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Archivo de la etiqueta: Moai

Entre ellos

Naranja y azul

Camino de ahu

Perfil nuboso

Caído en Tongariki

Lado

Verde Ahu

Hacia Tongariki

Mirada serena

Gallina

Manutara

Grandiosos

Cabezas extraterrestres

Disimulando

Luz lejana

Desde otro lado

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La fotografía nocturna es especial, nada como esperar a que llegue la noche para que sus colores invadan durante unos segundos más de lo habitual el sensor de tu cámara.
La noche hace que los colores cobren vida, que las luces se conviertan en brillantes halos y que las personas, mucho menos numerosas que cuando es de día, se transformen en fantasmas al desfilar delante del objetivo.
La Isla de Pascua carece de una iluminación artificial espectacular, pero cuando el Sol se perdía por el horizonte aparecía una luz mucho más espectacular, la luz de las estrellas, que convertía cada noche sin nubes en un espectáculo de auténtico planetario.

Galaxia Tahai

Las ya de por sí solitarias visitas por Rapa Nui se convertían en la oscuridad en paseos totalmente alejados de la civilización, con la única compañía de los moai, que se convertían en meras siluetas con un fondo de estrellas, y los caballos de la zona.
Un clímax espectacular que alcanzaba su punto álgido al poder verse de forma clara la vía láctea atravesando de lado a lado el firmamento.
Un momento especialmente recordado y que casi acaba conmigo, pues en mi ensimismamiento al mirar al cielo en la más absoluta oscuridad, me comí casi literalmente un rosal que atravesó mis vaqueros como mantequilla y que me dejó un recuerdo de risas, sangre y estrellas.
Aunque no hace falta irse tan lejos para ver con tanta claridad el cielo nocturno, lo cierto es que seguir con la mirada la posición de los moai, hace que su nombre de “ojos que miran al cielo”, se convierta en una experiencia imborrable, más aún que cuando el día los ilumina de verdad.
Las noches negras de la ciudad en mi imaginación ya no son tan oscuras.

Perfil de las estrellas

Una de los lugares más mágicos y sorprendentes de Rapa Nui es el Ahu Vinapu, un altar aparentemente como el resto que bordea la costa, con sus moai derribados y algún que otro pukao en los alrededores. Pero la gran diferencia radica en la estructura de su plataforma, que posee un acabado similar al de las construcciones incas que pueden verse en Perú, más concretamente en Cuzco.
La visión de los bloques perfectamente cortados y ensamblados no deja de ser sorprendente, ya que el resto de ahu de la isla a pesar de estar profusamente elaborados, carecen de esta particularidad, que enlaza directamente a dos culturas muy diferentes en un mismo punto.
¿Una posible visita incaica a Rapa Nui?, es posible, muchas teorías alaban esta pregunta, pero la carencia de una respuesta más o menos concreta es lo que da aire y vida a la Isla de Pascua, la absoluta certeza de que todo tiene una explicación sin saber muy bien cual es.

Moai de Vinapu

Vinapu

Perfecto

Vinapu es una gran toma de contacto para iniciar un recorrido por toda la ruta este de la isla y también para apreciar la gran diferencia entre este apartado lugar cercano a Orongo y la mampostería del resto de plataformas ceremoniales.
Un lugar que aporta un poco más de misterio al ya de por sí misterioso entorno, y que la igual que otras muchas construcciones de la antigüedad, posee esa evocadora perfección en el corte de sus pesadas piedras, haciéndote imaginar todo tipo de teorías, todo tipo de escenarios de trabajo y también haciéndote ver que de nuevo has olvidado un folio para hacer la típica prueba egipcia de que la unión entre las piedras es tan perfecta que no cabe ni una lámina de papel.

Vaihú

Tragado por la tierra

Mientras las olas del océano rompen agresivamente cerca de Vinapu, los moai que yacen esparcidos por los alrededores muestran evidentes símbolos de erosión, con sus facciones ya casi perdidas, víctimas del incesante viento que constantemente arrasa la zona. El caso más grave sea quizás el de la también sorprendente figura de un moai con rasgos corporales femeninos, de los pocos que hay en la isla, y que presenta un estado de conservación que invita demasiado a la imaginación para ser apreciado.
Por suerte, en el Museo Sebastián Englert puede verse una figura similar con mejor aspecto.
Plataformas ceremoniales construidas para levantar gigantes de piedra en ellas, figuras de pronunciados perfiles e incipientes barrigas, de finos brazos y largos dedos, que aunque yacen caídos y con sus cuencas orbitales vacías, parecen seguir mirando de reojo la lejanía que una vez protegieron con su mirada de coral y roca.

Derrumbado

De los muchos moai caídos a lo largo y ancho de la isla, quizás el complejo que tiene más importancia por el estado de sus gigantes derribados sea Akahanga.

