la meca del cine, con todo el encanto y nostalgia que sus imágenes en blanco y negro pueden aportar a un mundo tan ruidoso y psicodélico como el de hoy.

SILENCIOSOS SPOILERS A CONTINUACIÓN…

Con una base de actores conocidos y dos protagonistas prácticamente inéditos para la gran mayoría, “The Artist” va más allá del homenaje para contar una historia sobre la evolución de la propia vida y lo injusta que es la sociedad, que a veces cambia cosas maravillosas por otras aún mejores, pero dando un salto en ocasiones tan marcado que deja por el camino y en el más absoluto de los olvidos la chispa que hizo que surgiera el fuego. Hablar de la fotografía, la música, el formato de la proyección, la ambientación y todo lo demás es resumible en una sola palabra, perfecto.

La experiencia de ver “The Artist” también engrandece un poco más la película, más allá de leer textos bajo fondos negros y de sentir perfectamente la mayoría de los diálogos aunque sólo se aprecien gestos y miradas, el film genera un clímax en la sala ciertamente entrañable, con silenciosas risas en el más absoluto de los silencios, el ruido del proyector quebrado por la alegre música, el sonido de las lágrimas en la oscuridad del cine… por un momento sientes que tu mujer te está esperando en casa con un buen asado y una tarta de manzana y que tu Ford está aparcado a pocas calles del cine. Una experiencia que depende mucho también de la suerte que tengas en la sala por supuesto.
Jean Dujardin y Bérénice Bejo están simplemente soberbios, dos rostros marcadamente clásicos y con una magnífica presencia en pantalla que hacen de cada escena un pequeño momento a recordar, especialmente el primero, en esa surrealista y magníficamente orquestada pesadilla en la que el sonido hace una de sus pocas apariciones en el film. La historia de George Valentin y Peppy Miller convence y emociona, es predecible, pero uno no desea otra cosa que eso, el drama ya aparece en muchos momentos del film encubierto entre directivos, prensa y la evolución de la propia industria.
También merece un capítulo aparte el perro de Valentin, diversión y lealtad a partes iguales, porque los verdaderos amigos jamás te abandonan.
“The Artist” es una gran película, casi me gustaría que se quedara en algo semidesconocido, que no alcanzara un nivel demasiado extremo, por supuesto dudosamente marcará una nueva era de cine mudo, pero la película es una fantástica demostración de que las cosas más olvidadas por la mayoría son al final las más añoradas, aunque sólo sea por unos pocos, al fin y al cabo, los importantes.

Claqueta… ¡Acción!