Gigante caído

Ver un moai caído es una sensación extraña, cercana a la tristeza. Lo cierto es que la gran mayoría de los lugares de la isla, excepto sus dos estrellas principales, Rano Raraku y Orongo, posee un aspecto de abandono considerable, lo que le da por una parte mucho encanto, ya que esa sensación de ir por las carreteras de Rapa Nui e ir parando por la costa para apreciar mejor sus grupos de derrotados moai sin más compañía que algún grupo eventual de visitantes, no tiene precio.
Lo más preocupante es sin duda el estado de muchos de estos Ahu, con el viento y el mar azotando sin remisión unas estructuras que están destinadas a ir perdiéndose poco a poco.

Akahanga derribado

Solo

En el prado

Akahanga es un lugar en el que el tiempo parece ir el doble de rápido, ya que tiene tantas cosas que ver y son todas tan fascinantes que es casi imposible querer abarcarlas todas en una visita. En la ladera que conduce al mar pueden encontrarse los restos de un poblado, con sus casas bote o hare paenga, diversos crematorios, cuevas y sobre todo, dos Ahu que en su día debieron ser imponentes y que hoy yacen con sus figuras desperdigadas y caídas, algunas mirando al cielo y otras, como suele ser habitual, con su cara apoyada en el volcánico terreno.
La guerra entre clanes que asoló la isla, la propia naturaleza y el inevitable paso del tiempo, ha hecho que muchas de estas misteriosas figuras sean a día de hoy sólo el punto final de una gran frase que hay que imaginar.

Erosión

Abandonado

Aquí también se encuentra el que considero mi moai caído favorito, una enorme escultura en un gran estado de conservación que parece haberse ido deslizando poco a poco por la ladera hasta finalmente quedar frenada y anclada para siempre entre las rocas.

Perfil caído

Caídos

Recorrer la costa este de la isla es el preámbulo perfecto al gran premio final que es encontrarte con Tongariki y Rano Raraku, en el que los hasta entonces caídos moai se ponen en pie para impresionar aún más al visitante y dotar de un poco más de fascinación y misterio a este pequeño terreno sobre el océano.

Amanece en Tongariki

La tranquila Isla de Pascua puede resultar agotadora, no sólo por la cantidad de yacimientos arqueológicos que posee, sino también por los largos recorridos a pie que invita a hacer por los lugares más inaccesibles, cargados de todavía más soledad y misterio.

Anakena

Por lo que Anakena es una especie de pequeño paraíso momentáneo en el que descansar un poco, sólo un poco, pues la playa en la que se dice que desembarcó el rey Hotu Matua hace siglos, posee también un precioso grupo de moai, el Ahu Nau Nau y el solitario moai de Ahu Ature Huki, que fue nuevamente levantado y colocado en su Ahu por toda una institución legendaria para Rapa Nui por su labor en la isla, el noruego Thor Heyerdahl, que ayudado de varios isleños tardó hasta 20 días en volver a erigir la enorme figura.

Buen estado

Solo en Anakena

De espaldas

La playa tiene todo el encanto que puede tener un lugar de arena blanca, palmeras al viento y aguas cristalinas de color verdoso, y aunque nunca he sido excesivamente playero, la verdad que marcharse de Anakena cuesta y mucho. Entreabrir los ojos y apreciar en la lejanía los dos Ahu antes comentados es una fantástica experiencia, dando a la playa un ambiente mágico a pesar de su cotidiana estampa de lugar paradisiaco.

Playa

Anakena sunset

El Ahu Nau Nau, además de estar espléndidamente conservado, con petroglifos en la espalda de los moai y con cuatro de ellos con su respectivo Pukao, tiene muchas curiosidades a su alrededor, ya que fue en este lugar donde se descubrió en su día que los moai tenían ojos, con diversos restos de órbitas oculares de coral y piedra esparcidas y rotas en frente de la plataforma.
Actualmente uno de esos ojos puede verse en el Museo Sebastián Englert, en Hanga Roa.
Al tener ojos, se decía que los moai cobraban “vida” y que se convertían en el rostro vivo de los ancestros, dando sentido al término por el que también se conocen a los moai, Mata ki te rangi, ojos que miran al cielo.
Leyendas fascinantes que se entremezclan con la propia realidad y que hacen que la sensación que produce mirar a las hoy cuencas vacías de los moai sea cuanto menos extraña y cautivadora.
Además, aquí también los perros tienen su protagonismo, pues sus baños en la playa con secado en la arena eran antológicos. Especialmente nos sorprendió ver por segunda vez al célebre perro pirata de nuestro primer día en la isla, que había recorrido los 20 kilómetros que hay de Ahu Tahai hasta aquí para darse un chapuzón y comer alguno de nuestros sandwich.
Anakena es siempre una visita nostálgica, pues volver a ella te hace ser consciente de lo lejos que estás y de lo lejos que su recuerdo estará con el paso de los años.
Un recuerdo que a lo mejor no vuelvo a renovar jamás, pero que merecerá la pena tener aunque se vea… borroso y confuso.

Baño perruno

Ahu Nau Nau

Muchas son las cuevas que hay para visitar en la isla. Cuando te informas sobre ellas y te dicen claramente que te hace falta una linterna para recorrerlas hasta cierto punto puedes pensar que tal vez no sea para tanto. Lo cierto es que me compré una buena linterna para ir a la isla y su halo de luz se convirtió en un auténtico sable láser contra el miedo.
Sí, pasé miedo y mucho.
Antes de profundizar en las cuevas de la zona oeste de Rapa Nui, la primera decisión fue ver la sorprendente cueva de Ana Kai Tangata, cercana a la caleta de Hanga Piko, una abertura escondida en un pequeño acantilado que parece una enorme boca y que contaba con unas preciosas pinturas rupestres con imágenes de los Manutara, el pájaro sagrado de la cultura Rapa Nui. La visión de esta muestra de arte sobre la piedra hace que la cueva te parezca pequeña en ese sentido, deseando ver más de lo que ofrece en los colores rojizos y azulados de las aves mientras las olas del océano rompen al borde de la cueva con agresividad.
En cierto sentido Ana Kai Tangata sabe a poco y fue además una cueva bastante engañosa, pues la luminosidad que la envuelve me hacía mirar mi linterna con cara de: “¿yo qué hago con esto?”.
Mis palabras al día siguiente tuvieron su respuesta.

Ana Kai Tangata

Ana Te Pahu es una cueva principalmente conocida por la especie de microclima que se ha generado en su entrada, que es de vegetación abundante en contraste con el prácticamente desolador paisaje que tiene prácticamente al lado. Su apariencia puramente volcánica hace que recorrerla sea como atravesar tubos de piedra derretida y mientras nos íbamos introduciendo en la cueva me era inevitable recordar las imágenes de “The Descent”. La oscuridad más absoluta iba surgiendo entre las sombras del más absoluto de los silencios con la única compañía de mi novia, que tenía una cara de pánico que jamás olvidaré. Por supuesto y como es habitual en la isla, no había nadie en kilómetros a la redonda, sólo nosotros con una linterna y un aura de miedo palpable.
Lo cierto es que el valor nos hizo avanzar poco a poco por el interior de la cueva y la linterna se volvió en el objeto de más incalculable valor de nuestra vida, iluminando profundidades que en cualquier momento parecían querer mostrar brillantes ojos o alguna criatura devorando a un despistado espeleólogo.
Y con todo esto, seguíamos avanzando más y más y más y más hasta que llegamos a una bifurcación en la que solté una tranquilizadora frase a mi impactada pareja: “quédate aquí que voy a investigar”.

Lógicamente me quedé a su lado para protegerla con la linterna y le propuse hacer fotos, que ya que habíamos cargado con el dichoso trípode que menos que darle un último uso antes de morir devorados por el monstruo de Pascua.
Pero bueno, más allá del indudable buen rato (al salir y huir despavoridos prácticamente) que nos hizo pasar esta fascinante cueva, Ana Te Pahu también es conocida porque se dice que se usaba como refugio hace siglos y también como un posible osario.
Por supuesto es un lugar de obligada visita y el peligro realmente no existe como tal, pero sí, llevad una linterna que os sentiréis más seguros iluminando compulsivamente a la oscuridad para que muestre su lado más afable.
Un entorno nuevamente fascinante.

Saliendo de la cueva

Luz en la cueva

Cueva oscura

Caverna

Las otras dos cuevas que visitamos parecían al lado de Te Pahu poca cosa y se afrontaron con algo más de valentía al ver que al menos tenían fin. La primera, cercana al sector del Ahu Tepeu era relativamente pequeña y en su angosta entrada, se apreciaba perfectamente el mecanismo de seguridad que elaboraban los habitantes de la isla para dificultar el acceso a la cueva a un amplio grupo de personas, una manera inmejorable de mantener cierta ventaja ante una posible amenaza.
La segunda, Ana Kakenga, la cueva de las dos ventanas, un precioso recinto con dos aberturas volcánicas que dan a un acantilado y que en la lejanía parecen dos ojos que han dejado de llorar lava y que miran al océano, y al cercano islote de Motu Tautara, para el asombro del visitante.

Luz al final

Línea de piedras

Ana Kakenga

Islotes

Toda una aventura que posee una enorme gama de emociones pero en la que finalmente el asombro brilla por encima de todo lo demás.
Excepto de la linterna, claro.

Olas